Opinión

Exploraciones geopolíticas (2): nostalgia del imperio

Aníbal Romero

Según lo que leemos estos días en la prensa internacional, lo único peor a la existencia del Imperio estadounidense es su ausencia. Numerosos comentaristas expresan sus lamentos, anunciándonos la cercanía del apocalipsis. Entretanto, otros hacen gala de sus destrezas analíticas comparando al nuevo Presidente de los Estados Unidos con el mismísimo Hitler. Uno podría con facilidad creer que la democracia norteamericana, cuya Constitución se ha sostenido por más de dos siglos, cayó en las garras de un tirano que gobernará a su antojo. La ignorancia y la histeria campean sin límites.

A los nostálgicos del Imperio, en particular a los europeos, les acosa el miedo a que Washington les exija de una vez por todas a ponerse pantalones largos, dejar atrás los lloriqueos infantiles, y desembolsar por su defensa las cantidades mínimas acordadas en los vigentes tratados de la OTAN. Tal responsabilidad, por cierto, sólo es cumplida por el Reino Unido, Polonia, Estonia y Grecia. El resto, mal que bien, sigue intentando ubicarse sin tantas incomodidades bajo el paraguas protector del compulsivamente generoso Tío Sam.

Lo bueno de Trump es que está sacudiendo a un mundo plagado de evasiones e hipocresía. Lo malo es que su estilo no ayuda en demasía.

¿Existe un serio problema de inmigración ilegal en Estados Unidos? Todos sabemos que es así. ¿Existe una grave amenaza terrorista? También lo sabemos. ¿Hay un desbalance comercial entre Estados Unidos, China, y México, que demanda severa atención? Me parece que es patente. ¿Tiene sentido buscar camorra con Rusia, o es preferible en lo posible hallar vías de cooperación sobre temas puntuales? Suena bien.

Entre 1941, año del ataque a Pearl Harbor, y 2015, unos 379.136 soldados estadounidenses habían perdido sus vidas en guerras y conflictos, destinados a sostener ese “orden internacional liberal” que hoy agoniza ante nuestros ojos. A la vez, para el año 2015 se contabilizaban en Estados Unidos alrededor de 44 millones de ciudadanos que viven en situación de pobreza. Seguramente hoy son más.

¿Tiene sentido para Estados Unidos proseguir el mismo camino que condujo a que Hillary Clinton, apoyada por la totalidad del establishment político, por Wall Street, por el 95% de los canales de TV y periódicos, y gastando en la campaña cuatro o cinco veces más dinero que su contrincante, perdiese las elecciones ante un outsider llamado Donald Trump, precisamente porque es un outsider?

El impacto de lo ocurrido no ha podido ser asimilado aún por los que vieron frustradas todas sus expectativas, y los signos indican que jamás lo lograrán. No recuerdo haber visto manifestaciones de mujeres indignadas por el tratamiento que Bill Clinton dio en su momento a su esposa. Miles de británicos han salido a las calles a pronunciarse contra Trump, pero no guardo en la memoria que hayan hecho algo igual para repudiar las decapitaciones que el ISIS ha llevado a cabo contra varios de sus conciudadanos, mostrándolas después en internet. Tampoco recuerdo haber contemplado protestas por las medidas de control a inmigrantes iraquíes que introdujo Barack Obama, o iraníes en el caso de Jimmy Carter.

He leído con suma atención la orden ejecutiva emitida hace pocos días por Trump, estableciendo por un período definido mayores controles y restricciones a los inmigrantes de siete países, que representan riesgos especiales de seguridad para Estados Unidos. Según entiendo, la orden es constitucional, es decir, se ubica en el marco de los poderes legales del Presidente. No se encuentran en ella referencias a religiones, aunque ciertamente, los países por ahora afectados son de mayoría musulmana. ¿Y es acaso esto sorprendente? La orden está basada en amenazas a la seguridad ya caracterizadas bajo el mandato de Obama. Y por todo lo que se ha explicado, no resulta en modo alguno distorsionante afirmar que se trata de una medida de seguridad y no de un gesto xenofóbico.

¿Entonces, por qué la histeria? ¿Es acaso el heterodoxo peinado de Trump lo que suscita la ira delirante de tantos? ¿La chillona corbata roja que siempre luce? ¿Su dinero y cuestionables preferencias estéticas en la escogencia de mobiliario para sus residencias y aviones? Estas interrogantes me intrigan, y sé que para algunos tales rasgos estéticos son de sumo interés. He llegado a la conclusión de que estamos ante un fenómeno que requiere más que un análisis politológico, y que puede alcanzar los terrenos de la psiquiatría.

Como argumenté en otro artículo, Trump es un efecto, no una causa. Su presencia misma en la Casa Blanca es la prueba inequívoca de que las certidumbres del pasado habían llegado a su fin. Y tengo la impresión de que millones han hallado finalmente en Trump la encarnación de su profundo anti-yanquismo.

Algunas encuestas que he leído sugieren que las medidas sobre inmigración de Trump tienen apoyo mayoritario entre la ciudadanía. Con esto no pretendo argumentar que lo que en un momento la mayoría apoya es por definición bueno o positivo. Lo señalo para poner de manifiesto la persistencia de una peligrosa brecha entre las élites estadounidenses, y en general las élites internacionales, y una parte importante del pueblo norteamericano, que está pensando en direcciones distintas a las que señala la agobiante “corrección política”, ideología que penetra hasta los tuétanos el ethos de los grandes medios comunicacionales. Esta brecha lejos de disminuir va a crecer, con consecuencias impredecibles pero seguramente negativas en diversos sentidos.

Como sugerí antes, el fin del Imperio americano, que ocurrió antes de Trump, suscita ahora la nostalgia esquizoide de muchos, que detestaban a los Estados Unidos y cuando podían vociferaban en su contra, pero hoy empiezan a extrañar la salida de escena de esa figura paternal, o, más bien, la de un tío (Sam), que se metía en todos los líos, peleas y embrollos y con ello logró infligir centenares de miles de muertos entre sus ciudadanos, dejando de paso en la pobreza a 44 millones en el camino.

La esquizofrenia que recorre el mundo tiene otro aspecto. Los analistas de los principales medios de comunicación a escala mundial han declarado guerra abierta y total contra Trump. Cualquier semblanza de imparcialidad, de juicio objetivo, de intento por cubrir las noticias con balance, ha sido arrojada a la basura sin contemplaciones. Lo más extraño del asunto es que dichos comentaristas pintan a Trump, a la vez, como una especie de “super-hombre” nietzscheano, capaz por sus propios medios de acabar con la Constitución de su país y con la OTAN, de declarar la guerra a China y de hermanarse con Putin para que este último ocupe Europa; pero de otro lado, sin embargo, dibujan a Trump como un débil mental, o quizás un pleno idiota, todo lo cual termina por crear una sensación de delirio colectivo.

Es muy preocupante esta situación, para los Estados Unidos y el mundo entero. Estoy absolutamente convencido de que sectores muy poderosos en Estados Unidos, en las finanzas, la política, y los medios de comunicación tradicionales, no han aceptado ni admitirán jamás que Trump es un Presidente legítimo, que ganó una elección en el marco de lo constitucionalmente establecido y cuyos poderes y limitaciones no son distintos a los de sus predecesores. Es más, los sectores más radicales de la izquierda estadounidense están preparándose para incendiar el país, antes de conceder a Trump la posibilidad de llevar adelante las políticas que esbozó en su campaña electoral, y con base a las cuales, nos guste o no, resultó electo.

Este proceso sistemático de deslegitimación comenzó con la insistencia en que “Hillary Clinton ganó el voto popular”, argumento falaz, pues es bien sabido que las elecciones en Estados Unidos se ganan en el Colegio Electoral, y Trump hizo su campaña en función de ganar esa y no otra elección (como puede fácilmente comprobarse estudiando sus giras y los lugares donde invirtió dinero). Nadie sabe qué habría ocurrido, cuál habría sido el resultado, si la elección se hubiese realizado en función del voto popular.

Como si lo anterior fuese poco y sin aguardar mucho tiempo, medios como CNN, el New York Times y el Washington Post, presuntos baluartes de integridad informativa, se hicieron eco de un informe falso de “inteligencia”, que presuntamente y entre otros asuntos revelaba actividades  poco aconsejables de Trump, ejecutadas en una habitación de un hotel de lujo en Moscú y en compañía de varias y serviciales prostitutas rusas. La demostración de que se trataba de invenciones de poco ha servido. La conducta de los medios y de los poderes políticos y financieros que les respaldan lejos de cambiar se ha intensificado. Los efectos de todo esto sobre la democracia estadounidense son y serán terribles.

La guerra total entre un Presidente recién electo y unos medios de comunicación dedicados a destruirle a como dé lugar no augura nada bueno, y cualesquiera sean las medidas y estrategias de Trump en el plano de la política internacional, se verán erosionadas por una oposición dirigida de manera exclusiva no a criticarle, lo cual sería más que aceptable, sino a defenestrarle de cualquier modo y a cualquier precio.

Este es entonces el contexto interno en el que se desarrollará la geopolítica estos próximos años, en lo que concierne a Estados Unidos. Se trata de un marco de fuerzas encontradas, que sólo con grandes dificultades permitirá al nuevo gobierno impulsar los cambios y ajustes que reclama un panorama internacional complejo y desafiante, ajustes  y cambios que recibieron el apoyo democrático del electorado.

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