Opinión

Gratitud y política internacional

Algunas de las características deseables para la política en general y para la internacional en especial serían la gratitud y solidaridad. Desafortunadamente las cosas no funcionan de esa manera y por lo tanto esos valores deseables resultan ignorados muchas veces y –lo que es peor– la historia suele enseñar que quienes cultivan tales virtudes pueden alcanzar la consagración en los altares, pero rara vez logran tener mucho éxito en la fiera batalla contra el populismo, la trampa y demás ruindades de la lucha por el poder.

En cuanto a la gratitud –en este caso ingratitud– los venezolanos estamos viviendo justamente en estos días un  ejemplo muy evidente que es el de la declaración de todos los 15 países miembros del Caricom (Mercado Común  del Caribe) en su 39ª Reunión de Jefes de Estado celebrada el 8 de los corrientes en Montego Bay (Jamaica), ratificando su solidaridad unánime con la aspiración de Guyana con relación a su diferendo con Venezuela por la zona del Esequibo, particularmente ahora cuando nuestro vecino ha optado por la estrategia de acudir a la Corte Internacional de Justicia para obtener una solución judicial al asunto. Tal declaración era de esperarse, por cuanto ha sido tradicional que esos Estados entiendan que los valores comunes entre ellos son de mucho mayor entidad que sus vínculos con Venezuela. Allí es donde está el “quid” de la cosa.

Hace varias décadas, desde la república democrática (1958-1998), se reconocía la necesidad de cooperar con las naciones caribeñas a fin de ayudarlas a superar los graves inconvenientes que afrontarían con motivo de sus respectivas independencias y el cese total o parcial de los aportes económicos de sus antiguas metrópolis, que en muchos casos ponían en entredicho su viabilidad como Estados.  Venezuela reconoció que esta situación requería abordar alguna cooperación por dos razones: a) porque era lo correcto y b) porque un Caribe empobrecido era caldo de cultivo para la inestabilidad regional y consecuentemente para el interés de la propia Venezuela, tanto más cuanto que en esos años la Revolución cubana hacía lo posible por fomentar conflictos.

Dentro de ese marco se llevaron a cabo iniciativas que atendieron los campos educacional, infraestructura, fortalecimiento del conocimiento mutuo y la ayuda en la solución del problema energético. Fue así como primero solos y luego con México asumimos el esquema de financiamiento de las facturas petroleras que se conoció como Pacto de San José.  No fue Chávez ni su combo quienes inventaron eso y lo hacíamos entonces con responsabilidad y rendición de cuentas.

El punto central de este asunto es que en ningún momento antes se exigió a los beneficiarios de estos esquemas ninguna sumisión política, ni votos, ni constituirse en rehenes. Prueba está que cuando nuestro compatriota Miguel Ángel Burelli Rivas aspiró a la Secretaría General de la OEA no obtuvo ni un solo voto de aquellos mini-Estados caribeños, lo cual no impidió que Venezuela siguiera desempeñado su rol de activo cooperante en el período presidencial Caldera II, durante el cual justamente Burelli fue canciller todo el quinquenio.

Llegamos a la “quinta república” que vino acompañada de un proyecto político hegemónico en lo interno e internacional, facilitado por el incontenible aumento del precio del petróleo y el llenamiento a reventar de la alforja venezolana. Lo ocurrido es historia reciente. La política de cooperación ordenada y respetuosa se sustituyó por el realazo, la complicidad ideológica y la sumisión encarnada en Petrocaribe que se convirtió en el arma efectiva para la injerencia insultante, etc.

Todo parecía marchar bien hasta que los precios petroleros se derrumbaron y al mismo tiempo la gallina de los huevos de oro (Pdvsa) cayó en terapia intensiva. El resultado se ha ido viendo en las votaciones en la OEA y en otros foros en los que los apoyos a la “revolución bolivariana” se van diluyendo, tal como era de esperar. ¿Sorpresa? En absoluto.

Han llegado otras realidades y vendrán nuevas situaciones. Esperemos que quienes deban gerenciarlas hayan aprendido algo y no se vuelva a tropezar con el mismo escollo. No se trata de ser vengativos, sino tan solo de ser realistas.