Opinión

La estúpida impiedad de un régimen agonizante

La proximidad del terrorismo islámico con la narcodictadura venezolana no es casual. Obedece a parecidas pulsiones genéticas y merece un mismo tratamiento. O se los desaloja o nos desalojan. Hablamos de los aliados consanguíneos del Estado Islámico -ISIS o Daesh, da lo mismo- infiltrados en el Estado venezolano, y a quienes, enquistados en la mal llamada Defensoría del Pueblo, la ingenuidad opositora pretende recurrir para denunciar y detener sus atropellos.

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Asistimos a la estúpida impiedad de un régimen tiránico que, en su brutal inconsciencia, ha terminado por carcomer, corromper y gangrenar todos los valores morales de nuestra institucionalidad democrática, gangrenándose de paso a sí mismo. Una cruenta impiedad que bordearía la locura si solo fuera la expresión de una pandilla de asesinos corruptos y desquiciados que también lo son. Para nuestro infortunio, como lo fue en su momento para la Rusia estalinista, la Alemania hitleriana y la Cuba castrista, es muchísimo peor y más complejo que todo eso, por su naturaleza caribeña, corrupta y subdesarrollada: es el extremo de bajeza, miseria moral y ruindad al que pueden descender quienes se sirven de una ideología fracasada, corrompida y extraviada, con la que pretenden mantener con vida un cadáver: los últimos estertores del marxismo leninismo. Una ideología que sea en los gobiernos filocastristas o en las oposiciones a los gobiernos liberal-democráticos, aún sobrevive en América Latina por una tara ancestral que se aferra a su última expresión gangrenosa: el caudillismo militarista, el castrocomunismo y una izquierda corrupta, pervertida y alienada en el ámbito continental y mundial que se solaza y revuelca en el subdesarrollo.

Esa izquierda continental aún disfruta o aspira al poder para imponer la podredumbre material, moral e ideológica del subdesarrollo, exactamente como también sucede en los países árabes. Porque le garantiza a su numerosa clientela una vida sin responsabilidades, exigencias ni deberes. Y antes que luchar por sacudirse la lacra pestífera del populismo clientelar, estatista o clerical, y promover una sociedad civil de logros, esfuerzos y emprendimientos, prefiere seguir estirando la mano tras la limosna de los caudillos. Y tampoco por azar dispendiosos gracias a sus pozos petrolíferos. Por todo ello, la proximidad del terrorismo islámico con la narcodictadura venezolana no es casual. Obedece a parecidos condicionamientos, a semejantes pulsiones genéticas y merece un mismo tratamiento. O se los desaloja o nos desalojan. Hablamos de los aliados consanguíneos del Estado Islámico -ISIS o Daesh, da lo mismo- infiltrados en el Estado venezolano, y a quienes, enquistados en la mal llamada Defensoría del Pueblo, la ingenuidad opositora pretende recurrir para denunciar sus atropellos.

Ya el análisis del aberrante fenómeno del nazifascismo europeo, con su siembra de odios y su carnicería genocida, tuvo que trascender la explicación estrictamente personalista e individual de esa tragedia. Y enfrentarse a un hecho por demás incuestionable: no era posible atribuir las aterradoras prácticas violatorias, genocidas y devastadoras de los más elementales derechos humanos sufridos por la Europa liberal a manos del nazismo, al simple desquiciamiento de un sujeto y su perversa capacidad de seducir a millones y millones de sus ciudadanos hasta convertirlos en verdugos de sus propios semejantes. Hitler no estaba loco. Estaba perfectamente cuerdo. La enfermedad yacía en lo profundo de una sociedad gravemente enferma, perfectamente permeable al odio, a la matanza, a la carnicería.

Como también lo estaba la sociedad soviética, que prohijara el matadero de Stalin bajo las mismas coordenadas totalitarias, industrializadas bajo el aparente signo del progreso de una Europa que avanzaba tras del delirio de un desarrollo material, social y tecnocrático que creía indetenible. Fascinada por los avasallantes éxitos de la industrialización, mientras creaba las bases materiales para la sociedad totalitaria. Como lo estaba y lo sigue estando la sociedad que preparó las bases y recibió alborozada el asalto de la barbarie chavista que hoy despliega toda su saña carnicera.

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No faltaron los visionarios que advirtieran de ese peligro inminente para la Europa liberal. El 4 de enero de 1849, en medio de los graves sucesos de la llamada “revolución europea” de 1848, que sucedió a la Revolución Francesa y precedió a la Comuna de París y a la Revolución Bolchevique, el diputado, jurista, diplomático y luego sacerdote Juan Donoso Cortés lo expresó con una asombrosa capacidad premonitoria, filosófica y analítica en un discurso histórico ante las cortes españolas, en el que dibujó el perfil del futuro Armagedón:” “Señores: las vías están preparadas para un tirano gigantesco, colosal, universal, inmenso; todo está preparado para ello; señores, miradlo bien; ya no hay resistencias, ni físicas ni morales; no hay resistencias físicas, porque con los barcos de vapor y los caminos de hierro no hay fronteras; no hay resistencias físicas, porque con el telégrafo eléctrico no hay distancias, y no hay resistencias morales, porque todos los ánimos están divididos y todos los patriotismos están muertos.”Vio despuntar a un siglo de distancia al comunismo y al nazismo, esos monstruos gemelos productos inexorables del rumbo que llevaba la sociedad europea, y brotados de la más lúcida y deslumbrante de sus utopías: el comunismo marxista. Poco antes, el joven Alexis de Tocqueville, tras recorrer Estados Unidos de Norteamérica, de oeste a este y de norte a sur, había anticipado que las dos superpotencias del futuro serían Rusia y Estados Unidos. Una crucial divisoria de aguas entre el totalitarismo soviético o nacionalsocialista, y la democracia liberal que casi dos siglos después aún resiste en grandes extensiones del planeta, mientras Venezuela se arrodilla ante la añeja estupidez y la sombría barbarie castrocomunista.

Así, al análisis propiamente estructural de Donoso Cortés se unió el deslumbrante complemento del análisis geopolítico y sociológico de Tocqueville. Pero faltaba ahondar en las profundidades del ser europeo para dar con la clave del totalitarismo. Marx Hokheimer y Theodor Adorno, sobre la base de la recién estrenada ciencia del psicoanálisis de Freud y la comprensión del desarrollo de las entrañas socioeconómicas de Marx, llegaron a la conclusión de que tras el aberrante fenómeno del totalitarismo se encontraba lo que llamaron “la personalidad autoritaria”, eje fundamental del autoritarismo autocrático en el seno de las masas. Y una aterradora constatación antropológica-cultural: el desarrollo y el progreso arrasaban de la mano de la razón instrumental con los valores más profundos de la civilización, preparando el camino hacia la barbarie y la deshumanización.

Fue el motivo de una de las obras más importantes del pensamiento europeo de entre guerras: La dialéctica de la Ilustración. Sustentada en una hipótesis aparentemente insólita: a mayor progreso, mayor regresión, y a mayor ilustración, mayor barbarie. Fue el trasfondo de la Teoría Crítica desarrollada en la famosa Escuela de Frankfurt, así llamada por surgir del seno del Instituto de Investigación Social establecido en los años treinta en dicha ciudad alemana que, además de contar en sus filas con grandes intelectuales, deudores en su gran mayoría de una comprensión estrictamente científica y filosófica del marxismo originario, como los mismos Adorno y Horkheimer mencionados, contó con grandes pensadores alemanes como Walter Benjamin, Herbert Marcuse, Erich Fromm, Jürgen Habermas y otros, dedicados al análisis antropológico cultural del pos capitalismo industrial.

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Lo cierto es que en cuanto al análisis científico de nuestra permanente sumisión al autoritarismo y su barbarie, luego del importante esfuerzo de análisis de sus determinaciones antropológicas y culturales debidas al positivismo venezolano y muy en particular a la obra de Laureano Vallenilla Lanz y los invalorables aportes de los intelectuales orgánicos del gomecismo y del pos gomecismo, como Caracciolo Parra Pérez, Alberto Adriani, Arturo Uslar Pietri y sus sucesores, Mario Briceño Yragorri, Augusto Mijares, entre otros, las raíces de la barbarie que pudieron ser represadas durante los casi 40 años de democracia saltarían hechas pedazos ante la primera crisis estructural de la economía petrolera y el quiebre del rentismo, producto de la baja de los precios del petróleo y la incapacidad de haber asumido con voluntad y coraje el imperativo del liberalismo pos gomecista: “sembrar el petróleo”, pensado originalmente por Alberto Adriani y popularizado por Arturo Uslar Pietri. Y sentar las bases sociológicas para una sociedad liberal. Lo único cierto ha sido que el deseo expresado por Pedro Grases, en 1980, citado por Simón Alberto Consalvi, el último heredero de la tradición liberal ilustrada venezolana, en su estudio sobre Augusto Mijares, otro de nuestros importantes pensadores de la venezolanidad, no se cumplió: “Provisto de un excepcional dominio de cuanto ha acontecido en el suceder venezolano desde los días coloniales hasta el momento actual, Mijares ha acometido durante largos años, a través de sus libros, ensayos y artículos, la revisión de las virtudes públicas de que no ha carecido Venezuela, con el designio de formar un corpus de principios que deben sentar tradición”. No solo no sentaron tradición: ese corpus de principios ha sido brutalmente pisoteado por la barbarie militarista que hoy hunde a Venezuela en la deshonra, la inmoralidad y la miseria.

La barbarie desatada por militares y paramilitares-colectivos asesinos, hampones armados por y al servicio del régimen desalmado de Nicolás Maduro, que en un mes cosechan tantos jóvenes asesinados como durante todo el año 2014, cebados con corruptelas, privilegios y granjerías en el asesinato de jóvenes manifestantes absolutamente pacíficos e inermes, expresa la costra de viejísimas barbaries, hondamente aposentadas en los últimos resquicios de nuestra identidad, alborotada y reciclada por el chavismo, con sus secuelas de narcotráfico, corrupción y terrorismo y la indignidad de altos oficiales de las fuerzas armadas, que traicionan a diario sus juramentos y deberes constitucionales. Sacudírnosla de encima, de una vez y para siempre, es la única alternativa que tenemos los venezolanos de bien que amamos a nuestra patria y quisiéramos rescatarla del horror en que el militarismo, el socialismo de todo origen y el castrocomunismo nos la han hundido. ¡Y todavía hay quienes no osan llamar al monstruo por su nombre y esperan un gesto de salvación desde sus cuarteles! De ellos, unos no sirven porque ya estaban corrompidos. Otros, porque se rindieron a la corrupción en cuanto uno de ellos se alzó con el poder. Los más, porque no tuvieron ni la moral ni el coraje de oponerse a la barbarie. Y los menos, porque han guardado un cobarde y ominoso silencio. La estupidez, la inmoralidad y la cobardía, he allí su enseña. Y continúan ofendiendo y ultrajando el gentilicio.

¡Y se dicen herederos del Libertador!