Opinión

El hábito de unos libros

Karl Krispin

Los apocalípticos digitales en sus profecías para hipsters y technogigs  predijeron el ocaso del libro físico y el advenimiento del ebook. Sus seguidores defendían la revelación bajo el argumento de que al viajar era más cómodo doble cliquear el Ipad que cargar con los textos. Ese predicamento lucía adecuado para los nómadas mundiales quienes de paso parecían sólo leer en los aeropuertos. Otro dogma se centraba en la capacidad de un dispositivo para atesorar una biblioteca entera. Todo es cierto. No se trata de enfrentar lo virtual con lo real porque lo importante es el contenido. Algunos, sin embargo, guardamos mayor afecto por los libros físicos.

En estos días lo aviste y reconocí de inmediato. La foto del cineasta con su gorra en la edición de Plaza & Janés. Me apresuré en tomarlo de inmediato a pesar de que la librería me tenía como único cliente. Y lo compré ya que hacía tiempo que lo presté y como corresponde, nunca me lo devolvieron ni recuerdo el nombre del beneficiario. Obviamente un amigo, nadie distribuye sus  libros entre desconocidos. Era Mi último suspiro, las deliciosas memorias de Luis Buñuel. En mi personalidad como reborn bibliófilo, ya no presto libros y estoy readquiriendo los que tuve y nunca me regresaron.

La pérdida de un libro puede ser una catástrofe y queremos verlos anakareninamente como una familia feliz o infeliz que se parece. Tenerlos agrupados, sabiendo el lugar de cada uno, es un acto de seguridad y felicidad para su dueño. En mi caso, los ordeno por orden alfabético, y reparar de pronto que en el lugar de Paul Auster no se encuentra La noche del oráculo, puede tener un efecto de alteración cardíaca. Los libros además son un reflejo del carácter de su dueño y podemos llegar a conocer a una persona por los textos que atesora y ni se diga, con lo que ha anotado en sus páginas.  Incluso los libros te hacen falta y llegas a tu casa para contemplarlos con igual cariño del que se le presta a una mascota y hasta un familiar. Las horas de felicidad que han otorgado, justifican cualquier homenaje.

He visto bibliotecas enteras rematarse a precios viles después de la muerte de una persona porque sus herederos tienen prisa y escaso afecto por la lectura. En esos saldos inamistosos he descubierto tesoros editoriales ya que algunas primeras publicaciones tienen un valor que jamás podrán imaginar sus liquidadores. El título de este artículo es un verso de Jorge Luis Borges, el venerable ciego de quien cuentan los que lo visitaban que iba a su biblioteca y sabía perfectamente la ubicación de sus tomos. Y cuando tenía alguno de ellos entre sus manos sentía un alborozo que reflejaban sus ojos apagados.