Opinión

¡Fillon a Miraflores!

Héctor Faúndez

En una de sus clases en la Universidad de Harvard, Clarence Clyde Ferguson, que en la primera mitad de los años setenta había sido embajador de Estados Unidos en Uganda, contaba que, cuando fue a presentar sus cartas credenciales, el dictador Idi Amin le pidió que le dijera qué era eso del Watergate. Cuando Ferguson le explicó que el presidente Nixon había hecho colocar micrófonos ocultos para escuchar lo que se decía en la sede de la conferencia del Partido Demócrata, Amin puso cara de sorpresa y le preguntó: “¿Y eso qué? ¡Si yo no le pusiera micrófonos a los dirigentes de la oposición ya estaría fuera del poder!”.

A escasas semanas de las elecciones presidenciales francesas, François Fillon, el candidato presidencial de la derecha francesa, se debate entre ser relevado o enfrentarse a una derrota segura. Lo que, probablemente, ha causado el fin de su carrera política es el escándalo con los datos que han salido a la luz pública sobre el contrato (¡y el sueldo!) de su esposa como asesora parlamentaria suya. Lo cierto es que muchos venezolanos están perplejos, y no logran comprender qué es lo que les molesta a los franceses. ¿Será el hecho de haberlo negado inicialmente? ¿Será el nepotismo, la corrupción, o ambos?

Si Fillon hubiera sido vicepresidente de Venezuela, lo hubiera tenido fácil. De inmediato, el gobierno hubiera salido en su defensa, denunciando esto como otra canallada del imperio. ¡Fillon no hubiera tenido que dar explicaciones, y no habría medios capaces de insistir sobre el tema!

Para nosotros, esto no pasa de ser una anécdota. Si lo que se objeta es el nepotismo, Cilia Flores, Rafael Ramírez, las damas del CNE, o tantos otros, deben estar desconcertados. Eso, en Venezuela, se ha convertido en una práctica absolutamente normal, que da derecho a obtener un empleo no solo al cónyuge y los hijos, sino a la suegra, los primos, los sobrinos, los yernos, los cuñados y, si es necesario, incluso a la vecina. Venezuela está llena de figuras que, con tanto o menos poder que Fillon, han llenado la administración pública con sus familiares y, sin embargo, no hay tanto alboroto.

Tal vez hay que ver este asunto como un caso de corrupción, pues, a pesar de tener un contrato y de haber cobrado sumas considerables, no hay indicios de que, alguna vez, la señora Fillon haya trabajado para la Asamblea Nacional francesa, o que siquiera se haya acercado por allí. Pero, para los venezolanos, esta tampoco es una explicación convincente. No se trata de determinar si quienes tienen un cargo público deben asistir al trabajo, lo cual tampoco parece ser motivo de preocupación, pues los funcionarios públicos venezolanos tienen la obligación de asistir, por lo menos, a las marchas o manifestaciones del chavismo y, por supuesto, a escuchar los discursos del prócer de Miraflores.

Para uno de los países campeones en corrupción, con una Contraloría que cierra los ojos, y con el fantasma de Odebrecht (de las plantas eléctricas, de Antonini Wilson, de Andrade, de Ramírez, y de tantos y tantos otros casos) paseándose por las calles de Venezuela, ¿cómo escandalizarnos por un pequeño asunto que ni siquiera llega al millón de dólares? ¡Que no sean ridículos los franceses! El señor Fillon es un amateur comparado con nuestros “hombres nuevos”.

Sin duda, la sorpresa de los venezolanos ante el caso Fillon debe ser similar a la de Idi Amin cuando se enteró de los entretelones del caso Watergate. Para nosotros, es algo tan incomprensible que nos atrevemos a sugerir a Fillon presentarse como candidato presidencial en Venezuela, o hacer una pasantía en Pdvsa o en el Banco Central, ¡Nos ahorraríamos una fortuna! Mientras tanto, los franceses deberían mirar los informes anuales de Transparencia Venezuela para enterarse de qué es corrupción.