Opinión

La historia de un fracaso

La historia se debe contar desde el final. El de América Latina sigue abierto. Temo que el delirio siga siendo su esencia ontológica. El buen salvaje continúa mirándonos desde los ojos del buen revolucionario. Como diría un mexicano: ni modo.

A Carlos Rangel, in memoriam 

“A pesar de todos los cánticos de acción de gracias por la resurrección de una cultura de la libertad y la verdad tras el desmoronamiento del imperio soviético, lo cierto es que las lecciones del inmenso descarrío del siglo XX no se han aplicado a la realidad cotidiana. Persisten las costumbres del fraude metódico, más insidiosas si cabe porque desde el principio están implantadas en medios y publicaciones no comunistas, donde provocan menos desconfianza que cuando se originan a la vista de todos en el propio entorno del Partido Comunista y en sus órganos oficiales”

Jean-François Revel, Memorias, El ladrón en la casa vacía, 1997

             

Uno de sus más lúcidos intelectuales, como no podía ser menos profundamente rechazado por la intelligentsia venezolana de esos años del delirio que sembraron la semilla que hoy tiene al país en la ruina, lo escribió desafiando a todas las buenas conciencias del castrocomunismo que desde el triunfo de la Revolución cubana se ha sentido a sus anchas en nuestras instituciones religiosas, académicas y culturales: “La historia de América Latina –escribió desafiante Carlos Rangel en Del buen salvaje al buen revolucionario– es la historia de un fracaso”.

Gobernaba Carlos Andrés Pérez, el Pacto de Puntofijo lucía sólido e inconmovible, el milagro de una sociedad plural, aunque trasminada de populismo socializante, parecía haber sido capaz de rechazar todas las tentaciones totalitarias rebrotadas desde La Habana. Era el cuarto presidente elegido tras una ejemplar transición democrática. El pueblo le había infringido una soberbia derrota a las fuerzas marxistas donde más les duele: en el terreno democrático, el de las urnas. Más de 90% de ciudadanos participaron en las presidenciales boicoteadas por Cuba y el castrocomunismo vernáculo, eligiendo en diciembre de 1963 al socialdemócrata Raúl Leoni presidente de la República en las segundas elecciones que vivía Venezuela bajo el sello de la paz democrática en 200 años de República. Los alijos de armas contrabandeadas desde Cuba para hacer reventar las elecciones presidenciales fueron decomisadas, sin mayores efectos. El pueblo y el campesinado venezolanos, recién nacidos a la democracia, se habían mostrado fieles y leales a los esfuerzos por desmilitarizar y civilizar al país. El gran historiador inglés Hugh Thomas lo destacó como uno de los hechos más importantes de la historia contemporánea latinoamericana y lo atribuyó a la extraordinaria voluntad e inteligencia política de Rómulo Betancourt. Más tarde, en ejemplar alternancia, fue electo el socialcristiano Rafael Caldera, quien le ganara por un escaso margen de votos al candidato de la socialdemocracia, Gonzalo Barrios. La democracia venezolana, caso único y ejemplar en la región, navegaba viento en popa. Más allá de mezquindades y ambiciones personales, como lo demostrara la gallardía del derrotado Gonzalo Barrios, quien se negara a todo trance a hacer uso del poder del Estado que detentaba su partido para torcer la voluntad popular fraguando un fraude, como se harían consustanciales a la dictadura chavista. Cuba por esos mismos años, del otro lado del Caribe,  su hundía en los meandros de la tiranía. Ante la complacencia y el aplauso mundial. ¿Era la prueba del fracaso de la región? 

¿Por qué un intelectual de tan sólida formación, que conocía la historia de América Latina al dedillo y había sido protagonista del progreso de la paz y la democracia en Venezuela desde puestos de comando del aparato mediático nacional, osaba desafiar al establecimiento académico desmintiendo su apuesta por el marxismo leninismo y las venturas de los supuestos éxitos de la región en lograr una convivencia republicana? 

Porque Carlos Rangel no aceptaba las anteojeras ideológicas que facilitaban la ceguera del triunfalismo bolivariano, porque sabía del profundo desgarramiento con el que Bolívar, el venerado, acechado por la traición y la muerte, comprendiera la hondura de su fracaso. Porque América Latina, como el mismo Libertador lo reconociera en su balance y despedida, más allá de los discursos celebratorios del centenario, era un nidal de autocracias, de caudillismo, de desafueros y delirios. La América hispana no estaba a la altura de su independencia política, impuesta a garrotazos por sus élites aristocratizantes. Porque mientras Estados Unidos, poco menos que en los mismos años, se había erigido en la primera potencia mundial de esencia liberal y democrática –léanse La democracia en América y El antiguo régimen de Alexis de Tocqueville–, su patio trasero era una confusa y turbulenta montonera de tiranías, dictadorzuelos, subdesarrollo, caudillos, anarquía, hambre y miseria. Porque al cabo de los años, a pesar de la aparente abundancia y la holgura presupuestaria de nuestra petrodemocracia, bastaba un mínimo de seriedad para comprender que todos esos fastos eran ilusorios, que toda esa riqueza era flor de un día, que en Latinoamérica la carencia de civilidad era aterradora, las ambiciones un mal endémico y la incultura y la falta de educación males difícilmente superables. Latinoamérica era, hasta entonces, la historia de un fracaso. ¿Lo sigue siendo?

No se me ocurre otra metáfora para representar la horrenda deriva totalitaria de los años transcurridos tras el severo diagnóstico de Carlos Rangel, expresado a mediados de los años setenta, que la del “saco roto”. Esa extraordinaria experiencia, en lugar de haberse decantado en un sólido sustrato de conciencia histórica que hubiera servido de fundamento para la consolidación del progreso hacia una sociedad más cívica, más civilista, más emancipada, más racional y democrática, maravilloso logro de la espléndida generación del 28, conformando un muro de contención a la barbarie subyacente a las proezas de sus “lanzas coloradas”, se nos escapó por el hueco del saco roto de la inconstancia, la veleidad, el espontaneísmo, la mezquindad y las ambiciones de su clase política, la ceguera de sus élites, la inconsciencia colectiva. El aventurerismo primó por sobre la racionalidad y la irresponsabilidad por sobre el sentido de nación. Volvió a imponerse lo que Mario Briceño Iragorry definiera en 1950, a medio siglo del derrumbe y el asalto de la barbarie,  como una crisis de pueblo. Su mensaje, él lo sabía, no tuvo destino.

Sin embargo, no era Venezuela el objeto del diagnóstico rangeliano. Era toda la región: “La historia de América Latina es la historia de un fracaso”. De la que las horrendas dictaduras de Cuba y el Cono Sur, del Caribe, el Atlántico y los Andes eran nada más que el escorzo de su contemporaneidad. Del buen salvaje al buen revolucionario era mucho más que una mera reflexión sobre la catástrofe rousseauniana, la línea de sombra que lleva de la Enciclopedia y el Iluminismo dieciochesco a Hegel, Marx, Lenin y Stalin: mostraba con lujo de detalles el periplo que iba de Tamanaco a Hugo Chávez y de Caupolicán y Lautaro a Fidel y Raúl Castro. Y también, y por sobre todo: de Hernán Cortés, Pizarro y Diego de Almagro a Simón Bolívar, el Che Guevara y Salvador Allende. La funambulesca historia de un delirio de invasores e invadidos.

Bien quisiéramos delimitar los límites del fracaso al Caribe y reducir su diagnóstico a ese mediterráneo de lo real maravilloso, a la boba utopía macondiana, hoy desmoronada en basural bolivariano y representada magistralmente por el tonton macoute que emergió del Metro de Caracas escoltado por sus soldados de cocaína.  La pérdida de la conciencia histórica –nuestra triste y macilenta crisis de pueblo– vuelve a actualizarse en estos diálogos recurrentes de la pretendida civilización democrática con la evidente barbarie chavista, celebrados en una isla caribeña –como en los comienzos de la colonización– de cuyos protagonistas, hoy a quinientos años del descubrimiento, solo se manifiesta el cambio de indumentarias: el guayuco por el flux y las alpargatas por los mocasines. La corbata ha suplantado al colmillo del tigre. Los adelantados a la figura del conquistador Rodríguez Zapatero. 

La historia se debe contar desde el final. El de América Latina sigue abierto. Temo que el delirio siga siendo su esencia ontológica. El buen salvaje continúa mirándonos desde los ojos del buen revolucionario. Como diría un mexicano: ni modo.