Opinión

Exploraciones geopolíticas (VI): la racionalidad de la locura

Aníbal Romero

El destacado analista político israelí Yehezkel Dror, conocido por sus estudios sobre estrategia, geopolítica y relaciones internacionales, publicó en 1980 un libro de particular originalidad e interés, titulado Crazy States o “Estados locos”. Según Dror, tales “Estados locos” presentan cinco atributos principales: 1) Promueven metas agresivas dañinas a otros. 2) Despliegan un compromiso radical con dichas metas. 3) Exhiben un palpable sentido de superioridad moral sobre el resto de actores políticos, a pesar de su perenne disposición a violar normas y usar cualquier medio para alcanzar sus propósitos. 4) A pesar de su “locura” muestran en ocasiones gran destreza para seleccionar y usar instrumentos racionales y métodos lógicos para lograr sus metas. 5) Poseen suficientes capacidades de acción externa para avanzar hacia sus objetivos.

Cuando apareció el libro de Dror, el más notorio candidato para alcanzar la categoría de Crazy State era Irán, pero es claro que en nuestros días Irán ha sido parcialmente destronado por Corea del Norte y su pintoresco pero siniestro líder supremo, el siempre risueño y mortalmente peligroso Kim Jong-un.

La tesis clave de Dror con respecto a la presunta locura de los “Estados locos” es que en realidad no están locos. O, dicho de otra manera, aunque es posible que en ocasiones parezcan locos, sus actitudes demenciales están, para expresarlo de esta forma, bien administradas. En otras palabras, la aparente locura de los Crazy States es muchas veces empleada como una herramienta para intimidar, atemorizar, descolocar y confundir al adversario, cohibiéndole, arrinconándole y conduciéndole al punto donde se le quiere ver plantado.

Tal punto no es otro que el siguiente: la víctima de un “Estado loco” prefiere admitir el avance del adversario antes que correr el riesgo efectivo de resistirle, y quizás pagar unos costos que siempre van a lucir desproporcionados con relación a cualquier otra alternativa. Esto último ha sido de manera evidente el caso de Washington con respecto a Corea del Norte durante mucho tiempo. Ahora bien, las cosas podrían estar cambiando, pues si bien los Estados Unidos no se ha convertido en un Crazy State, ni ello va a ocurrir, llegó a la Presidencia un individuo que, por lo que puede observarse, está dispuesto a hacer dos cosas: 1) Restaurar el poder disuasivo del inmenso poderío militar estadounidense. 2) Proyectar una imagen imprevisible que complique y confunda los cálculos de Kim y los militares norcoreanos, entre otros adversarios, multiplicando opciones y escenarios sobre un tablero de ajedrez más exigente y, no cabe duda, también lleno de riesgos.

Antes de proseguir con el caso de Corea del Norte y la situación actual, importa responder tres preguntas previas vinculadas al tema de la disuasión: 1) ¿Por qué Bashar al-Assad, seguramente con el conocimiento de su socio Vladimir Putin, se atrevió a usar armas químicas contra la población civil en Siria hace pocas semanas? 2) ¿Por qué Trump decidió castigar al Presidente sirio con 59 misiles “Crucero”, que demolieron una de sus bases aéreas? 3) ¿Qué es la disuasión y cómo se obtiene?

Assad usó armas químicas pues pensó, con no pocas razones, que se saldría con la suya sin pagar costo alguno, político o militar. Y lo consideró de ese modo pues Barack Obama le permitió violar impunemente la llamada “línea roja”, que el propio Presidente estadounidense había establecido en 2012, advirtiendo a Assad que no la cruzase. Sólo que ese mismo año, haciendo caso omiso a las advertencias del despistado Obama, Assad lanzó otro ataque químico que mató a centenares de sus propios ciudadanos, y no pasó nada. Obama quedó como entonces un monigote y la lección fue pronto asimilada alrededor del mundo: Washington no tiene credibilidad. 

Los misiles de Trump contra la base aérea de Assad tuvieron, por supuesto, un objetivo político: comenzar el difícil y riesgoso, pero a la vez necesario proceso de restaurar la capacidad disuasiva de Estados Unidos alrededor del mundo, luego de años de políticas blandas, miopes, apaciguadoras y extraviadas, que han envalentonado a todos los enemigos de Washington, desde Rusia a China pasando por Irán, Corea del Norte, Cuba y los atolondrados “revolucionarios” que día a día acaban con Venezuela y la entregan a cubanos, rusos y chinos, en las propias narices del mal denominado “Imperio”.

¿De qué hablamos al mencionar la disuasión? Sencillamente de la capacidad de que “nuestras” amenazas resulten creíbles ante los adversarios, inhibiéndoles de cruzar “nuestras” líneas rojas. ¿Y cómo se obtiene la capacidad disuasiva? No mediante al amor, sino mediante el miedo.

Obama se benefició de una prensa doméstica e internacional incapaz de criticarle a fondo, a pesar de sus múltiples desatinos y de haber deteriorado severamente el poder disuasivo de su país en el mundo. El intocable Obama, contraviniendo de manera radical el consejo de Maquiavelo, prefirió con creces ser amado a ser temido y optó por sumergirse en un océano de ciega adulación e inabarcable vanidad. ¿El resultado? China, Rusia, Irán, Corea del Norte, Cuba y Venezuela, entre otros, perdieron sus miedos sobre la voluntad estadounidense para defender sus compromisos e intereses, es decir, sobre la aptitud de Washington para conectar sus palabras y sus actos.

Retornando a Corea del Norte: El problema que se deriva del deterioro de la disuasión, es decir, del quiebre en la credibilidad de un gran poder como Estados Unidos, es que su recuperación exige actitudes firmes que han dejado de ser predecibles, precisamente porque fueron abandonadas en el camino. De allí que Assad y Putin, y el mundo entero, hayan sido tomados tan por sorpresa ante el impacto de los misiles de Trump, y de allí que la crisis en la península coreana haya descuadrado todas las expectativas de un mundo que, bajo la presuntuosa conducción de Barack Obama, había olvidado las duras verdades de la política internacional. Pues los que hoy cuestionan a Trump lo que solicitan, en realidad, es su pasividad, olvidando que la pasividad no es gratuita y tiene sus costos, a veces muy elevados. La pasividad y el apaciguamiento no pueden convertirse en principios de la política exterior de una gran potencia, con tantas responsabilidades e intereses como los que tiene Estados Unidos, a menos que se quiera llegar donde hoy estamos gracias al legado de Obama. 

Desde luego, tampoco el otro extremo, el de un “Estado loco”, es en absoluto aconsejable. Por ello Trump tiene entre sus manos un muy difícil desafío. Ignoro si será capaz de adelantarlo con éxito, pero me gustaría que así fuese, pues la alternativa de la pasividad y el apaciguamiento debe ser descartada. La política de retirada estratégica no debería continuar. Lo que se requiere es un Washington activo, con prioridades claras y a la vez cauteloso, que mida sus pasos con la voluntad de restablecer su capacidad disuasiva alrededor del mundo.

En tal sentido, no debemos perder de vista que con sus acciones, hasta ahora, Trump está logrando una meta relevante, que consiste en obligar a diversos actores como Pekín, Moscú, Damasco, Teherán y Pyongyang (Corea del Norte) a asumir sus responsabilidades y correr con los costos de las mismas. Los chinos, por ejemplo, tienen años usando al “Estado loco” Norcoreano como un instrumento de coacción y chantaje frente a Estados Unidos; de un lado facilitan la continuidad y profundización de la demencial tiranía de los Kim, y del otro se hacen los ciegos y sordos ante la insensatez e insoportables amenazas de su socio. Ha llegado la hora de que Beijing actúe con eficacia para presionar a Kim y a los militares norcoreanos, cuyo afán de proveerse de armas nucleares y misiles intercontinentales, de no ser detenido a tiempo, colocará al mundo entero frente a un terrible abismo. Lo mismo, en otras zonas, se aplica a Putin, en especial en el polvorín sirio y del Medio Oriente en general.

Ya veremos quiénes están de veras locos. Yo no creo que Kim Jong-un lo esté, sino que se hace el loco. Pero desde luego, nadie puede estar seguro. Por ello la credibilidad, que sustenta la disuasión, es un bien muy preciado que una vez perdido resulta en extremo difícil recobrar. Se me ocurre que en eso andan Trump y sus asesores. Les deseo la mejor suerte. Pienso que ello le conviene a Occidente, no sólo a Estados Unidos, y que los críticos a ultranza, que parecieran estar apostando al fracaso de Trump, no tienen claro lo que arriesgan al permitir que sus emociones les extravíen.

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