Opinión

Evocación de un hombre justo

Ildemaro Torres

He escrito acerca de Chile artículos, ensayos, y hasta un libro, siempre identificado con la causa de su pueblo, siempre con profundo amor, pero sin pensar que ha sido mucho; porque habida cuenta de lo que siento por ellos, nunca consideraré que es suficiente lo que les dedique en pensamientos y palabras. Unas veces lo defino como tierra de lagos y volcanes, o bien cual patria de autores laureados, y en uso de versos nerudianos como “largo pétalo de mar y vino y nieve”; aunque también y con la mano en el pecho, puesta del lado del corazón, lo palpo agradecido como el escenario de mis vivencias más profundas. Si se me pidiera personalizar ese sentimiento, diría que tiene mucho que ver con Salvador Allende y su recuerdo.

Conocí al presidente Allende, el médico, el estadista, el revolucionario, el caballero galante del pañuelo perfumado, gracias al altísimo honor que me confiriera su gobierno de poder sentarme en determinada oportunidad a la misma mesa de trabajo que él presidía; seguí de cerca con emoción y la más absoluta identificación su ejercicio del poder, y no he conocido desolación más grande que la que sentí al presenciar el bombardeo despiadado del Palacio de La Moneda sabiéndolo a él allí; como tampoco orgullo mayor que el de saberlo dispuesto a legarnos, en medio de las llamas y las balas, un ejemplo definitivo de dignidad.

El día de su brutal derrocamiento, el 11 de septiembre de 1973, el presidente Allende hizo esta expresión pública al respecto: “Chilenos: Trabajadores de mi patria: tengo fe en Chile y su destino. Superarán otros hombres este momento gris y amargo, donde la traición pretende imponerse. Sigan ustedes sabiendo que mucho más temprano que tarde, se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor. ¡Viva Chile, viva el pueblo, vivan los trabajadores! Estas son mis últimas palabras, teniendo la certeza de que el sacrificio no será en vano”.

Fui testigo más que presencial del grado de criminalidad de los militares fascistas desatados, de su disposición a masacrar, de su decisión de sembrar el terror y hacer de Chile una gran prisión.

A los lectores actuales de tales textos, a pesar del ya largo tiempo transcurrido algo de ellos nos da la sensación de recientes, comprensible viendo la Venezuela de hoy degradada por la bestialidad de unos asaltantes del poder, con vocación criminal y aptos para aterrar al pueblo. Asimismo la lectura de las notas del Dr. Allende nos permite constatar, y de allí nuestra profunda identificación con él, su condición y vocación universitarias. Al recordar el nombre y el ejemplo suyos, del humanista y el combatiente, nuestros jóvenes universitarios actuales y de futuras generaciones seguirán encontrando una lección viva y permanente de honor, honestidad, valentía y fidelidad a la causa del pueblo.

Durante el gobierno de la Unidad Popular, se iniciaron (abril 3/1972) las carreras vespertinas de la Facultad de Medicina en Santiago, con el distinguido decano Alfredo Jadresic (prisionero de los militares en el Estadio Nacional y lanzado al exilio). Al recibir el primer curso de trabajadores-alumnos, el presidente Allende les expresó: “Siempre anhelamos una Universidad abierta, no una consagrada para determinados grupos sociales, siempre soñamos con una gran Universidad palpitando con los problemas esenciales del país. Una vinculada a las ideas transformadoras que permitieran terminar con la angustia de millones de chilenos y abrir paso a una sociedad sobre todo dedicada a darle a la pareja humana, la trascendente y noble significación que ella tiene. Deben mirar el futuro no como una quimera sino como una realidad que enfrentar”.