Opinión

No hay nada que hacer

Uno de los  objetivos más deseados y buscados por cualquier modalidad de dominación autoritaria –y más si esta tiene una clara vocación totalitaria, como es el caso de la nuestra en Venezuela– es convencer a la población de su casi nula eficacia política.  Por “eficacia política” se entiende el grado de influencia de la persona sobre lo que sucede en su entorno, esto es, la capacidad de incidencia del ciudadano sobre la política y sobre los hechos políticos que le afectan e interesan. En este sentido, una percepción de “baja eficacia política” equivale a que la persona sienta que lo que le sobreviene en política es inevitable e impermeable a su acción personal y colectiva.    

La percepción de baja o casi nula eficacia política está relacionada con otro concepto tomado de la literatura psicológica, y que ya hemos explicado en otras ocasiones, como lo es la “desesperanza aprendida”. La “indefensión aprendida” –como también se le llama– es el estado psicológico que resulta del autoconvencimiento de la persona de que los acontecimientos que suceden a su alrededor son incontrolables e  independientes de su propia acción voluntaria. En otras palabras, el individuo termina creyéndose un ser pasivo, política y socialmente inerme, a quien no le queda más remedio que resignarse a lo que le sucede, pues está convencido –o le convencieron– de que no puede hacer nada para evitarlo.

Al buscar y reforzar inteligentemente las percepciones de baja eficacia política y de indefensión aprendida entre la población (especialmente aquellas que les son más indómitas y se resisten a la sumisión), los regímenes de orientación totalizante persiguen la creación de un piso actitudinal-psicológico de resignación y aceptación pasiva sobre el cual profundizar las raíces de su modelo de dominación.

Uno de los síntomas o consecuencias de estos estados psicológicos es la aparición de déficits cognitivos y motivacionales, en los que la persona empieza a preguntarse si vale la pena hacer las cosas, o es mejor simplemente conformarse y dejar que las cosas pasen. Una vez que estas percepciones y sentimientos se apoderan de la población, cualquier intento de organización popular, de lucha política y de resistencia ciudadana tiene un inmenso plomo en el ala que obstaculiza su viabilidad.

Por esta razón, cualquier estrategia factible y con posibilidad de éxito para superar la dictadura pasa necesaria e inevitablemente por contar con una población activada, organizada y políticamente motivada. Esta es una condición sine qua non para cualquier solución efectiva tanto a la crisis de gobernabilidad del país como a la tragedia social y económica que sufren los venezolanos.

Sabiendo lo anterior, la dictadura seguirá intentando –como lo ha hecho hasta ahora– reforzar en el país democrático la creencia de que no hay nada que hacer. Ellos más que muchos conocen la importancia crucial de desactivar la bomba de la motivación y organización popular. En esa estrategia cuentan con el apoyo –intencional o no– de algunas personas que se han dado a la tarea de vender otra vez la tesis del “país desanimado”.

Cada vez que oigo en algunos la sumisa expresión de que “de esto no saldremos nunca” o la todavía más genuflexa de que “frente a esta dictadura no se puede hacer nada”, reconozco que o bien el madurocabellismo tiene su público seguidor en las filas de la oposición (aunque estos no se den cuenta), o que su estrategia de sembrar desesperanza aprendida y percepción de baja eficacia política ciertamente ha logrado sus objetivos en algunos sectores, aunque sean minoritarios.

Lo único cierto es que el régimen sabe que contra el pueblo no puede. Aterrados y sin apoyo popular, pero con mucha plata y recursos, y solo apoyados en un sector de la Fuerza Armada, su esperanza es disuadir a la gente, desanimarla y convencerla de que no vale la pena. Lo que le queda es jugar con su mente, generarle desesperanza y alimentar su desánimo. Es prioritario y urgente enfrentar el reto de evitar ser de nuevo víctimas de sus cálculos.

Decía Cicerón que cuanto más grande la dificultad, mayor la gloria. Hemos avanzado mucho. Cuidado con el empeño en destruir lo que se ha conquistado hasta ahora y regresar a errores que nos vuelvan a alejar de la meta.