Opinión

Henrique Capriles y la secta extremista

Era 2 de julio de 2012 cuando arrancaba una de las más importantes campañas electorales de nuestro país. Los ánimos estaban por el cielo, en las calles se sentía la algarabía de un pueblo que estaba decidido a cambiar para bien, con un candidato que para su momento era un héroe nacional. Henrique Capriles Radonski, un joven político que venía triunfador de las primarias para la Presidencia del país entre la oposición; con un total de votos de 1.911.648 (64.2%) era la esperanza del cambio.

Henrique venía con una carrera política impecable, siendo el más joven presidente de la Cámara de Diputados del país; vicepresidente del Congreso de la República, alcalde del municipio Baruta y gobernador del estado Miranda, además de haber estado preso por encabezar una marcha que terminó en la Embajada de Cuba.

¿Cómo no admirar a un joven tan talentoso? Recuerdo bien que antes de ingresar a la política venezolana, yo era de esos chamos que no les importaba lo que sucedía en el país. En ese año electoral contaba con tan solo 15 años, muy joven para poder opinar (para algunos dirigentes) y muy joven para poder ejercer mi derecho al voto.

Previo a las primarias, convencido de que ya era necesario un cambio en Venezuela, decidí involucrarme en un partido político, un partido joven que tomaba en cuenta las ideas de personas como yo, que para ese momento no eran más que ideas para hacer un buen activismo y convencer a más jóvenes.

“Ahí viene el flaco”; “Ese flaco sí camina”, “Con Capriles Radonsky, pa’lante es pa’allá”, eran algunos de los tantos elogios que este candidato presidencial recibía en cada municipio que visitaba. Recuerdo muy bien cuando visitó el municipio en el que vivo; jamás había visto tanta gente con pitos, gorras y banderas tricolor. Las calles de mi pueblito estaban colapsadas; motos, carros, bicicletas y hasta caballos formaban parte de la inmensa caravana que acompañaba al “flaco” a su tarima para escuchar su discurso. Jamás se dudó de él.

Cumplí 16 años justo dos meses antes de la elección y ya tenía un rol más serio en la política. Le había cogido amor a las caminatas que se hacían casa por casa, le había cogido amor a subir a la web del comando tricolor toda la data de personas que se sumaban “al camino del progreso” pero, sobre todo, creía en la Venezuela que Henrique planteaba, siempre con guáramo y valentía, pues enfrentar al difunto Chávez no era nada fácil.

El insomnio electoral tomó parte de mí el día 7 de octubre, jamás había dado tantas vueltas en la cama. Pensaba: ¿qué irá a pasar hoy?, ¿cómo será la Venezuela del mañana? Escuché el toque de diana de una móvil con sonido que pasó por mi casa justo a las 5:00 de la madrugada y no dude ni un segundo en levantarme, vestirme y salir al centro de votación en el que colaboraría subiendo data, repartiendo café y movilizando a las 10 personas que había sumado en mi 1 x 10. ¡Caramba!, me sentía tan alegre de ayudar por el futuro de mi país.

Transcurrió el día y el agotamiento que sentía no era mayor a ese entusiasmo que tenía. No abandoné el centro de votación hasta que se totalizaron los votos. No me despegué del televisor hasta que dieron los resultados. No había sentido tanta decepción en mi vida como ese día. Las palabras de Henrique me calmaron. Habíamos perdido, Chávez era presidente otra vez.

Pasó lo mismo con las elecciones de gobernadores del 2012, el chavismo había sacado fuerza por la enfermedad de Hugo Chávez; los malos movimientos políticos y las imposiciones habían condenado a mi amado estado Táchira a las garras de José Gregorio Vielma Mora. Tenía aún más decepción, más tristeza, pero nunca pasó por mi mente renunciar a la política y dejar de soñar con el país que creo posible.

Transcurre el tiempo y las noticias titulan la muerte de Hugo Chávez. Nicolás Maduro, quien había estado frente al país durante el tratamiento de Hugo, en tan solo 100 días ya nos había devaluado la moneda y la inflación empezaba a galopar. Tibisay anuncia nuevas elecciones presidenciales y el pueblo opositor aclamó a gritos a Henrique, él mismo no lo dudó y en una rueda de presa confirmó por segunda vez su candidatura presidencial. ¡Vaya alegría! Al día siguiente que Henrique anunció su candidatura, ya mis botas, mi camisa y mi gorra tricolor estaban listas para afrontar lo que venía.

Su primera visita la hizo en Táchira, recorrí una hora en moto para llegar a la ciudad Atenas del estado: La Grita. Llevaba conmigo una carta que le había escrito –no sé si la leyó– en la que me comprometía y, además, le describía el país que quería para mí y para mis hijos. Lo vi de rodillas frente a nuestro patrono, el Santo Cristo de la Grita y admiraba tanta nobleza, tanto liderazgo y tanto compromiso.

Una campaña relámpago acompañada de injusticias vivimos en 2013. Teníamos segura la mayoría del país. “Yo era chavista, pero no soy madurista” se escuchaba por doquier. Los cierres de campaña –o por lo menos en San Cristóbal– eran algo descomunal. Quienes estuvimos en San Cristóbal ese día sentimos el triunfo de Henrique, la multitud que había en la 5° Avenida sobrepasó el viaducto. Jamás se había visto algo así.

Llegó el día de la elección y ya no era solo insomnio lo que tenía, también estaba nervioso. Era el futuro del país lo que por segunda vez me desvelaba. Con energías al máximo salí una vez más al centro de votación, pero esta vez todo era distinto, Henrique y Venezuela estaban seguros de la victoria opositora.

Como era de esperarse, los malandros del régimen, junto con Tibisay, ya tenían los resultados arreglados. El tiempo de Dios no fue tan perfecto para Henrique; en esta ocasión nos robaron las elecciones. Todos estábamos claros en que Henrique había triunfado y que teníamos que defender nuestros votos, de ser necesario, con nuestras vidas. De eso dependía lo que hoy actualmente estamos viviendo.

Henrique nos mandó a cacerolear. Henrique nos mandó a bailar salsa, pero Henrique jamás defendió su triunfo.

Hoy, en esta situación tan difícil que vivimos esperábamos mucho más de Henrique Capriles Radonsky. ¿Qué pasó con ese flaco que dejó el pellejo por Venezuela? Soy de quienes ha insistido en muchas ocasiones en la unión de los verdaderos opositores, dejando por fuera a los oportunistas negociadores que dan oxígeno al régimen pero, ¿será que Henrique dejó de ser un verdadero opositor? Quizás esté equivocado, quizás no. Sus últimas declaraciones, aparte de que son egoístas, también dejan a la vista quién es el verdadero Capriles.

Me pregunto constantemente: ¿para qué ser centrista en un país gobernado por una extrema izquierda que no le importa condenar a nuestro pueblo al hambre? ¿El diálogo del centrismo ha brindado algún fruto? ¿Quiénes somos los verdaderos opositores del régimen comunista de Nicolás Maduro?

Henrique, si lees esto, quiero que sepas que Venezuela sí sabe quién es Rodríguez Zapatero. Quiero que sepas que en el lugar más remoto del país, los venezolanos que allí residen están esperando más por ti y por todos los líderes de la verdadera oposición. Quiero que sepas que ya no eres ese héroe nacional que alguna vez fuiste pero, sobre todo, quiero que sepas que ya no tienes una autopista ni un camino, a duras penas te queda una trocha a la cual debes guiar para el bien y no generar más división.

La pequeña secta extremista a la que te refieres podemos ser todos nosotros si nos enfocamos en liberar al país de la peor peste de la historia. Con atacar a quienes no están detrás de tres o cuatro teléfonos en un video en directo, como lo estás tú, no nos fortalece, nos termina de hundir. Piensa en toda esa gente que creyó en ti y que hoy está comiendo de la basura. Piensa en Venezuela, no en ti pisando Miraflores como presidente.

La vida da segundas oportunidades, no terceras.