Opinión

Exploraciones geopolíticas (4): el miedo paraliza a Europa

Aníbal Romero

El siglo XVIII fue para Europa un tiempo de escepticismo, ante el acelerado derrumbe de todas las certidumbres científicas y religiosas. El siglo XIX fue uno de autoconfianza, signada por la expansión imperialista. El siglo XX fue el de la destrucción y el terror totalitario. El siglo XXI, por su parte, se perfila como el siglo del miedo. Bajo la superficie de una inmensa riqueza acumulada, de la apariencia de sociedades confortables y apacibles, en realidad avanzan corrientes desestabilizadoras que amenazan con desbordarse. El miedo de los europeos tiene diversos fundamentos, como veremos, y quizá el más relevante tiene que ver con la creciente necesidad de despertar del todo y enfrentarse al fin de los sueños. Hay despertares muy ingratos.

En su brillante ensayo político El dieciocho brumario de Luis Bonaparte (1852), Carlos Marx caracterizó la época de las revoluciones burguesas como un tiempo durante el cual las pasiones carecían de verdad, y las verdades carecían de pasión. Adaptando sus frases al tema este artículo, podría decirse que el problema de la Europa contemporánea es que está cansada de pasiones y teme a la verdad. Lo que los europeos desean es tranquilidad, aspiran que la Historia les permita preservar la ilusión de que el tiempo se detuvo. Pero la tranquilidad no es una pasión, sino su contrario. En cuanto a la verdad, la misma presenta aspectos que, por ley, los europeos pretenden ocultar. Un ejemplo reciente y patético de ello son las sanciones que el cada día más extraviado Parlamento europeo ha impuesto sobre uno de sus miembros, la señora Le Pen, por su atrevimiento al publicar imágenes de atrocidades terroristas que, en todo caso, son fácilmente accesibles en la Internet.

Para el Parlamento europeo mostrar esas imágenes  un síntoma de “islamofobia”, y por ello deben ser escondidas, pero los actos terroristas no son muestra de nada. En conclusión, la verdad debe ser barrida bajo la alfombra.

Las recientes elecciones en Holanda son otro ejemplo del miedo que acosa a Europa. La fatigosa victoria de las fuerzas del “bien” ante el señor Wilders, y el modo en que fue recibida por las atrincheradas élites en Bruselas y Estrasburgo, podría llevar a los incautos a perder de vista lo esencial. Y lo esencial no es otra cosa que hace apenas diez años, los puntos de vista del señor Wilders –de “extrema derecha”, como gusta en calificarles la prensa políticamente correcta– hubiesen sido considerados simplemente inconcebibles dentro de las complacidas sociedades de la Europa civilizada. Y sin embargo, no solo todos los partidos políticos de centro y centro-derecha se movieron en la dirección señalada por Wilders para preservar sus posiciones, cambiando de modo radical el tono y contenido del debate político, sino que la agenda toda alteró.

Igual cosa ocurre en Francia y otros países. Es bastante probable que la señora Le Pen no gane la Presidencia en Francia tampoco esta vez, pero ya ha transformado la política en el país y es posible que le esté cavando la tumba a la Quinta República.

Ahora bien, ¿qué cambios generará en Francia un gobierno anti-Le Pen surgido de una segunda vuelta electoral, respaldado con votos que van desde la extrema izquierda trotskista hasta la extrema derecha católica? Macron, Fillon, o cualquiera de ellos encabezará otro gobierno apresado por la parálisis, en tanto Francia sigue su camino de placentera decadencia, sobresaltada de tanto en tanto por otra atrocidad terrorista.

Recordemos: los votantes del señor Wilders no eran camisas pardas hitlerianos ni camisas negras de Mussolini, sino en gran medida respetables y laboriosos ciudadanos holandeses, hastiados de las mentiras de sus líderes políticos, que han permitido una incesante oleada inmigratoria que les cambia su país de hora en hora. Lo mismo se aplica a buen número de los que votarán por la señora Le Pen.

Todo esto podría ser objeto de simple y pasajera inquietud, si lográsemos vislumbrar algún propósito de enmienda entre las élites político-tecnocráticas europeas, pero lo que se observa es la terca negativa a corregir, el rechazo a cambiar, y las mismas mentiras, corrupción, evasiones e incompetencia que desde hace algunos años corroen los cimientos de una Unión que ahora vive aterrada de las consecuencias de sus desatinos. ¿Qué hacer, qué puede pasar?

El intento de dar respuesta a tales interrogantes muestra que, a veces, las soluciones planteadas pueden empeorar los problemas en lugar de resolverlos. Europa tiene razones para temer su declive demográfico. Al ritmo actual, y debido a las bajas tasas de reproducción en buen número de países, la población europea descenderá de manera dramática en pocas décadas.

Ahora bien, el intento a veces abierto y a veces velado, de parte de las élites político-tecnocráticas europeas, de afrontar el asunto mediante la inmigración masiva de personas desde el África y el Medio Oriente, bajo el manto de un irresponsable e inviable multiculturalismo, no solo está cambiando sociedades como la alemana en direcciones que la convertirán eventualmente en conjuntos humanos por completo distintos a lo que han sido históricamente, en términos étnicos y culturales, sino que también –como ya vemos– suscitan y suscitarán una oposición cada día más radical de las poblaciones nativas y originarias, que solo encuentran quien interprete de manera cabal sus sentimientos en personajes como Wilders y Le Pen, entre otros.

¿Cómo sorprenderse de la crisis de la socialdemocracia europea, del colapso de los partidos socialistas en Francia, España e Inglaterra? ¿Hasta dónde permitirán las élites europeas que avance el deterioro antes de reaccionar y atender las inquietudes legítimas de la gente común, que no disfruta de los privilegios de los burócratas europeístas ni viven de vanidad, quimeras y corrección política?

Es una vergüenza comprobar las elevadísimas tasas de desempleo juvenil en países como Italia, España y Grecia, países en los que alrededor de 40% de las nuevas generaciones carecen de trabajos productivos, sin menoscabo de países como Francia, donde si bien es cierto que la tasa es menor (25%), decenas de miles de jóvenes encuentran el horizonte cerrado y atienden con expectativa creciente, y sobradas razones, el llamado a un cambio de rumbo por parte de Marine Le Pen. Las élites europeístas, con inmensa e imperdonable ceguera, han quedado atrapadas sin salida en la jaula del euro, una moneda única levantada sobre un piso quimérico. Los bancos italianos deben entre 350 y 400 billones de euros en préstamos inviables, y solo sobreviven gracias a la prestidigitación financiera del Banco Central Europeo que les compra unos bonos equivalentes a dinero muerto, a dinero zombi, a puro humo. Entretanto, el estancamiento y declinación de los niveles de vida es patente en ese y otros países, pero nadie se atreve a confrontar el tema. El euro es una camisa de fuerza, pero las élites europeas estarán por lo visto contentas de asfixiarse dentro de ella antes de dar su brazo a torcer. Las ilusiones deben a toda costa prevalecer sobre la realidad.

El tema económico es sin duda importante, pero lo que el brexit demuestra es que no solo de pan vive el hombre. Los británicos escogieron libremente romper sus lazos con la Unión Europea por razones que tienen que ver, de modo primordial, con la preservación de su integridad social, de sus instituciones tradicionales, de su capacidad de autogobernarse democráticamente y de sostener su sistema de justicia, probado durante siglos, en lugar de someterse a los dictados de cortes supranacionales que usurpan la genuina voluntad del pueblo.

Pocos comentaristas en la prensa políticamente correcta han tenido la generosidad de reconocer la inmensa muestra de autoconfianza nacional del pueblo británico y de parte de sus dirigentes, al asumir el brexit como lo han hecho, o de esforzarse por entender las razones profundas de este acto político y sus raíces históricas.

En cuanto a las élites europeístas, encerradas en sus frágiles torres de marfil y atenazadas de miedo, apenas atinan a amenazar al Reino Unido con severos castigos, pesadas sanciones y horrendas retribuciones, en lugar de analizar en todas sus implicaciones lo ocurrido, y de hacer las necesarias reformas que impidan que todo el edificio se venga abajo, tal vez súbitamente. Por el contrario, a medida que, empujadas por una crisis multidimensional y por unas masas que se hacen día a día menos liberales, las élites europeístas se hacen menos democráticas. Cada elección se transforma en un plebiscito, y cada traspié en una aguda crisis. Europa vive, literal y permanentemente, al borde de un ataque de nervios. Está ensimismada en la ansiedad de un ocaso pacífico y en la huida del tiempo histórico.

Lo peor que ha podido pasarle a Europa es que Trump y Putin la tomen en cuenta, pues la verdad es que los europeos preferirían que ambos –y la historia– les olvidasen.

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