Opinión

El gusano color arcoíris

Cuando era chico, solía desvelarme viendo el baloncesto de la NBA. Es un deporte que me fascina desde que tengo uso de razón, y cada vez que puedo observo los juegos por televisión. Recuerdo que uno de los jugadores que más me llamaba la atención tenía el pelo teñido de colores y estaba todo tatuado. Se trataba de Dennis Rodman.

En aquella tierra de gigantes, cada jugador marca su propio estilo y modas. Algunos usan una barba llamativa, otros un calzado deslumbrante. Pero sin lugar a dudas, Rodman ha sido el jugador más pintoresco del que tenga memoria. Cada partido tenía el cabello teñido de un color distinto, lo cual, aunado a sus tatuajes y piercings, lo hizo una persona precursora en las lides del llamado arte corporal en el ámbito deportivo.

Como jugador profesional, Rodman fue un personaje polémico. Dentro y fuera de cancha. Formó parte de los llamados bad boys de los Detroit Pistons durante el trienio 1986-1989, y compartió cancha con David Robinson en los San Antonio Spurs y los míticos Chicago Bulls liderados por Michael Jordan. Ganó varios campeonatos de la NBA, y destacó por su controversial forma de juego defensivo. Era un jugador visceral. Se pierden de vista sus expulsiones, peleas, faltas técnicas, trifulcas. En otros ámbitos de su vida, Rodman estuvo casado con Carmen Electra, vinculado sentimentalmente con Madonna, protagonizó una película con el legendario Jean Claude Van Damme, y apareció en uno que otro combate de lucha libre profesional.

A todas luces, la vida de Rodman se asemeja a una montaña rusa. En muchos aspectos, para nada ejemplar. Sin embargo, probablemente contra todo pronóstico y tal vez sin estar muy consciente de ello, Rodman se inmortalizó cuando llegó a Singapur en la mañana del 11 de junio de 2018, en lo que fue una suerte de antesala del histórico encuentro entre el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y el líder de Corea del Norte,  Kim Jong-un.

Se trata de una aventura digna de contar. Al menos desde 2013, el basquetbolista había venido visitando  Pyongyang, llegando incluso a tener contacto –que no amistad– con el líder norcoreano, Kim Jong-un. Desde entonces, algunos vieron en la figura del deportista una ventana de oportunidad para acercar a Estados Unidos con Corea del Norte, y no fueron pocos los analistas que calificaron las acciones de Rodman como la “diplomacia del baloncesto”.

Lo cierto del caso es que esa mañana del 11 de junio un Rodman visiblemente emocionado –se le salieron las lágrimas en plena entrevista– declaraba ante los medios internacionales que sus esfuerzos estaban dirigidos a lograr puntos de encuentro y soluciones pacíficas a las diferencias que enfrentan Estados Unidos y el país asiático. Lo hacía Rodman con sus oscuras gafas negras, el rostro cansado, y llevando consigo una franela con el logotipo de Potcoin, una criptomoneda vinculada a la industria de la marihuana que patrocinó su viaje a Singapur. 

Con total desprendimiento de los protocolos diplomáticos y de las formalidades de rigor que caracterizan las relaciones internacionales entre Estados, Rodman ha puesto a reflexionar a muchos sobre la importancia y el impacto que pueden tener acercamientos poco convencionales para la resolución de conflictos. Si bien es pronto para sacar conclusiones sobre cuál ha sido el peso y el papel de Dennis Rodman en el eventual acercamiento que se desarrolle entre Estados Unidos y Corea del Norte, no puede desestimarse su presencia y acciones para la concreción de alguna solución diplomática a las tensiones entre ambos países.

En el mismo sentido, es arrojado sacar conclusiones en este instante sobre los acuerdos alcanzados entre Trump y Kim Jong-un. Desde nuestro punto de vista, sin embargo, creemos que el encuentro y el acercamiento suelen ser más fructíferos que la amenaza, el aislamiento y la violencia, incluso si dicha aproximación se desarrolla de forma poco ortodoxa por un gusano –sobrenombre que le fuese dado a Rodman por su forma de jugar baloncesto– con el pelo pintarrajeando como un arcoíris.