Opinión

No es gratuito el empeño de instaurar una nueva lengua

Si hay algo que caracteriza estos momentos aciagos de nuestra historia republicana es la vocinglería oficialista, de la que, lamentablemente, más de uno se hace eco casi sin percatarse. Esa presencia de voces ramplonas, palabras huecas y disparates lingüísticos refleja, entre otras cosas, el abandono que se ha experimentado de la buena lectura concienzuda y profunda, aunque en algunos obedece a intereses inicuos.

Al acudir a la Gramática del español, es esencial distinguir la significación que con frecuencia se le otorga a género y es que este restringido significado se refiere únicamente a distinciones de sexo, es decir, masculino, femenino, y ello es errado. En el Centro Virtual Cervantes se encuentra una clarificación excelente donde se recuerda que género proviene del latín genusgeneris que significa clase además de estirpe, linaje. “Cuando el sexo figura entre las bases de clasificación nos referimos a género sexuado”.

Uno de los abusos permanentes de la nueva lengua que trata de imponerse es el afán de producir un cambio social a partir de un cambio lingüístico. Se argumenta que el lenguaje discrimina a las mujeres y de ahí la insistencia en distinguir entre el femenino y el masculino.

Hay sustantivos que se usan para ambos sexos, como es el caso de personaje, pianista, profesional, psiquiatra. La Academia de la Lengua es muy clara al respecto, indica que en estos casos el género del sustantivo, que se corresponde con el sexo del referente, lo señalan los determinantes y adjetivos con variación genérica; es decir, hablamos de el/la pianista; el/la profesional; el/la psiquiatra. Hay otra clase de sustantivos, llamados epicenos, que poseen un solo género gramatical, y con ello se refieren, sin distinción, a individuos de uno u otro sexo; los ejemplos que cita la Academia son muy simples y conocidos: epicenos masculinos, personaje, vástago, tiburón, lince; y epicenos femeninos, persona, víctima, hormiga, perdiz. La concordancia será constituida siempre en función del género gramatical del sustantivo epiceno, y no en función del sexo del referente, como les ha dado por hacer en este disparate de lengua que quieren instituir como normal en el país; así, debe decirse: “La víctima, un hombre joven, fue trasladada al hospital más cercano”, y no: “La víctima, un hombre joven, fue trasladado al hospital más cercano” (ejemplos tomados de la RAE).

No es el uso de los sustantivos femeninos los que degradan a la mujer, es el significado, el contenido de las oraciones que se construyen. Se me ha ocurrido un ejemplo parafraseando algunas expresiones empleadas para hablar de las mujeres contrarias a la ideología imperante: “Las mujeres escuálidas gastan sus neuronas en ridículas ilusiones capitalistas”. Adjetivos y sustantivos son femeninos y no son ellos quienes ultrajan a la mujer, es el conjunto de rasgos semánticos.

Como si fuera poco el disparate lingüístico al que apenas he podido referirme en tan pocas líneas, ahora ha proliferado, incluso entre los “más cultos” el uso de la arroba (@) para referirse en una sola palabra a las formas masculina y femenina del sustantivo. Agrega la Academia, “su uso en estos casos es inadmisible desde el punto de vista normativo; a esto se añade la imposibilidad de aplicar esta fórmula integradora en muchos casos sin dar lugar a graves inconsistencias, como ocurre en Día del niñ@, donde la contracción del solo es válida para el masculino niño”.

Añado que no solo es el desconocimiento de normas elementales que pueden buscarlas en la Gramática de la lengua española y en la Gramática de la lengua castellana destinada al uso de los americanos de Andrés Bello; no, es aún más disparatado e incluso sumamente dañino. Es la adjetivación ofensiva que se le endosa a los contrarios de las pretendidas ideologías imperantes en un sector determinado, como apátrida, traidor, vendepatria, gusano, y otras lindezas por el estilo, que son proferidas con un objetivo muy claro.

El discurso oficialista procura, entre varios propósitos, “moldear” el pensamiento de los ciudadanos; esa concepción del lenguaje, basada en la llamada hipótesis fuerte de Sapir-Whorf (ignoro si la conocen, pero la usan), sostiene que la lengua determina fuertemente el pensamiento del hablante. Esa teoría lingüística, considerada por muchos como una forma de determinismo lingüístico, asevera que dos hablantes de lenguas totalmente diferentes, a partir de las características habituales a un mismo objeto, lo conceptuarían de forma distinta “por efectos cognitivos asociados al vocabulario y particularidades gramaticales de sus lenguas”.

Una de las críticas fuertes a esta teoría es el enfoque nacionalista y racista; dicha visión ocasiona que, al diferenciar el funcionamiento de la mente del ser humano en relación con la lengua del hablante, se sostiene que los individuos poseen facultades intelectuales disímiles según su idioma.

Lo que están sustentando es que esa nueva lengua, donde han conceptuado de manera ofensiva a un gran sector del país, “moldeará” la mente de quienes la adquieran y ellos construirán su “realidad” a partir de esos patrones lingüísticos. No es gratuito el empeño de instaurar una nueva lengua.