Opinión

“Garganta” y el último niño

I

En noviembre de 2007, Hugo Chávez recibió la visita de Iván Márquez, en ese entonces con alto cargo dentro de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, y para mí eso no fue sino una confirmación.

Para Chávez los grupos subversivos colombianos debían ser reconocidos como “beligerantes” en la política de Colombia y así lo dijo pública y privadamente. Los trataba de tú a tú, pasando por encima de gobierno y Estado del vecino país y sus directrices. Nunca respetó el proceso que llevaban los hermanos colombianos para librarse de aquella historia de violencia, terror y narcotráfico.

No lo digo yo, lo cuenta el propio ex presidente Andrés Pastrana en el documental Chavismo: la peste del siglo XXI.

Hugo Chávez se dio el lujo de nombrar un “enlace” entre su gobierno y estos grupos asesinos, Ramón Rodríguez Chacín (del que por cierto se dice en Wikipedia que es militar, político y filósofo, con el perdón de los filósofos) y que seguramente se llena la boca diciendo que tanto él como su comandante muerto lograron la liberación de aquellas rehenes.

¿Por qué cuento todo esto? Pues porque hay que recordar que la relación que mantiene este desgobierno desde hace casi 20 años con los grupos armados narcotraficantes que azotan a Colombia no es nueva. Alguno me preguntará qué tienen que ver las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia con el Ejército de Liberación Nacional. El más aventurado me criticará y me dirá que las FARC firmaron unos acuerdos de paz y el ELN no.

Lo siento, todavía me pregunto si esos tratados sirvieron o sirven de algo, porque tengo la costumbre de no creerle nada a la gente que no tiene principios ni moral y que trafica con drogas, recluta niños y mata por gusto. Como diría un amigo mío: con esa gente ni a misa. Por eso meto en el mismo saco a las FARC y al ELN, son caimanes del mismo caño que juraron hace mucho tiempo defender la revolución bolivariana con sus armas si hacía falta.

II

Da la casualidad de que atraparon a un alto jefe del ELN en territorio venezolano. El señor “Garganta” de repente estaba veraneando a este lado del Arauca vibrador cuando le llegaron unos guardias nacionales ignaros que no sabían quién era y precisamente por eso lo atraparon.

La respuesta de los sanguinarios fue directa y concisa. No mediaron carticas ni llamadas a Miraflores. Puro plomo. Eso no quiere decir que las explicaciones y las excusas no hayan encontrado destinatario en Caracas luego del incidente. Quizás me estoy dejando llevar por la fantasía, y reconozco que son especulaciones mías, pero por algo escribo género de opinión, esto no es un reportaje. Puedo dejarme llevar por mi intuición al afirmar que alguno de allá debió llamar a alguno de aquí y ofrecer “disculpas” por lo ocurrido. Pero eso no devuelve a la vida a los tres soldados muertos.

III

Comunicaciones entre guerrilleros y presidentes, plomo para los soldaditos, afirmaciones cínicas como “no toleraremos grupos paramilitares en nuestro territorio” y demás. Todo ese escándalo, toda esa podredumbre, todas esas mentiras no se comparan con el horror de escuchar en la radio que cinco niños fallecieron en el hospital Luis Razetti de Barinas porque en el centro de salud no había oxígeno.

¿Qué culpa tenían esos pobres bebés de que el desgobierno ande más pendiente del negocio de la narcoguerrilla que de hacer su trabajo? Ninguna. Pero ese es el realismo macabro que nos arropa como una nube negra desde que el comandante muerto llegó al poder. Y no me venga nadie a decir que esto es solo culpa del heredero.

A ninguno le interesó ni le interesa lo que padece la gente. Son ocho almas que se han ido al cielo, ocho muertes que se suman a los cientos que ha provocado la peste roja.