Opinión

Hermanos soberanos de la libertad. (Himno de las Américas)

Juan Guaidó ya agrega el artículo 187 de la Constitución a su discurso, que en su ordinal 11 establece que corresponde a la Asamblea Nacional: “Autorizar el empleo de misiones militares venezolanas en el exterior o extranjeras en el país”. Y Antonio Ledezma envía un boletín de prensa a los medios de comunicación en Venezuela en el cual dice que es el momento de pedir formalmente una intervención humanitaria y utilizar para ello la resolución R2P de la ONU.

Ya no se trata de considerar una intervención armada foránea en Venezuela como un elemento más dentro de una estrategia general. Se alude a esa posibilidad con más insistencia, como una necesidad inminente. La fracción 16 de Julio en la Asamblea Nacional y el diputado Guanipa también la plantean.

Para que una invasión extranjera tenga visos de legitimidad internacional, tendría que ser respaldada por el Consejo de Seguridad de la ONU (impedido hoy por Rusia y China), o ser asumida por un grupo de naciones relevante, probablemente liderado por Estados Unidos, que es el país con mayor capacidad logística para realizarla. La intervención militar foránea no cuenta hoy con el respaldo de la Unión Europea, cuya mayoría de miembros desconoce a Maduro como el gobernante legítimo de Venezuela. Y entre los latinoamericanos, es poco probable, por ahora, que Colombia, Brasil, Argentina, Chile o Perú se incorporen a una acción militar combinada con Estados Unidos.

Los latinoamericanos tienen también reservas en aceptar una intervención armada en Venezuela con Estados Unidos como la única fuerza invasora. Pesan los intereses a mediano y largo plazo de Estados más débiles que temen ser sometidos, por la voluntad del más fuerte, a una experiencia ya vivida por América Latina con su vecino del norte. Y en el propio Estados Unidos no es tan fácil, para el gobierno de Donald Trump, vender una intervención armada en Venezuela mientras el presidente abogue por el retiro de tropas de Siria y Afganistán. Al opositor Partido Demócrata le costaría respaldar la opción de la intervención, ya cuestionada con fuerza por el ala izquierdosa de la organización, que tiene incluso proyectos de leyes para impedirlo. Trump no la descarta, con la mira electoral puesta en Florida, y el vicepresidente Pence habla entre los republicanos de que el mandatario es escéptico respecto al despliegue de fuerzas militares en el extranjero “y solo quiere fuerzas estadounidenses donde necesiten estar”.

También existen consideraciones prácticas y realistas sobre elegir la violencia como fórmula primaria para salir de Maduro y su camarilla. Nunca hay estimaciones claras en torno al número de muertos que habría ni en qué bando. No está completamente claro cuánto duraría la intervención, considerando los potenciales focos armados de resistencia por parte de los colectivos y de los subversivos colombianos que moran en el territorio venezolano. Es, por tanto, menester agotar todas las opciones antes de recurrir a la más violenta, por más desesperado que se encuentre el país. Lo que ocurre es que ello requiere de un mayor esfuerzo interno de la dirigencia, un esfuerzo creativo, de unidad férrea entre los factores de oposición y de una estrategia política que cuente con un continuado e incansable respaldo del país. Luce fácil pedir una invasión foránea para que el mandado lo haga otro.

Dicho lo anterior, estoy entre quienes piensan que como parte de la estrategia para salir del régimen chavo-madurista no debe dejarse por fuera la ayuda militar foránea. Es, sin duda, un elemento disuasivo para quienes no desean abandonar el poder por las buenas, porque su primordial objetivo es aferrarse a él para continuar saqueando hasta donde y cuando puedan todos los bienes de la nación. La negociación hay que buscarla para evitar más muertes y derramamiento de sangre, pero no se debe olvidar la naturaleza del régimen usurpador. No se trata de negociar con un Fidel Castro o con un Pinochet, autócratas inspirados en una ideología radical de derecha o de izquierda. Se trata de lidiar con unos prevaricadores de los poderes públicos, algunos de ellos acusados de narcotraficantes, cuyo único propósito es esquilmar el país a toda costa, sin importarles el hambre, la inseguridad personal, la mala salud o la miseria general de la población. Estas son precisamente premisas de la Responsabilidad de Proteger (R2P) establecida por las Naciones Unidas para autorizar el uso de la fuerza en un país cuya población es víctima de crímenes atroces y violaciones de derechos humanos, como es el caso venezolano. Y al régimen hay que hacerle saber que si la camarilla no se aparta del poder por las buenas, cabe la posibilidad de que se le remueva por la fuerza.

La estrategia exige continuar con la unidad en torno al liderazgo visible representado por Guaidó, actuando al lado de los ciudadanos y sus necesidades, no desde arriba. La unidad y la cercanía de los dirigentes con los dirigidos es lo que garantiza que exista una alternativa real frente al régimen cleptocrático, una referencia seria de cara a la comunidad internacional.

Hubo otro mensaje de Guaidó esta semana, el de afrontar de manera distinta las relaciones con Cuba. Pidió a la Asamblea Nacional suspender los envíos de petróleo a la isla. Uno no tiene claro cómo se hará, si no será para después de que se produzca el cambio de régimen. Lo que sí puede hacerse desde ya es que los nuevos diplomáticos nombrados en Europa y América Latina denuncien el rol que juega Cuba en el sostén de este régimen insensible y ensañado contra su pueblo. Denunciarlo en todas las plazas.

El fenómeno Guaidó acabó con el mito de que no debemos identificarnos con Estados Unidos, un aliado natural de los demócratas venezolanos, que fue y sigue siendo el primer socio comercial del país. A nuestros líderes democráticos les daba vergüenza que los identificaran con esa nación mientras aprobaban en la Asamblea Nacional que Chávez se tratara el cáncer en Cuba y empezara a firmar decretos presidenciales en La Habana, si es que fue él quien los firmaba. Eso se tiene que acabar. Cuba debe sentir desde la oposición democrática venezolana que le toca también escoger pronto, porque no nos gusta que sus esbirros sirvan de muro de contención al cambio en las fuerzas armadas, ni que endosen las torturas a quienes se expresen contra Maduro y su camarilla. Los recién nombrados diplomáticos venezolanos deben señalar al régimen cubano como coautor de la situación miserable en que se encuentra Venezuela y auspiciar medidas en su contra, pues los cubanos son clave en el sostenimiento de la tiranía. Hay que trabajar en función de que se acabe la complicidad y la alcahuetería con la Cuba castrista en toda América Latina a cuenta de que somos “hermanos soberanos de la libertad”. Así no quiero que se comporten mis hermanos. Habrá que revivir la doctrina Betancourt.

@LaresFermin