Opinión

Exploraciones geopolíticas (5): sobre el terrorismo

Aníbal Romero

Exploraré el tema del terrorismo desde diversos ángulos: el problema del fin político de la guerra, el tema del heroísmo, la reacción de las sociedades afectadas y la cuestión de la verdad en política. Como es sabido, la mayoría decisiva de los ataques terroristas en nuestro tiempo provienen del islamismo, o así lo proclaman, y sobre ellos me focalizaré.

Si seguimos a Clausewitz y definimos el fin político de una guerra como aquello que se intenta lograr con la guerra, encontraremos de inmediato severas dificultades para esclarecer cuál es el fin político de los terroristas islamistas, así como el de quienes procuran derrotarles. La lectura en Internet de documentos emitidos por algunas de las organizaciones terroristas, en la medida que sean creíbles, no ayuda demasiado. Podría deducirse que el fin político del islamismo radical es la creación de un islam unido políticamente bajo un nuevo califato sujeto a estrictas leyes religiosas, y la paralela destrucción de lo que algunos nostálgicos todavía denominan la “civilización occidental-cristiana”. No obstante, tales propósitos pecan de abstracción y lucen utópicos. Por otra parte, tampoco en Occidente pareciera existir aceptable claridad en torno al fin político de la guerra contra el terrorismo, pues para empezar los políticos occidentales, en general, no se atreven siquiera a identificar al enemigo.

En otra ocasión hace unos años argumenté que dadas las dificultades para definir un claro fin político en la “guerra contra el terrorismo”, era preferible concentrarse en evitar un ataque con armas de destrucción masiva, conformarse con ello, que no es poca cosa, y resignarse a que los esporádicos ataques con métodos convencionales que seguimos viendo en ciudades de Europa, y menos frecuentemente de Estados Unidos, estarán con nosotros por mucho tiempo. Tal opción, sin embargo, es teóricamente insatisfactoria ya que más bien se refiere a objetivos militares; es además inaceptable en la práctica, pues los políticos no estarían dispuestos a admitirla públicamente. De paso, importa precisar que los ataques con métodos convencionales podrían, si se multiplican en número y abarcan simultáneamente varias ciudades y países, generar un “efecto avalancha” y alcanzar un fin político más concreto y no menos atractivo para los terroristas que sus sueños de un califato universal aunado a la liquidación de Occidente.

Para explicar mejor el punto, es útil destacar una consideración hecha por Simone Weil en su extraordinario estudio La Ilíada, o el poema de la fuerza. Esta lúcida pensadora escribe que existe una fuerza que mata, pero además hay otra que no mata todavía, es decir, una fuerza que seguramente matará, o posiblemente lo hará, o tal vez meramente amenazará, tensa y afilada como una espada sobre la cabeza de “la criatura a la que puede matar en cualquier momento, lo que quiere decir en todo momento”. Su efecto en cualquier caso es el mismo: “Convertir a la posible víctima en piedra”, o en otras palabras, “transformar al ser humano en una cosa aun estando vivo”.

Para el terrorismo islamista un fin político aceptable sería convertir a las sociedades occidentales y a sus ciudadanos en piedras, o en otros términos inmovilizarles. Para esto no sería indispensable usar armas de destrucción masiva sino coordinar ataques con métodos convencionales (no nucleares, ni químicos o biológicos), que deberían ser numerosos y simultáneos y tal vez con fórmulas destructivas o de intimidación innovadoras, ocurriendo en diversos puntos geográficos con gran impacto. Es suficiente imaginar algo así para caer en cuenta de que o bien los servicios de inteligencia y policía de Occidente han sido hasta ahora bastante eficaces, lo que por lo demás es factible, o bien que los núcleos terroristas carecen, en realidad y por fortuna, de las capacidades de acción conjunta y múltiple que a veces se les atribuyen en la cada día más escandalosa, desconfiable y extraviada prensa europea y estadounidense.

Otro aspecto que merece atención y es poco discutido tiene que ver con el carácter antiheroico de la guerra terrorista, por parte de ambos bandos. No estoy argumentando que la guerra terrorista (y antiterrorista) no es heroica, pues hace tiempo que las guerras, en general, perdieron los rasgos que, por ejemplo, podemos constatar en obras de ficción como La Ilíada, o en testimonios modernos como los que leemos en el estupendo libro de T. E. Lawrence, “de Arabia”, titulado Los siete pilares de la sabiduría, en el que relata sus experiencias durante la guerra de los árabes contra el imperio Otomano, en tiempos de la Primera Guerra Mundial. Lo que digo es que la guerra terrorista es antiheroica, que toda “virtud guerrera” desaparece casi que por definición de una guerra en la cual, del lado de los terroristas, los inocentes son deliberadamente identificados como los blancos a ser destruidos, y del lado antiterrorista en no poca medida se lleva a cabo por medio de drones, lanzados desde miles de kilómetros de distancia y dirigidos mediante computadoras.

No niego que de vez en cuando tengan lugar actos de heroísmo individual en la guerra terrorista, pero su naturaleza es en sustancia ajena a tal tipología heroica. Cuando Simone Weil escribía que “la fuerza es tan despiadada contra el que la posee, o cree que la posee, como contra sus víctimas; a las segunda las aplasta, a los primeros las intoxica”, atinó, quizás sin advertirlo, en definir elementos de la guerra terrorista: las víctimas que han sido recientemente aplastadas por automóviles o camiones en Londres y antes en Niza perecieron a manos de espíritus intoxicados de fanatismo.

La reacción ante los ataques terroristas en las sociedades avanzadas se ha hecho muy predecible. Ocurrido un atentado los gobiernos y la policía a su mando procuran, en lo posible, negar que pueda tratarse de un acto enraizado en el radicalismo islamista. En segundo lugar, la información acerca de los ejecutores tarda demasiado en aparecer, con esfuerzos evidentes para acusar a los responsables de insania mental, desviando la atención del tema ideológico-religioso. En tercer lugar, políticos y jefes policiales se apresuran en asegurar que dichos atentados “nada tienen que ver con el islam, que es una religión de paz”. En cuarto lugar, tanto la prensa como parte del público realizan actos de remembranza y solidaridad por los fallecidos, que se distinguen cada vez más por poner de manifiesto un sentimentalismo tan palpable como históricamente novedoso, al menos en algunos casos. Tendemos a perder de vista que estas efusiones de tristeza y dolor colectivo son diferentes de otros casos históricos en nuestra propia civilización. Los ritos de remembranza, hasta un pasado no tan lejano, tenían una sobriedad que hoy desaparece, barrida por unos medios de comunicación que alientan al público a exhibir sus emociones de modos que habrían parecido poco dignos a los griegos de Pericles, o a los romanos de César y Augusto, alcanzando también momentos y episodios más cercanos a nosotros. Los tiempos y los seres humanos ciertamente hemos cambiado, y mucho.

Resulta complicado determinar qué significa el creciente predominio de este sentimentalismo sin frenos en las sociedades occidentales. No dudo que puede articularse un argumento a favor del mismo, sosteniendo que dichas efusiones emocionales revelan un compromiso humanitario. Por otra parte, cabe imaginar cómo interpretan los terroristas este camino de sociedades opulentas, hedonistas y cada día más reacias a admitir cualquier tipo de sacrificio. En estos ritos funerarios posmodernos los enemigos que causan la muerte, muchas veces atroz, de los rememorados nunca son debidamente repudiados; no existen, desaparecen, son entes abstractos protegidos por la corrección política de los propios gobiernos cuyos ciudadanos han sido masacrados. Todo esto, cabe insistir en ello, es algo novedoso en la historia de Occidente. ¿Es un síntoma de progreso civilizatorio o la patética evidencia de un continuo rumbo de debilitamiento espiritual?

Lo cierto es que los políticos en las democracias occidentales, casi siempre tentados a evadir los problemas, minimizarlos, enredarlos, postergarlos o enterrarlos bajo tierra si les es posible, han hecho de la “noble mentira” platónica (analizada en La república) un verdadero arte. Al evitar por todos los medios identificar con claridad los orígenes y propósitos del terrorismo islamista, los políticos occidentales intentan apaciguar a las inmensas comunidades islámicas establecidas en sus países, como ocurre en el Reino Unido, Francia, Alemania, Holanda y otros sitios. Mediante esta ofuscación los políticos dificultan la identificación del enemigo, y lo que es quizá peor, dejan de atribuir responsabilidades y restan estímulos para que esas comunidades contribuyan a denunciar y combatir a los radicales en su seno. Al fin y al cabo, si los dirigentes políticos niegan que la radicalización islamista se encuentre detrás de gran número de ataques terroristas, ¿para qué ocuparse de denunciar presuntos sospechosos de fanatismo?

La guerra contra el terrorismo es también una guerra de inteligencia, es decir, de recolección, procesamiento y uso de información a tiempo, de modo de anticiparse a los ataques, prevenirlos, abortarlos y conjurarlos antes de que se concreten. En tal sentido cabe conjeturar que los servicios de inteligencia occidentales han sido capaces, por habilidad, suerte, o ambas cosas, de detener a tiempo muchos más ataques potenciales de los que en efecto han tenido lugar. En este orden de ideas, leí hace poco un reportaje según el cual tan solo en el Reino Unido, y desde el año 2001, unas 500 iglesias cristianas de distintas denominaciones han sido convertidas en espacios para viviendas privadas; a la vez, han sido construidas más de 400 mezquitas. Son cifras que mueven a la reflexión.

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