Opinión

Guerra de desgaste

Adolfo Taylhardat hijo

El ilegítimo está librando una guerra de desgaste contra la oposición y para ello cuenta con el asesoramiento y la experticia del régimen castrista.

El cruel, desalmado y sanguinario dictador se vale de su superioridad material y militar para mantener a la oposición dentro de los límites de su capacidad para hacerle frente a la represión, empleando las huestes criminales con que cuenta el régimen: la policía, la guardia nacional y las bandas de facinerosos entrenados, pagados y armados que solo actúan para defender incondicionalmente a su jefe sin importarles las consecuencias.

Mientras aumenta el número de muertos, heridos y detenidos, el autor de esa masacre sigue exhibiendo deliberadamente su hipocresía y su insensibilidad. Es como si no sintiera la más mínima vergüenza por los daños que le está infligiendo al país y a los venezolanos. Mientras el país se desangra víctima de la ferocidad de sus huestes salvajes, se presenta en la televisión bailando, invitando a los televidentes a bailar e incluso anuncia que en los colegios crearán escuelas de baile.

Como ocurre siempre en las guerras de desgaste hace ofrecimientos para tratar de ablandar al contrincante, ofrecimientos que sabe nunca honrará: diálogo, elecciones, convocatoria a una constituyente, como ensayo para ver si la oposición muerde el anzuelo, Ahora dice que lleva mes y medio esperando elecciones en las cuales asegura que “va revolcar con los votos a la oposición”.

Esa estrategia persigue lograr que la resistencia de la oposición se debilite porque sus sacrificios no se traducen en resultados concretos y el sátrapa pretende demostrar, con sus apariciones frecuentes y sus discursos llenos de falsedades, que en el país no sucede nada, que la vida sigue su curso normal, que el país marcha viento en popa.

Despliega todos sus recursos represivos para sofocar las manifestaciones de la disidencia. La rabia, la indignación creciente de los manifestantes se refleja en el lenguaje que emplea para dirigir sus insultos contra el dictador.

Cada vez que la oposición convoca a una concentración debe enfrentarse a un muro de guardias nacionales provistos de los equipos antimotines más sofisticados para impedirles el paso hacia los sitios hasta conde quieren llegar simplemente para entregar un documento, una carta, una proclama explicando el objeto de la protesta. Gases lacrimógenos, perdigones, chorros de agua de las ballenas son empleados indiscriminadamente para impedir el paso de los pacíficos manifestantes. Simultáneamente las pandillas de facinerosos de los colectivos se cuelan en los grupos manifestantes para agredirlos con las modernas armas letales que les proporciona el régimen. Estos asesinos han sido entrenados para disparar a la cabeza. La mayoría de los muertos y heridos han sido víctimas de impactos recibidos en la cabeza.

Pero la estrategia de guerra de desgaste ha sido enfrentada por un bravo pueblo que ha demostrado admirable valor para enfrentarse totalmente desprovisto de medios de defensa, solo con la bandera nacional y pancartas, los gases lacrimógenos disparados a mansalva, a quemarropa, contra los indefensos manifestantes, además de los perdigones, y en algunos casos balas vivas de armas de fuego.

El sátrapa dictador espera confiado que el coraje, el valor de esos miles de venezolanos de diluirá progresivamente por cansancio, por frustración, por ausencia de resultados visibles. Siempre he sido partidario de la lucha pacífica, en la media en que crece el número de muertos, de heridos y de apresados el espíritu del manifestante puede dar lugar a la frustración y al fortalecimiento del régimen. Esto sería desastroso, una derrota en esa guerra permitiría la entronización del sátrapa, no ya como dictador sino como emperador para el resto de su existencia y hasta que de Venezuela no queden sino cenizas.

En esas circunstancias las fuerzas democráticas corran el peligro de verse diezmadas, debilitadas, la única forma de salvar lo poco que queda del país es con ayuda externa. Normalmente en situaciones como esta el sector institucional de los militares está llamado a jugar un papel salvador, pero ya es evidente que la cobardía prevalece sobre el patriotismo y no podemos contar con los militares.

En esta situación, lo digo responsablemente, corriendo el riesgo de que me pongan preso acusado de traición a la patria, ha llegado el momento de pedir auxilio a quien esté dispuesto a brindárnoslo.

La reunión de cancilleres ya convocada debe asumir su responsabilidad y dictar medidas drásticas y efectivas capaces de evitar el naufragio total de esta nave que se está hundiendo.

A esta altura, hacer frente a la guerra de desgaste requiere mucho más que coraje, espíritu de lucha, disposición al sacrificio. Necesitamos el apoyo de la comunidad internacional en todo lo que sea posible y en cualquier forma que esté dispuesta a brindarlo.