Opinión

La estafa electoral

Alicia Freilich

El único sufragio venezolano con absoluta seguridad ganado por el chavismo fue el que en 1998 eligió la primera presidencia de Hugo Chávez, paracaidista conspirador, golpista, jefe de la subversión que intentó asesinar al presidente constitucional Carlos Andrés Pérez. Para el evento, era un expresidiario indultado por el presidente Rafael Caldera y teniente coronel en supuesto retiro. El democrático Consejo Supremo Electoral respetó la decisión mayoritaria, no lo espió ni violó la vigente ley comicial.

Desde entonces el castrismo cubano se incrustó como Estado en las instituciones básicas del país que garantizan su permanencia en el régimen narcomilicivil: Fuerzas Armadas hoy exnacionales, organismos de los tres poderes en cada nivel, énfasis en el control total desde votaciones, puertos navales y aéreos, embajadas, alcabalas, registros, notarías, visas, cedulación, pasaportes, alimentos racionados, medicamentos vencidos y comprados a Cuba, educación doctrinaria comunista. Ahora, un documento de identidad pesuvista: el Carnet de la Patria CH.

La MUD, oposición oficial cada vez más oficialista, insiste en comerciar sufragios municipales, estadales y hasta presidenciales, luego de que el castrochavismo anuló las cruciales legislativas, pues la Asamblea Nacional avalada por una gigantesca voluntad popular que no pudieron manipular, está ilegalmente inhabilitada para hacer cumplir derechos y deberes parlamentarios con amenaza de su liquidación en puertas. Se sabe: el chavista admite sus derrotas, de boca, y las ignoran, de facto.

Hasta hace poco se confiaba, con reservas, en la eficacia mediocre, posible inocencia o torpeza de la MUD. Era necesaria para representar a una mayoría disidente en todo comicio legal. Pero ya no. La realidad cotidiana demuestra por fin que su continuo empeño electoralista destinado al fraude pre- o poselectoral se vincula, salvo algunas excepciones, al interés personal o partidista-burocrático por lograr o conservar un cargo, con aquella excusa ya inservible de no ceder puestos conquistados mediante votos. Así, esos partidos políticos legitiman al totalitarismo cediendo a la trampa electoral.

Son pretextos carentes de lógica y de verdad frente a la situación calamitosa del país ya de sobra analizada y denunciada. Si esta gobernanza se sustentara en el respeto a la Constitución original de 1999 y al cumplimiento del deseo popular electivo, de algo valdrían esos argumentos. Pero consta que su base, el corrupto militarismo populista, impone lo contrario y, sin dudas, a fuego y sangre.

Este mesismo complaciente y sus operarios están en el ojo de la historia. Debe recordar que si la revolución devora a sus propios hijos tal proceso incluye a los cómplices incapacitados para organizar a la sociedad opositora que juran representar engañada con nuevas elecciones que postergan el cambio radical. Así relegan al prioritario estado de calamidad nacional sacrificado en aras de pactos rentables. Mercantilizan su fracaso. Política y ética no son gemelas, pero todo tiene un límite. ¿Dialogas con quienes niegan el derecho a tu existencia y a la vez quieren comprarla?

Son certezas que mucho duelen a múltiples víctimas y testigos. La humanitaria necesidad exige gritarlas por todo medio posible. Porque si hay algo sagrado es el voto. Negociarlo a la sombra como droga ilícita y bula papal con mafias de por medio es delito, por demás imperdonable, así en el cielo como en la tierra.

Se solicita un frente demócrata unido de emergencia nacional que trascienda partidos y egos capaz de implementar el 350 con todo el rigor de esa ley.