Opinión

No hay peor ciego que el que no quiere ver

Es por lo menos para reflexionar. El domingo 9 de diciembre es otra oportunidad política perdida en lo inmediato para nuestro país, pero podría ser un excelente espacio para analizar y recapacitar sobre lo que será nuestro futuro a mediano y largo plazo. Se trata de las elecciones municipales, escenario en el que sin duda reinará la soledad de los centros electorales y con ello se sellará la entrega continuada de todas las instancias de poder al gobierno.

Seguimos dando vueltas en un círculo vicioso, empeñados en transitar el camino de la abstención como única arma de lucha a lo interno, sin siquiera percatarnos de que, hasta la fecha, esta no nos ha arrojado ningún resultado beneficioso tangible, por el contrario, solo se ha traducido en la pérdida de espacios ya conquistados, más crisis económica y mayor desesperanza entre la gente.

Por un lado están los partidos políticos que siguen cediendo en su esencia, en su razón de ser, protagonizando su propia autodestrucción al alejarse de la vía electoral como mecanismo para sublevarse ante un régimen que insiste en pisotear y maniatar a la población. En el otro extremo de esta misma estrategia suicida están los ciudadanos, quienes decepcionados por las expectativas no cumplidas por parte del liderazgo político declinan en su derecho inalienable al voto, olvidándose de su papel fundamental como ciudadanos y tantas luchas libradas para alcanzarlo.

Mientras tanto, los más radicales pescan en río revuelto. Usan un verbo enardecido para convertirse en tendencia en redes sociales y promover los más viles enfrentamientos entre los mismos opositores, abriendo aún más las heridas que se arrastran desde hace años por diferencias en el modo de accionar para alcanzar el objetivo colectivo: la salida de Nicolás Maduro. Los constantes ataques acentúan las posiciones intransigentes, que lejos de ayudar a la impostergable necesidad de unidad opositora lo que hacen es alejarnos de cualquier solución posible a esta crisis que abofetea una y otra vez a los venezolanos.

No hay peor ciego que el que no quiere ver. Si quienes hoy repiten el llamado a la abstención aún no han presentado el plan de acción que prometieron para el 20 de mayo pasado, hace ya seis meses, menos aún tendrán lista la ruta a seguir para cuando los nuevos concejos municipales rojitos destituyan a los alcaldes opositores que siguen batallando, contra viento y marea, por la defensa de las localidades que representan y sus habitantes.

Si bien es cierto que participar en los comicios electorales no es garantía de que el gobierno respete las reglas de juego y los resultados finales, lo más trascendente de esta acción es forzarlos a tener que hacer trampa y delinquir si quieren hacerse de la victoria. Es decir, hacer que incurran una vez más en arbitrariedades ante la mirada atenta de una comunidad internacional, y no que seamos nosotros quienes le cedamos los espacios como si estuviéramos de acuerdo con ellos.

La irracionalidad que se vive en torno a este tema va en ascenso con el transcurrir de los días. Solo el tiempo mostrará los verdaderos estragos de habernos negado a defender nuestros espacios y conquistar otros nuevos. Un ejemplo claro de ello lo representa el argumento de la "ilegitimidad" de Nicolás Maduro a partir del 21 de mayo, que supuestamente le impediría seguir siendo presidente, cuando, por el contrario, tiene seis meses mandado más que en cualquier otro momento, acentuando el hambre y la miseria en el país a través de la aplicación de medidas económicas sin contrapeso político alguno. Lo lamentable de esperar que sea el tiempo el que ponga las cosas en su lugar es que, mientras tanto, las malas decisiones arrastran por el mismo barranco a justos por pecadores, y un "vieron, yo se los dije" en medio de tanta calamidad, no tendrá sentido alguno.

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