Opinión

Importancia histórica de las elecciones regionales

Alberto Navas Blanco

El resentimiento, el desconocimiento del proceso histórico venezolano e intereses ocultos e inconfesables, pero también muchos con buenas intenciones pero poco informados ven con una perspectiva negativa la participación en las elecciones regionales para gobernadores que han venido siendo suspendidas desde diciembre de 2016. Lo cierto es que el verdadero problema no está en la naturaleza misma del posible proceso electoral, sino que radica en los efectos que pueda producir en un contexto determinado.

Hasta una sencilla e inocente elección de una reina estudiantil, como fue el caso de Beatriz I en 1928, logró dar inicio a una poderosa y creciente sacudida contra la más prolongada y cruel de las tiranías padecidas por los venezolanos; en ese caso lo importante no era el resultado numérico de la votación, ni tampoco si fue reconocida o no por las autoridades oligocráticas del gomecismo; lo realmente importante fue el encadenamiento de procesos que entre 1928 y 1936 estremecieron la dinámica política de la recta final de aquella tiranía “liberal”, como la llamó nuestro profesor Manuel Caballero.

La rebelión estudiantil en sí misma iniciada con el despegue de la Generación del 28, el golpe militar de ese mismo año, la invasión del Falke en 1929, hasta llegar a la explosión de febrero de 1936, nos llevó a la evolución democrática entre el reformismo gradualista de los generales López Contreras y Medina Angarita y el logro del sufragio universal, directo y secreto durante los procesos reformistas radicales ocurridos entre 1945 y 1948.

Por eso, desde la elección de aquella bella reina estudiantil hasta la del notable escritor don Rómulo Gallegos, la relación “elección-contexto” ha sido la dimensión determinante por encima de las valoraciones que hayan podido existir sobre la naturaleza misma del hecho electoral y de su utilidad política para los intereses predominantes en una coyuntura determinada. Hasta en las democracias más perfectas los procesos electorales sufren grados variables de predeterminación externa, pues nunca suceden en un escenario químicamente puro y aislado; lo importante para la validación y legitimidad de un proceso electoral es que esa predeterminación no rebase los límites de una racionalidad objetiva mínima, tanto en los actos de registro de votantes y bases comiciales, como en los recursos de las campañas de publicidad electoral, en el procedimiento de votación y escrutinio y también en el de proclamación y reconocimiento de los ganadores.

En algunos procesos electorales de nuestra historia ha sido más importante perder que ganar; uno de ellos ocurrió durante las elecciones legislativas de 1952, cuando lo importante no fueron los resultados numéricos adulterados por la dictadura militar, sino los resultados políticos cualitativos que marcaron a aquella camarilla perezjimenista de militares, políticos y empresarios como los autores de una nueva tiranía interesada en enriquecerse con los ingresos extraordinarios del petróleo.

URD perdió cuantitativamente con aquel fraude pero el país ganó al oponerse con el voto al régimen despótico y corrupto que colapsó a fines de 1957. Igualmente, la nueva democracia representativa logró consolidarse con la derrota electoral del doctor Gonzalo Barrios en 1968, no solamente por esquivar aquellas semillas que llevaban algunos seguidores del maestro Prieto, sino principalmente por el triunfo real del principio alternativo que venía siendo esperado por Venezuela desde los años de 1840.

Aunque se puedan perder las elecciones regionales de este 2017, por irregularidades previas que las impidan, por trampas que deformen sus resultados o por desconocimiento de sus ganadores, el resultado cualitativo puede ser siempre positivo para las opciones que jueguen democráticamente. Retirarse, por miedo o por intereses ocultos, solo favorece al orden establecido, así como le arrebata a las regiones un derecho a manifestar pacíficamente sus demandas e intereses, que es uno de los logros de la democracia venezolana desde los años ochenta. Cerrar los ojos a esta realidad histórica es abrirle las puertas a la anarquía y a un posible nuevo cesarismo correctivo.