Opinión

En este país, tu país, mi país

Pedro Luis Echeverría

La opinión de

Nuevos actores irrumpen en la escena nacional en la disputa por el ejercicio del poder. Las sistemáticamente ilegales y equivocadas acciones gubernamentales han engendrado resistencia, escepticismo y desconfianza en la población, lo que a su vez ha generado una nueva dinámica político-social caracterizada por la proliferación y aparición, conjuntamente con el segmento político tradicional, de nuevas agrupaciones políticas con nuevas propuestas, de jóvenes decididos cultores del cambio, de incansables activistas sociales que no dejan de denunciar los abusos del régimen, la combativa actitud de grupos humanos  preocupados por el presente y la suerte del país, de ONG para la defensa de variados aspectos de la vida cotidiana; asimismo, de  asociaciones vecinales, gremios, sindicatos, universidades, la comunidad internacional, las iglesias y, finalmente, grupos de personas organizadas local y espontáneamente para tomar las calles de ciudades y pueblos para protestar contra los abusos, la intolerancia, la ineficiencia y el autoritarismo del régimen y sus secuaces.

Ello, fundamentado en plataformas de comunicación modernas y en el desarrollo de eficientes formas logísticas de cooperación ciudadanas. Se trata, claro está, de la aparición de un libre y voluntario movimiento de hombres y mujeres que se han formado en la modernidad del pensamiento y cuyas emociones y recuerdos no proceden  de las tristes experiencias de la Revolución cubana y mucho menos del entusiasmo por una ideología que ha demostrado fehacientemente su ineficiencia e incapacidad para generar bienestar colectivo.

Este nuevo entorno político-social en que se desenvuelve el país nos ofrece claras señales que indican que el poder omnímodo que, en el pasado reciente, tenía el régimen se ha venido a menos y ha mermado su capacidad de imponer y mantener el control para conducir el país. La acción cotidiana de estos nuevos actores ha socavado el ámbito de poder de la descomunal y corrupta burocracia que desde tanto tiempo y tan ineficientemente gobierna en Venezuela. El poder, inexorablemente, se le está yendo de las manos.

Consciente de ello, el régimen desarrolla una desenfrenada actividad mediática, y de chantaje a los desposeídos, para tratar de imponer el culto al madurismo en la conciencia del ciudadano. Es un proceso que procura construir una nueva épica en torno a la figura de un improvisado y desangelado líder, al tiempo que concienzudamente trata de destruir el pasado histórico de Venezuela.

El régimen esparce por doquier la semilla de su propia deificación mediante un pertinaz y tosco adoctrinamiento que funciona, en parte, debido al control que ejerce sobre los medios de comunicación y al demagógico reparto de la pobreza. Se arropa con el engañoso manto del altruismo para mostrarse implacable con los supuestos enemigos de su causa como un acto de lealtad con el pueblo, y así creen que se garantizan la sumisión total del pueblo a su liderazgo. Saben que el desarrollo del culto a la personalidad es una forma de dominación. Se valen de una retórica rimbombante y falaz en la cual no falta la autocompasión y la feroz agresión a sus adversarios, sino que también se presentan como trágicos héroes que enfrentan a un enemigo colosal al que supuestamente están llamados a combatir por voluntad de designios divinos.

El régimen se  vende como la encarnación de una revolución  reivindicadora  que le demanda convertirse en una dictadura dotada de autoridad plena que concentre, en sí misma, lealtad y obediencia absolutas. Es la exaltación del culto al poder, por el poder mismo; en la cual la desinformación y la opacidad de la gestión de gobierno ocupan un lugar preponderante. La verdad es la más grave amenaza a esos descabellados propósitos. Y la verdad es que la República que hoy tenemos es el resultado de una combinación de incompetencia y brutalidad del gobierno con un pragmatismo corrupto para hacer buenos negocios al amparo del Estado.

Por otra parte, el régimen no ha tenido escrúpulos para usar a altos oficiales militares para otorgarle prebendas y canonjías y con ello procurar anular la disidencia al interior de la FANB, y reforzar y estabilizar su permanencia en el poder. Para lograr todo esto han creado un ambiente de terror que paraliza y neutraliza a sus colaboradores, le gana la adulancia de ciertos grupos de la clase media y la interesada devoción de los sectores más humildes y vulnerables para continuar recibiendo el magro producto de años de pobreza, repartida a conciencia. Adicionalmente, como instrumento de dominación, el régimen ha hecho de la justicia del país una gigantesca componenda de intereses y corrupción.

La pretendida simbiosis del culto al régimen y la lucha de clases forman parte del plan de subyugación de los venezolanos. Al que usufructúa el poder, la visión liberal del manejo de la economía le molesta. No soporta que la vía capitalista sea de éxito y que el modelo que propugna haya resultado un verdadero desastre. Se siente amenazado cada vez que los hechos reales demuestran su incompetencia como gobernante y por ello necesita reforzar considerablemente su autoridad, para lo cual su propia deificación resulta imprescindible. Pero, a pesar de ello, el enorme fracaso de gestión de Maduro se hace dramáticamente patente en los resultados de la Encuesta sobre Condiciones de Vida en Venezuela (Encovi 2017). 

Esta encuesta confirma el deterioro acelerado de todos los indicadores, entre otros aquellos relacionados con la sanidad, esperanza de vida, nutrición, educación, ingresos, pérdida del poder adquisitivo, pobreza extrema, migración, etc. que vivimos todos los venezolanos. Este acusado deterioro social ha acarreado innumerables problemas, en muchos casos, con consecuencias trágicas para los segmentos de población más vulnerables.

Igualmente, la clase media ha venido depauperándose durante los dieciocho años en que "la revolución bonita" ha detentado el poder; tal  situación no ha permitido que el emprendimiento y prosperidad asociados a esta clase social siga avanzando y continúe siendo el motor, por excelencia, que impulsa el crecimiento económico del país y que genera el talante de búsqueda y perfeccionamiento permanente de cambios e innovación en otros aspectos y valores de nuestra sociedad, tales como, la libertad, la política, la organización social, la ciencia y la cultura.

Por el contrario, la errática y malintencionada acción del régimen ha causado un profundo cambio de las expectativas de la gente y ha propiciado la emigración masiva de los individuos más calificados y preparados como una forma de defensa ciudadana frente al caos nacional. En tal sentido, ¿cómo  puede pretender el gobierno, utilizando la coacción y su descarado control sobre el árbitro electoral, reafirmar su mandato con un ilegal llamado a la realización de unas elecciones fraudulentas e írritas en su origen y maliciosamente adelantadas, cuando su modelo político y social ha condenado a la mayoría de  los  ciudadanos a la indigencia y, en consecuencia, a ser más desvalidos, dependientes y vulnerables?

Asimismo, ¿cómo puede pretender el gobierno que su actitud de obstrucción sistemática a las iniciativas de cambio, el sabotaje a la posibilidad de alcanzar  acuerdos necesarios y convenientes para el país como un todo y la parálisis e indolencia en su gestión sean aceptados pasivamente por los ciudadanos y le acompañen en su delirio totalitario?     

Las nuevas circunstancias del poder político ya no son las de antes, el gobierno posiblemente ganará unilateralmente las elecciones del 22 de abril, pero ese pírrico triunfo inexorablemente se extinguirá muy rápidamente dando paso a más frustración por su comprobada y manifiesta incapacidad y falta de voluntad política para satisfacer las necesidades de la población venezolana y resolver los urgentes problemas que la atosigan. Entonces, ¿tiene sentido pretender continuar dirigiendo un país al que no le ha podido o querido resolver nada y que no le funcionará? 

Todo esto que estamos viviendo esperemos que contribuya a la mejor comprensión de  los cambios políticos y de manejo de la cosa pública, que más pronto que tarde, con tesón y valentía, la oposición deberá emprender para restituir la verdadera democracia y reorientar al país y a sus ciudadanos por el camino del crecimiento y bienestar colectivos.