Opinión

Huevos, exorcismo, chapuzones y peticiones

Una semana lluviosa y de amplias expresiones de fe –la de cristianos–, colectivos y oficialistas extremos sólo rezan a los Castro y cobran indulgencias del gobierno. Tiempos de revelaciones.

Por ejemplo, maduristas y psuvistas (no necesariamente lo mismo) descubrieron en las zonas de más confianza social que hay mucho descontento, y particularmente en Guayana, donde no sólo hay hierro, aluminio, minas, sino también huevos. Un importante dirigente confundido, atolondrado pensó –quién sabe que lumpia se fumó–, que los objetos voladores de la multitud hacia el todo terreno militar descapotable en el cual se desplazaba, engalanado y sonriente el obrero presidente, eran peticiones del pueblo esperanzado, hasta que le pegaron un huevazo en el cogote y se formó el zaperoco, una nueva batalla de San Félix pero no entre patriotas y realistas, sino entre un pueblo con hambre, enfermo por falta de medicinas y la guardia presidencial.

La celebración del bicentenario de la Batalla de San Félix, epopeya de luchas libertarias, sirvió de marco para proporcionar al presidente una ración de esa irritación e impotencia que hoy destilan millones. Pequeño indicio, porque el riesgo es que se produzca escasez de huevos, tomates, mangos, pelotas en fin.

Los guayaneses, comandados en espíritu por Manuel Piar exclamaron: “¡No lo queremos!” Seguramente quien bajo el efecto de la narcolepsia entendió que lanzaban peticiones, estaba aturdido por el bululú y no oyó cuando al unísono chillaban insultos, que lo abarcaba por solidario con esta revolución que lleva años disfrutando el poder y equivocándose al gobernar. El presidente ha pasado ya por estos avatares, en Margarita hace unos meses, ahora en San Félix, y no sería arriesgado augurar que en el futuro se irá convirtiendo en veterano de peculiares pero siempre enfurecidos petitorios.

Al otro lado del país, bandas delincuenciales poseídas por malos espíritus, quizás por exorcismos mal realizados, fueron desesperados a buscar penitencia en la basílica de Santa Teresa, y se pusieron, enredados en su propia confusión, enrojecida la mirada, a darle empujones al anciano cardenal Urosa, y no puede decirse que se hayan deslumbrado o confundido por la vestimenta roja del cardenal, porque en esos angustiosos momentos tenía las vestiduras moradas de la misa de Miércoles Santo que acababa de celebrar.

Para sorpresa del mundo, en esta Semana Santa hubo una procesión nunca vista en la tradición venezolana, una multitud hizo su caminata sin santo ni virgen pero sí con mucho coraje, por la peligrosa e inclinada ribera del río Guaire, y así sobrepasaron una de las alcabalas erizadas de escudos, escopetas lanza gases, fiereza de guardias y policías nacionales, bolivarianos de nombre pero no de corazón ni gallardía.

Esos venezolanos, seguramente hipnotizados por nuevas técnicas psicológicas del imperio, entrenados para no sentir miedo a ser tragados por el inmundo pero potente río Guaire ni repugnancia por su asquerosa consistencia ni repulsión por sus fétidos olores, prefirieron correr esos riesgos para evadir exitosamente la trampa cívico militar. Tal vez decidieron, en su delirio condicionado, que hay lances que vale la pena transitar.

Quizás los que con osadía escaparon por la costa del Guaire, mientras dejaban con palmo de narices a quienes se reían creyendo que terminarían arrastrados y hasta ahogados en la cloaca vigorosa en que se nos ha convertido el río caraqueño, pensarían en el fallecido comandante que ha resultado poco eterno y recordarían su emocionada promesa de transformarlo en río de aguas cristalinas. La responsable de ese proyecto todavía anda por ahí, sonriente y hablando del “gran dedo de Chávez” mientras el Guaire corre de lo más contento esperando cualquier lluvia para desbordarse y devolver parte de la basura que le han echado a cuestas.

Los caraqueños no se dieron un chapuzón porque son suicidas. En cambio, demostraron una y otra vez junto a llaneros, andinos, margariteños y guayaneses que quien se está suicidando y no parece darse cuenta, es el régimen que sale en busca de un baño de pueblo y regresa bañado a huevazos, maldiciones, que para sordos y ciegos son peticiones de un pueblo feliz.

Quizás el desastroso heredero pueda comprender y convencerse, con hidalguía que no se aprende en La Habana, sino con el realismo que debería darle el ejercicio de gobierno, cuando no se puede no se puede y mejor es irse, especialmente cuando se carece de experticias y razonable hoja de servicio. Venezuela le puso término a su trabajo como jefe de Estado. Lo ha despedido, lo quieren fuera de Miraflores y no sólo se les acabó la paciencia: el gigante del liquiliqui verde perdió el afecto popular.

La verdad sea dicha, la impresión es que estas marchas, concentraciones y rebeldías populares en la capital, Guarenas, Los Teques, Maracay, Barquisimeto, Barinas, Valencia para sólo citar algunos sitios, agarraron movido al régimen, fuera de base.

Es que, como siempre, se la pasan inventando cubanismos convencidos que juegan mejor que cualquiera, sin darse cuenta cuando meten la pata, no aceptan que sus máximos líderes ya no son tan líderes y de máximos no les queda ni el adjetivo.

Nunca esperaron semejante reacción ciudadana de los de a pie, el común, que no son ni malandros, ni bandidos, ni enchufados, ni bolichicos, ni oligarcas, ni de derechas o izquierdas, ni oficialistas, ni psuvistas, ni mudistas, ni corruptos, ni conversos, ni traidores; son los que día tras día, sufren y padecen las desventuras de politiqueros que han destruido la nación. La resistencia, rebeldía e indocilidad popular son conquistas ciudadanas, jamás ni nunca partidistas.

Con un problema adicional. Que como Vicente Emparan, ¿tendrá la entereza para renunciar? Para dar el primer paso, que es rescatar la libertad, primero tiene que irse el carcelero. A Cuba, si eso lo hace feliz. Y dejar en un rincón las llaves de la infamia y del fracaso. 

La población persigue y desea profundamente libertad, por eso está en la calle, enfrentando militares y policías, tragando gases y se la juega cada día en más lugares del país. No saqueando, que es tarea de irregulares y nefastos colectivos y forma de cobro por sus servicios, sino enfrentándose cara, pecho y coraje como aquellas tropas de Piar, atiborrados de corazones democráticos.