Opinión

La hidalguía y la podredumbre

Fernando Rodríguez

No hay día, ni noche, en que la resistencia nacional a la dictadura no sume nuevos y significativos espacios a su causa. Una marcha multitudinaria, una certera acción de la fiscal, un generalote que renuncia, un pequeño pueblo que se enardece y se lanza a la calle… Jamás imaginamos tal tenacidad sin sosiego, tal capacidad para asumir valerosamente riesgos, para sacrificar las múltiples y conminantes solicitudes de la cotidianeidad de cada quien. Es lo verdaderamente maravilloso hecho pan de cada día. En lo personal confieso que siempre he tenido aversión por la manía de tildar de históricos acontecimientos que sospecho que el olvido borrará con celeridad de cualquier memoria, salvo de la de sus interesados actores; pues bien, hoy me siento, de veras, ante una gesta que se contará y cantará por mucho tiempo.

Y me late una rara certeza: que no hay manera de detenerla. Ni las balas y los gases de los gorilas, cancerberos satánicos. Ni ese puñal con que se quiere asesinar la república el 30 de julio, la constituyente mussoliniana. Cambiarán, claro, los términos y los tiempos de la lucha, pero proseguirá, de eso no tengo dudas. El cómo y cuándo del final, del tránsito, no lo sabe nadie. No comulgue usted con ruedas de molino, desde Sócrates sabemos que la incertidumbre y hasta el escepticismo pueden ser mucho más ciertos y éticamente válidos que la afirmación categórica. Lo que sí poseemos es la voluntad propia e intransferible que se suma y confabula con la voluntad de los otros y la capacidad de hacer colectivamente. En este caso espero que los ciudadanos de voluntad buena aspiren a un final pronto, en lo posible pacífico, con el menor costo de dolor humano.

Pero hay la contrapartida en el régimen que agoniza desde hace un buen rato. Tan prolongada evidentemente que un analista mañana, aun muy sagaz, debería tener muchas dificultades para explicar su prolongación, por ejemplo, a la luz de los números de las encuestas o mirando cualquiera de las cifras del horror económico que padecemos. Pero ahí sigue en su progresiva y espantosa podredumbre. Ciertamente, la muerte es el límite abismal de lo humano, pero hay maneras nobles, serenas y dignas de morir. Como hay otras que se revuelcan en el miedo, el desespero y el odio. Producto de la vida que se ha llevado. Y los gestos postreros del chavismo no han hecho sino agudizar sus más torvas tendencias y sus líderes más obtusos y crueles. La capacidad de mentir se ha vuelto ilimitada: en la mañana se vende una constituyente de diálogo y de paz, como si se tratara de consolar a los que se enfrentan al pelotón de fusilamiento; en la tarde se enumeran sádicamente cómo van a decapitar toda disidencia “para siempre”, dice Isaías Rodríguez, testigo estrella de este proceso, tiranía pues. La saña de la represión crece cada día en intensidad y sadismo, ¿no te parece Padrino López?, como si quisiesen llevarse consigo al infierno el mayor número de semejantes. Si me toca irme, que al menos se reduzcan los que me van a maldecir y en definitiva todos los que me van a suceder.

Ese fresco de luz y tinieblas es lo que nos toca vivir. La historia se impone a los destinos individuales. No hay otra opción que enfrentarlo, racionalmente, sin ilusiones y engañifas, con temor y temblor y, por supuesto, con arrojo y capacidad de sacrificio. El otro día vi al diputado Pizarro que ha expuesto durante días y días su pellejo, con otros líderes de su tamaño, con lágrimas incontenibles ante la última víctima, diciendo: “Que ni el odio ni la venganza formen parte de nuestras vidas”. Que no nos parezcamos nunca al adversario, tal es una hermosa consigna. También he visto y oído al guasón mayor haciendo fiesta para simular dominio y poder y acallar sus pánicos, en medio de esta tierra arrasada y ese pueblo que no le dará tregua y que le hará lamentar cada decisión que lo aleja de aliviar su futuro y su memoria, esa avalancha histórica que se acerca cada vez más a su palacio y a su desnudez. Que los dioses nos ayuden en esta hora decisiva, todos ellos.