Opinión

Gerundios, farsas y apostillas

Apostillar es el verbo del lenguaje burocrático que más se conjuga en los últimos tiempos, en la acepción de someterse al martirio de trasnocharse, madrugar, hacer cola, bajarse de la mula, buscar timbres fiscales y tener un contacto, nunca con el sentido de simplificar los engorros de quienes van a residenciarse temporal o definitivamente en el extranjero, sea por razones de trabajo, salud, descanso o escapar del tsunami que tenemos encima.

Con los resultados cantados de la farsa del domingo, los anuncios –“no hemos hecho las cosas bien y tenemos que hacerlas de nuevo”–, los ánimos de echar la carrera, huir, se alborotan. Los más jóvenes andan con los bártulos al hombro, como los protagonistas de los cuadros de César Rengifo, buscando un horizonte más luminoso y, sobre todo, creíble. Esta dieta baja en calorías y proteínas, esta ruleta rusa que hala el gatillo cada segundo que corre –que es la inseguridad–, el precipicio insondable en que se ha convertido el derecho humano a la salud, la ausencia de oportunidades para progresar y la cruenta imposibilidad de tener algo de paz serían pasables si no tuvieran que aguantarse los megatones de mentiras, falsas promesas, excusas y sus similares.

Las encuestas, sondeos y estudios de opinión pública señalan que la disposición al éxodo, a irse, a pirarse y decir “chao, muerto” se mantiene tan viva que ninguna de las historias que cuentan sobre las dificultades de conjugar el verbo apostillar en tiempo real la apagan.

Con la informatización de la administración pública todo se hace por Internet, desde el pago del impuesto sobre la renta hasta las citas para apostillar. Verga. El caos es total. No importa cuál sea la página que se intente abrir, siempre obtendrá el mismo resultado: sistema en mantenimiento, caído o en reparación, intente más tarde; tan descorazonador con “el suscriptor que usted ha llamado no puede ser localizado en este momento”. Algunas veces la página abre, pero se cae o se cuelga o se guinda cuando falta un clic para llenar la planilla. Debe hacerlo todo de nuevo, y así hasta la eternidad.

El colmo es que algunos sitios, como el de apostillar, tienen insólitos horarios, desde las 6:00 de la tarde hasta las 6:00 de la mañana, y no “trabajan” los días de fiesta de guardar, los feriados patrios, los fines de semana, mucho menos en los horarios normales de oficina. Es la revolución digital a la cubana, “si es urgente llame al final de la tarde, el médico de guardia está desayunando”.

Como todavía no sabemos cuáles fueron las pérdidas que hubo en el incendio de la Torre Este de Parque Central ni por qué había ahí almacenados varios cientos de litros de gasolina de alto octanaje, que quema con igual rabia que la de bajo octanaje, no podemos echar manos de los archivos de la Copre, que había hecho propuestas sensatas para mejorar la atención al público, al ciudadano; desde la expedición de la cédula hasta apostillar el título universitario en el Ministerio de Relaciones Exteriores. Aunque en ese momento la informática hacía sus pininos, los técnicos fijaron procedimientos para que la ciudadanía no perdiera el tiempo en colas ni fuese víctima de mordidas y otros negocios.

Todos nos maravillamos cuando antes del referéndum revocatorio de 2004 algo tan importante como la expedición de cédula de identidad, y hasta la obtención de la ciudadanía, se podía hacer en pocas horas en los operativos móviles del Saime o de la antigua DIEX. Los primeros resultados los vimos en el registro electoral, pasamos de 11,4 millones de votantes a 18,7 millones, con lo que algunos se creyeron el cuento de la visibilidad y del gobierno participativo. “Ganada” la consulta, anunciaron que harían lo mismo con la partida de nacimiento y el pasaporte. Mientras la coña iba y venía, Cuba se hizo del contrato –del dinero mejor dicho– para el nuevo sistema de cedulación, que presentan 14 años después muy disminuido y con otros uso: el carnet de la patria o del PSUV, que utilizan para la permuta de bonos millonarios (10 dólares) y cajas CLAP por votos “protagónicos”. Vendo espejo al revés, cabeza abajo, y banda presidencial.