Opinión

Gasparini

Fernando Rodríguez

Editorial La Cueva acaba de publicar La verdadera historia de Paolo Gasparini, un libro cuyo elaborado diseño de Ricardo Báez no se parece a ningún otro y contiene una antología de fotografías y pertinentes textos sobre su vida y obra. Como quiera que Paolo es antimediático y muchos deben ignorar que es uno de los artistas más universales que hayamos tenido nunca, quiero hacer este breve perfil de su prolongado quehacer artístico.

La obra de Paolo, a mi entender, hay que colocarla en el nivel más alto de nuestras artes plásticas (Soto, Otero, Borges, Palacios, Reverón y algún otro), no solo de la fotografía. Un ojo privilegiado que obedece a valores estéticos y humanísticos muy altos. No sé si lo he escrito, no importa, pero me gusta pensar su génesis, su proyecto original, en su Italia natal de la posguerra, derrotada, culposa, pobrísima… donde todo podía evitarse menos el compromiso con la realidad social desoladora, que moldeaba ese ojo que aprendería a hacerla suya en la cámara oscura. La Italia del realismo en todas sus manifestaciones, la de Fellini y también la del legado de Gramsci –el genio artístico y el teórico militante–. Digamos que allí moldea Paolo su manera que no sabría eludir el oficio pavesiano de vivir, los cuadernos de la cárcel y el rostro angelical de Giulietta Masina.

Pero muy joven viaja a Venezuela, otra lejana comarca del planeta, lejana en muchos sentidos, parte de ese Tercer Mundo que luchaba por acabar el horror de la colonización y la opresión del Norte que multiplica la pobreza en toda su geografía. En ese choque de dos mundos el artista comprometido –¿cómo se podría no serlo?– va a construir una magnífica síntesis. Su fotografía va a ser siempre muy culta y moderna, ella se nutre de los grandes maestros universales, Paul Strand en especial y por ejemplo. Pero, a su vez, como pocos, se entregará a vivir y escrutar el alma de esa zona preterida del planeta, en toda su crudeza y desde perspectivas muy militantes. De esa mezcla surge un estilo fotográfico que marcará mucho de lo que se hace con la cámara en un par de décadas en que predomina la fotografía que quiere dar testimonio de lo que sucede en un continente al rojo vivo. América Latina para verte mejor, un libro con textos de Edmundo Desnoes, se convierte en una especie de paradigma de esa tarea urgente, sobre todo para un arte atado necesariamente al referente, en una suerte de “coito eterno”, como dice Roland Barthes. Al realismo meramente documental, o socialista, Paolo agrega un elemento decisivo: la conciencia del carácter híbrido, de modernidad perversa de nuestra realidad y que ella debe enfocarse a través de una fotografía de contrastes temáticos, el niño indígena todavía ancestral al lado del ostentoso emblema del banco transnacional. Y, en ese mismo tono, multiplicando el hallazgo, saturar en lo posible de signos encontrados las imágenes, predominantemente urbanas, que desnudan la miseria y la desigualdad, ambas. Modernidad y adherencia al tórrido presente son los ingredientes esenciales de lo más importante de lo que se hace en el arte y el pensamiento en nuestra hora de los hornos. El Techo de la Ballena o Rafael Cadenas entre nosotros. Fellini y Gramsci, dijimos.

Después, como para tantos, la vida y los horizontes se hacen otros. Se borran poco a poco las utopías y hay que buscar nuevos cánones expresivos. Paolo lo hace y es importante esa fuerza que permite el cambio que también tiene que ser continuidad para ser verdadero. Retrata Europa en una de sus series más importantes y hermosas, pero ahora la multiplicidad de significaciones, muchísimas, a veces inverosímiles técnicamente, nos pintan un mundo alienado, sobresaturado de mercancía y hedonismo, de riqueza innoble. Y en absoluto olvida su fidelidad al Tercer Mundo, a los asomados y repudiados por el confort y el derroche de los tiempos. Siempre sobrevive la primera y decisiva inclinación: la de una fotografía pensante, crítica, romántica diría yo en el mejor sentido, dejando siempre en la imagen la solicitud de lo ausente, la nostalgia del naufragio. Y por suerte lo sigue haciendo hoy, no elude estos tiempos del horror venezolano. Lo logra con sigilo y en silencio, mientras en medio mundo se le aplaude.