Opinión

Exploraciones geopolíticas (3): la paradoja rusa

Aníbal Romero

Winston Churchill afirmó una vez que “Rusia es un acertijo envuelto en un misterio dentro de un enigma”. No me atrevo a dudar de su sabiduría. Sin embargo, creo que existen algunas pistas que nos permiten entender elementos centrales de la conducta internacional de Rusia. Las sintetizaré con base en tres términos: historia, humillación y orgullo.

Si no recuerdo mal, fue Henry Kissinger quien dijo que “la historia es la memoria de los pueblos”. De ser tal el caso, es evidente que la memoria rusa es larga y alberga algunos episodios que la marcan férrea y hondamente. Dos en particular se destacan: las invasiones de Napoleón en 1812 y del formidable aparato militar de Hitler en 1941. La primera produjo una horrible carnicería; la segunda fue un infierno en el que perecieron, según algunos estudiosos del tema, alrededor de 20 millones de ciudadanos rusos entre soldados y civiles. Otros consideran que fueron más, quizá muchos más.

Estas invasiones provinieron de Europa, y constituyen factor esencial para entender la obsesión de los estrategas rusos, durante los tiempos de la Guerra Fría y hasta el día de hoy, por garantizar que su país preserve una zona de seguridad, un espacio, un “colchón protector” que separe a la Rusia europea y los centros vitales de Moscú y San Petersburgo de enemigos potenciales, que contemplen atacar de nuevo a Rusia en su flanco occidental. A objeto de conjurar dicha amenaza, y entre 1945 y el desmantelamiento del Pacto de Varsovia en Europa Oriental, Rusia (o la Unión Soviética de entonces) dedicó inmensos recursos para sostener ese “colchón” de seguridad y defenderlo.

Ahora bien, y así ocurre en ocasiones en la historia, de su condición imperial Rusia pasó con inusitada rapidez a la humillación. La misma tuvo que ver tanto con el ignominioso derrumbe de la URSS y sus dominios en Europa como también con la expansión de la OTAN hacia el este, hasta alcanzar la propia vecindad de lo que otrora se consideraban zonas de importancia estratégica vital para la defensa del país.

Al respecto cabe señalar lo siguiente. En primer lugar, esa expansión de la OTAN comenzó en los tiempos en que Boris Yeltsin gobernaba Rusia, e incluyó en su fase inicial a Polonia, Hungría y la República Checa. Existen indicios que sugieren que los poderes occidentales, encabezados por Washington, habían ofrecido o al menos insinuado a Yeltsin que la OTAN no se expandirá de la forma y con la velocidad que lo hizo. Pero no contentos con romper promesas, y descartando sin contemplaciones posibles arreglos que no infligiesen sobre Rusia el tipo de vejaciones que traen como resultado una insatisfacción congénita, la OTAN incluyó en su segunda fase expansiva a los países bálticos, que habían formado parte de la URSS propiamente dicha. Y como si todo lo mencionado fuese poco, los ambiciosos estrategas del Pentágono acariciaron también el proyecto de incorporar a Ucrania y Georgia en la OTAN. Pocos recordaron en ese momento, por ejemplo, que el inefable José Stalin había nacido en la aldea de Gori, Georgia, en 1879, y no es fácil hallar un personaje más ruso en ciertos aspectos que el “padrecito” Stalin.

En segundo lugar, la expansión de la OTAN, que a mi manera de ver las cosas avanzó de manera imprudente y sin sentido de las proporciones (en este caso, sentido de la historia), se conjugó con el avasallante intento de transformar a Rusia de la noche a la mañana en ejemplar democracia capitalista, en medio de una orgía de privatizaciones indiscriminadas, de descoyuntamientos y dislocaciones que dejaron a Rusia y los rusos no solo desesperanzados, sino como ya apunté, totalmente humillados. De estas terribles experiencias surgió Vladimir Putin.

Putin encarna y expresa la paradoja rusa. ¿A qué me refiero? Otra frase es capaz de ilustrarlo, en este caso atribuida entre otros a Talleyrand, Metternich y Churchill: “Rusia nunca es tan fuerte como quisiera ser, ni tan débil como algunos creen que es”. La paradoja rusa en su versión actual es que es ciertos terrenos es muy débil, pero, sin embargo, logra proyectar un poder que pareciera desbordar sus verdaderas capacidades.

Me explico: en el terreno económico, que no pocos interpretan como la base de todo lo demás, el PIB de Estados Unidos es unas 13 veces superior al de Rusia. El PIB de China, de su parte, supera alrededor de 8 veces al ruso. Desde esta perspectiva Rusia podría ser clasificada como un poder medio, en el rango de países como Corea del Sur y México. Las disparidades económicas entre Rusia y países como Estados Unidos y China se han acrecentado estos pasados años, debido entre otras razones a la caída de los precios del petróleo y del gas, y a las sanciones impuestas por Occidente a raíz de la anexión de Crimea y la intervención en Ucrania, ejecutadas por Putin. No obstante, todos percibimos sin dificultad que los números de la economía son solamente un elemento de una ecuación bastante más compleja.

Ello es así, pues, como han enfatizado distinguidos pensadores políticos como Manuel García-Pelayo y Juan Carlos Rey, entre otros, el poder no son “cosas” (como por ejemplo toneladas de acero, redes informáticas, tanques y aviones de combate, etc.); el poder es una relación entre actores políticos en la cual pueden o no intervenir cosas. Por esto se habla de “poder espiritual”, como el que, debido a su autoridad así asumida por millones, ejerce el Papa sobre los creyentes católicos, o el Dalai Lama sobre numerosos seguidores, para solo citar dos casos.

En lo que se refiere a Rusia, además de las “cosas” que forman parte de su poder, es decir, de su relación con otros actores políticos, “cosas” traducidas en miles de armas nucleares y un aparato militar que sería suicida subestimar; además de todo ello, repito, el actual poder de Rusia tiene mucho que ver con la persona misma de Putin, con sus cualidades como jefe de una gran nación histórica, que en medida no deleznable sustituye las deficiencias de su economía y tecnología por la voluntad, la energía y el orgullo. En otras palabras, para evaluar lo que los marxistas dan en llamar la “correlación de fuerzas” en el plano geopolítico contemporáneo, es necesario tomar en cuenta factores cuantitativos y cualitativos, constatación que de modo especial se aplica a Rusia debido a las características de su principal conductor político, quien ha mostrado ser un diestro maestro de la táctica y un perceptivo analista de las debilidades y vulnerabilidades de sus adversarios.

¿Qué busca Putin? Algunos comentaristas sostienen que Putin intenta restaurar el Imperio ruso, en líneas generales según los parámetros existentes en tiempos soviéticos. Yo no lo creo así. Mi percepción del asunto es que Putin busca seguridad y reconocimiento, pero no una seguridad “absoluta”, lo que le convertiría en un actor revolucionario sin sentido de los límites. La ecuación: historia, humillación y orgullo más bien apunta, a mi parecer, a una conducta que será audaz en la medida en que le obliguen a ello, pero cautelosa en la medida en que la estructura de incentivos y castigos, beneficios y costos, esté clara.

En tal sentido, me parece positiva, hasta ahora, la actitud conciliadora de Trump hacia Putin, y no me perturban las advertencias del presidente estadounidense a sus aliados en la OTAN, sobre la necesidad de que asuman sus responsabilidades en la defensa común firmando los indispensables cheques que la tarea reclama. Todo esto sin perder de vista que, hasta lo que logro ver, la actitud de Trump se vincula con el propósito de alcanzar una más ventajosa posición negociadora frente a China. Es obvio: acercarse a Rusia inquietará a los chinos, como en su momento Nixon y Kissinger inquietaron a los rusos mediante su “movida” hacia Beijing.

Ya las imprudentes decisiones de la OTAN están allí y no parecen reversibles. Pero ello no implica que Washington deba continuar con una política que desconozca y desprecie los legítimos intereses de seguridad de Moscú. El nuevo contexto de poder mundial que comienza a perfilarse está basado sobre el realismo político, sobre una Realpolitik asumida de manera más clara y menos hipócrita. Las sinuosidades, evasiones, ingenuidades y puerilidad que caracterizaron los tiempos de Obama han concluido. No se trata de que Washington y Moscú vayan ahora a sellar una alianza. No creo que ello ocurra. Pero sí es posible que encuentren puntos de coincidencia que disminuyan los riesgos de más intensas confrontaciones.

Desde luego, sería iluso confiar en que los reacomodos que vivimos y se avecinan avancen sin tensiones. Los intereses de Estados Unidos y Rusia difieren en torno a no pocas cuestiones. Por el contrario, y no me cansaré de decirlo, el marco internacional está cambiando aceleradamente y el manejo de los conflictos, la tramitación de intereses en pugna y la búsqueda de zonas de acuerdo se complicarán de modo significativo. No es aconsejable engañarse al respecto.

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