Opinión

Ideas: Ruinas, 22 merodeos de Jean-Ives Jouannais

Hay algo impenetrable en las ruinas. Una condición que nos causa inquietud. En su deterioro, fragmentación, rotunda parcialidad, deformación y amontonamiento, se configura un rechazo: la ruina resiste a la curiosidad. La ruina aspira a mantenerse ilegible como si se encerrara en sí misma.

Ajena, la aproximación a las ruinas ha de ser paulatina. Exige circunvalación, merodeo en sus alrededores. Dedicarle tiempo, desde diversos lugares, variando la distancia. Si la observación de un simple objeto demanda atención, la ruina multiplica su exigencia. Irregular y caótica, su lógica es inaprehensible. Nada la abraza. Ninguna es comparable con otra. Hay ruinas que son del tiempo o de la acción brutal de la naturaleza. Otras son el producto de la acción imprevista o deliberada de los hombres. Ni el más astuto de los destructores podría anticipar cuál será el resultado de su tarea. Cuando un edificio se derrumba nadie podría prever cómo caerán y quedarán distribuidos los cascotes. Esquiva paradoja: todo se encamina a su ruina, pero no es posible prever la forma que adquirirá.

Los merodeos a los que aludo en el título de este comentario se refieren a los 22 textos que componen El uso de las ruinas. Retratos obsidionales (Editorial El Acantilado, España, 2017). Salvo tres personas capitulares del siglo XX (Albert Speer, Victor Klemperer y Stig Dagerman), la brújula de Jouannais lo conduce a figuras como Naram-Sin –cuarto rey de Arcadia que vivió más de dos milenios antes de Cristo–; Shang Yang –quien fue una especie de consejero de la dinastía Qin, unos 350 años antes de Cristo–; Ezéchiel Du Mas, Conde de Mélac –francés que vivió entre 1630 y 1704–, y otros llamativos protagonistas de distintas culturas y épocas, lo que sugiere el apetito de la investigación realizada. Ese es uno de los elementos. El otro es la imaginación que pone en juego: los datos aportados por los historiadores se integran en un relato, quizás más próximo a la ficción que al rigor historicista. En ese encuentro, creo, está la sugestiva tonalidad de los textos.

El merodeo de Jouannais es híbrido, lo que da lugar a un recorrido inclasificable, un libro donde la precisión histórica de cada fecha aparece envuelta de melancolía. “La melancolía sería eso, un dar vueltas largo tiempo, de forma continua, en torno a unas ruinas. Y así no conocerlas. No conocerlas para que perdure su carácter espectral, inaudito. No conocerlas para que la literatura continúe gravitando en el campo de lo posible. Un día, Sebald rompió este movimiento concéntrico que, por su sola economía, producía melancolía y la integraba en su obra. Decidió profundizar en las ruinas (…) Entonces Sebald deja de ser novelista para entrar en las ruinas: entra en las ruinas y deja de ser novelista. Esboza una ciencia”.

El sitiador, un obcecado.

A Jouannais le interesan los sitiadores. La palabra obsidional (RAE: “Perteneciente o relativo al sitio de una plaza”) proviene de la misma raíz que la palabra obsesión. Es la obsesión, su impulso, su persistencia, la que guía al sitiador. Ser objeto de una obsesión es semejante a estar sitiado. El sitiador no se detiene hasta que destruye, hasta que convierte una determinada realidad en ruinas (Jouannais utiliza esta palabra fantasmagórica: poliorcética, que significa el arte de atacar y defender lugares y plazas, fuertes o emblemáticas).

La pregunta del sitiador es si una ciudad o un castillo o una población pueden ser reducidos a escombros. Si es posible erradicarlas. Entre las ruinas no solo desaparecen vidas humanas, también lenguas y evidencias de la cultura arrasada. Cuando Naran-Sin acaba con Ebla, no acaba con su memoria que ha llegado hasta nosotros. Taufelsberg, la colina creada con casi 80 millones de toneladas de escombros después de finalizada la Segunda Guerra Mundial, en el oeste de Berlín, se levanta como monumento inverso: no para conmemorar el triunfo sino la derrota de los nazis y de Alemania. Speer citaba a un arquitecto alemán del XIX, Gottfried Semper, quien elaboró una teoría del valor de la ruina. Sintetiza Jouannais: “El valor estético y también propagandístico de todo edificio resultaba exclusivamente dependiente de lo que prometía como vestigio”. Así, un montón de escombros sería siempre más que la simple masa de materiales. Hitler habría ordenado que los monumentales edificios del Reich se construyeran bajo la lógica de la “ley de ruinas”.

En la historia del general Arthur Oscar de Andrade Guimaráes, enviado a Canudos a combatir las huestes del delirante líder religioso Antonio Conselheiro, se escenifica un drama íntimo: no era un sitiador. Enfrentado a una guerrilla que desafiaba sus esquemas de guerra convencional, se ve empujado a ordenar la destrucción de total de los que resistieron más allá de toda lógica. Stig Dagerman (1923-1954), escritor y reportero sueco, escribió que el forastero se descubre a sí mismo por su interés por las ruinas. Wlodzimierz Bogacki, que participó en las revueltas de los polacos en contra de la dominación rusa en 1863, y que fue testigo de dantescas escenas de destrucción, asumió este casi incomprensible desafío: hacer croquis de las ciudades devastadas. Primero, desde un plano amplio. Luego, aproximándose a los detalles. Así avanza a la elaboración de una tipología de los escombros. Luego, conecta esta taxonomía con el descubrimiento de la quiromancia: la adivinación por las cenizas, por la hoja de la espada, por las llamas, por los huesos, por la sangre, por el humo, por la forma de las piedras.

Luis Archinard (1850-1932), famoso general francés, que destruyó a cañonazos una fortificación en Sudán, hizo trasladar la gran puerta agujereada a la Exposición Universal de París, de 1889. Otto von Gentz, militar alemán que llevaba un diario en la Gran Guerra, narra un fenómeno desquiciante: la desaparición de la ruina. La cantidad de bombazos recibidos fueron tan poderosos e insistentes que borró del paisaje una colina y la transformó en una fosa. En la pieza dedicada a Emmanuel Evzerijin, famoso fotógrafo ruso que estuvo en la batalla de Stalingrado (entre agosto de 1942 y febrero de 1943), se habla de los laberínticos escombros por los que se movían los soldados. Alemanes y rusos permanecían atrincherados entre cascotes y túmulos de grava y acero. Minar la moral del enemigo: esa fue instrucción dada a los rusos. Y así, de día y de noche, a través de altavoces direccionados hacia los alemanes, una y otra vez se hacían sonar piezas de tango y milonga. La melancolía musical se posaba entre los hombres que se ocultaban entre las ruinas.

La historia de Shang Yang trata, en realidad, de una estratagema: los habitantes de un pueblo a punto de ser sitiado, desmontan el pueblo. Lo desarman pieza a pieza. Luego de esa asombrosa reacción, cuando ya no hay edificación que pueda ser convertida en ruina, los habitantes se preparan para combatir. Cuando están a punto de iniciar su ataque, los sitiadores se retiran. Ezéchiel Du Mas, a quien he mencionado más arriba, ante una fortaleza que había derribado acaso en su totalidad, sintió que la tarea todavía no era perfecta. Que había en ella algo inacabado. Quedaba una parte que había salido ilesa. Lamentó que allí no hubiesen golpeado dos o tres cañonazos. Y escribió: “Cuando se hace una ruina, hay que hacerla bien”.

*El uso de la ruina. Retratos obsidionales. Jean-Yves Jouannais. Traducción José Ramón Monreal. Editorial El Acantilado. España, 2017.