Opinión

La hora del silencio

Cuando oímos el dicho “el que calla otorga”, asumimos que quien teniendo motivos para expresar su reclamo ante una acusación y no manifiesta inconformidad está en total acuerdo con las premisas; casi como confesar culpa ante el acusador.

Nada más lejos de nuestra realidad sería interpretar el silencio ciudadano ante lo que a todas luces fue la burla bien ejecutada el domingo, cuando se llamó a los venezolanos democráticos ilusionados por lo que en otros tiempos llamábamos el sagrado deber del voto a participar en un sainete que confirmó de nuevo la vocación tiránica de nuestros gerifaltes, y se truncó así el sueño de reconquistar la democracia por los caminos de la legalidad y la paz.

Pretender que hoy, porque no existan manifestaciones en las calles ni protestas en los ámbitos públicos, ese conjunto de ciudadanos, que nos gusta llamar “el pueblo”, está conforme con los resultados anunciados es una ingenuidad o un engaño a la mínima capacidad de un análisis social.

Venezuela entera sufre el dolor de la traición a su democracia, al llamado que hace ya cuatro lustros entusiasmó a quienes sentían el agotamiento del modelo y buscaban una renovación total del sistema, incluyendo una nueva constitución. Llamaron a su gobierno revolucionario e hicieron la revolución del engaño.

El momento crítico que vivimos ha hecho aflorar frustraciones y decepciones, ha tentado a muchos a caer en el juego de culpar a alguien o incluso recriminar con las antipáticas frases “te lo dije”, “no me hiciste caso” o “yo lo sabía”; tonterías que no reúnen condiciones de análisis, ni siquiera de diálogo razonado. Todos los venezolanos debemos hacer un examen de conciencia, contestarse a sí mismo si ha hecho lo que ha debido para devolver a su país la tranquilidad de un nuevo gobierno capaz de retomar la economía fuerte que nuestro potencial ofrece, proveer la alimentación apropiada y no la hambruna aterradora, brindar la seguridad sanitaria y no la mendicidad de medicinas, en fin, si hizo lo necesario para no olvidar el futuro.

Es obligatorio retomar el silencio y transformarlo en momento de reflexión, de recapacitación, de complementar ideas y no de rechazarlas por ser diferentes. Es la hora de aceptar que falló el plan, más no de cambiar la meta.

Esta batalla ha cambiado el juego que en apariencias ha ganado la dictadura, pero en realidad es el preámbulo del triunfo para la nueva democracia. El convencimiento de la comunidad internacional de la necesidad de apoyar a las fuerzas democráticas es consecuencia de esa caída en picada del puesto en los baremos más calificados de la tolerancia. El cuestionamiento a los cuadros de dirigencia democrática contribuirá a su fortalecimiento y mejora.

La difícil situación que enfrentarán los recién designados gerifaltes regionales solo contribuirá a reforzar la impopularidad y rechazo de los ya reiteradamente comprobados incapaces revolucionarios del engaño.

Demos la oportunidad al poder del silencio; así, cuando su estrépito explote, posiblemente habremos encontrado la ruta para resucitar el futuro y conseguir la meta que por la disonancia del engaño continuado nos unirá en lugar de dividirnos.

El domingo le vimos los pies de barro al Leviatán.