Opinión

Héroes de carne y hueso

Glass presenta el espejo y el reflejo del quiebre del cine independiente ante el efecto y el síndrome de la Marvel. Una batalla se libra al interior de la meca para definir el concepto del superhéroe en el cine.

El protegido fue la película pionera en el desgarro del arquetipo del salvador en el mundo de las historietas gráficas. Night Shyamalan la concibió justo después del impacto de Sexto sentido. Bruce Willis y Samuel L. Jackson protagonizaron aquella obra maestra, considerada a la postre un filme de culto del milenio.

Dicha cinta comprendió el antecedente natural de los grandes títulos deconstructivos del género: WatchmenCaballero oscuro y la senda metalingüística de cualquier cantidad de copias. Al mismo tiempo, anticipó la llegada del justiciero humanizado, alucinado y cargado de defectos.

El pesimismo y la distopía marcaron las secuelas de la tendencia, hasta la consagración mainstream del fenómeno de los Vengadores. Por tanto, Unbreakable se convirtió en una pieza profética de los acontecimientos determinados por la nueva mitología pop.

Antes, por supuesto, surgieron los integrados y los apocalípticos de la liga de la justicia, entre las mallas de los personajes de Stan Lee y las capas de la DC comics. Después, Hollywood marcó distancia y consagró el enfado de Alejandro González Iñárritu en Birdman, al cuestionar la producción de churros a costa de la fama de BatmanSpider Man y Superman.

La guerra civil, manifestada en varios largometrajes, graficaba una muy real división de opiniones y pareceres en la industria del espectáculo. A favor, Disney lograba intelectualizar y brindar legitimidad crítica al filón de sus vigilantes carismáticos. En contra, la academia bajaba los pulgares para premiar a los rivales estéticos de los Avengers.

El 2018 cambió la historia. La temporada acepta y reconoce el encanto refinado de Black Panther, una cumbre del pensamiento highbrow en Estados Unidos. Curiosamente cuando la corrección política da muestras de domesticar y avalar a los colegas de Iron Man, el iconoclasta Night Shyamalan se saca bajo la manga una inesperada vuelta de tuerca a su universo personal, estrenando la conclusión de su trilogía sobre el tema.

Por supuesto, era predecible la resistencia de los periodistas especializados en la fuente, quienes prefieren defender y abogar por las rutinas tradicionales de la legión de Capitán América. En el pasado, era diferente.

En la actualidad, Glass provoca el rechazo del consenso de los influencers, argumentando los clásicos desajustes y deslices creativos del director de La aldea. Un autor de los incomprendidos de la posmodernidad. Se acusa a la película de exagerar la nota con los textos explicativos, los plot twists y las imprecisiones narrativas.

Empero, la complejidad de la propuesta llama a superar los prejuicios de la percepción superficial, de la opinión precoz de los habituales refutadores del realizador.

Me encuentro en la vereda de enfrente. Banco a Night Shyamalan desde siempre, menos en su versión fallida de El último guerrero del aire. Sin embargo, su arte imperfecto y visceral nunca me deja mal o indiferente.

Al contrario, su reciente The Visit me devolvió a un gigante dormido, cuyo regreso con Split ratificó la marca de un genio del relato fantástico.

Glass persevera en las ideas del creador de monstruos y figuras bizarras de la cotidianidad; de mutantes escondidos en piscinas y lugares de la aparente normalidad.

Night Shyamalan plantea un escenario surreal, hipnótico e hiperbólico, donde se reencuentran tres de sus hombres quijotescos. La bestia, la mente macabra y el mesías silencioso terminan juntos en un manicomio. Una doctora les dedica una terapia, con el fin de curarlos de su supuesta enfermedad de importancia, de sus delirios de grandeza.

Los protagonistas se creyeron su papel de superhéroes o de villanos. Pero la tecnología y la teoría no podrán redimirlos. En rigor, su esquizofrenia revela la demencia de una época, es decir, el frenesí de los fanáticos y consumidores de tebeos inspirados en la escritura de Stan Lee.

A viva voz, el cínico Samuel L. Jackson comenta el absurdo devenir de los caracteres enfrentados en la trama, como el crítico de cine de Lady in the Water.

De a poco, Glass busca, y lo logra, recuperar nuestra fe en el sistema de los superhéroes, vislumbrando las limitaciones del canon de la Marvel.

En el desenlace la culebra del autoanálisis se muerde la cola. A la muerte de la falsa esperanza, sembrada en titanes de andar por casa, la sucede el nacimiento de un ensamble de relevo. El entorno parece conspirar para censurar y borrar del mapa a los verdaderos superhéroes, los cuales cierran la función como un sintomático foco de insurrección en un contexto adormecido.

Así es Night Shyamalan y su heterodoxa interpretación de las agendas del momento. En su cine, los héroes caen, sangran y mueren de verdad. La cámara te golpea como espectador. Literalmente nos sacuden las imágenes de choque.

¿Necesitaremos de más héroes de granito o de personas comunes dispuestas a organizarse y apoyarse en la adversidad?