Opinión

El envilecimiento del bolívar como moneda

“La codicia ciega, las necesidades aprietan, lo pasado se olvida;

así fácilmente volvemos a los yerros de antes. Yo confieso la verdad,

que me maravillo que los que andan en el gobierno no hayan sabido estos ejemplos”

Juan de Mariana, Tratado y discurso sobre la  moneda de vellón (1609)

El 30 de diciembre de 2014, iniciaba yo mi blog personal con un artículo que denominé “¿Cuánto cuesta en realidad un dólar?”[1], para esa fecha señalaba que una unidad de esa moneda podía ser adquirida por “0,64472 libras esterlinas; 0,82277 euros;  0,00828 yenes; 0,98972 francos suizos; 14,7676 pesos mexicanos; 2.376,50 pesos colombianos…”, en esa misma fecha, un dólar equivalía, según la tasa de cambio “oficial” a 12 bolívares fuertes, aunque con ese dólar podía comprarse exactamente lo mismo que con 170 bolívares fuertes. El día de hoy, con los avances tecnológicos, en especial a través de las redes sociales, no sería muy difícil saber cuál es su valor de intercambio más cercano a la realidad material, tanto de la divisa extranjera como de lo que queda de moneda nacional; valor de intercambio real y efectivo que no es un secreto sino una evidente realidad, prácticamente a niveles de verdad absoluta, que no se corresponde con la estimación a la tasa “oficial”; “oficialidad” de la información ésta que, visto su origen y consecuencias, lejos de transmitir transparencia y certeza se muestran opaca y distorsionada, igual como ocurre con ciertos mitos urbanos, no solo en materia cambiaria, sino hasta en casos electorales, pero en fin ese es otro tema, no nos distraigamos.

No he verificado la cotización actual de la divisa norteamericana frente a las mismas monedas referidas, pero no creo que a poco más de apenas 30 meses haya variado su valor sustancialmente a pesar de importantes acontecimientos en el mundo; además, que no es necesario hacer mayores investigaciones ni sesudos análisis para entender, percibir y padecer cuando se está ante una moneda materialmente en extinción como lo es el signo monetario venezolano, incluso ese hoy pretendido “bolívar fuerte”, que desde su aparición estaba condenado a muerte.

Para que una moneda sea y funja verdaderamente como tal, no basta que exista representada en billetes y monedas, con tal o cual denominación, por contraposición, cada vez es menos necesario que exista en el mundo externo como algo físico y palpable, una verdadera moneda, cualquiera que sea, incluso se considere “oficial” o no, lo que debe contar es con la seguridad y estabilidad para mantener el valor del patrimonio y que sirva para el ahorro, que no pierda su valor; una verdadera moneda ha de contar con fluidez, dinamismo y comodidad para su transmisión e intercambio, sea con otras monedas o por bienes y servicios, debe tener una intrínseca respetabilidad y amplia aceptación entre quienes hacen intercambio, en fin, debe sostenerse en torno a la confianza que la misma moneda genere e infunda con su uso libre y frecuente, confianza que no puede ordenarse ni decretarse, por el contrario, cualquier intervención que se haga que implique restricción, limitación o control, y peor aún imposición de su valor de intercambio,  incidirán en la percepción de seguridad y confianza con que debe contar una moneda, condenándola a su deterioro, depreciación y envilecimiento que la vacían de su esencia, así de sencillo y crudo, ese es el caso del bolívar.

Pero olvidémonos por ahora específicamente del bolívar y pasemos a reflexiones sobre la moneda en general y su esencia que son aplicables en todo tiempo y a toda sociedad. No hay que ser experto en economía, administración o finanzas, siquiera necesario es tener la mínima educación formal para saber que si algo que por naturaleza es libre, que nazca o se mantenga en condiciones de cautiverio, más temprano que tarde tenderá a su limitado crecimiento y probablemente a su ocaso sin progenie. El dinero por naturaleza, su fuente y su finalidad, es y debe ser totalmente libre; restringirlo y limitarlo es arrastrarlo hacia su merma y su inevitable extinción como tal; pretender exigirle a una persona mantener su patrimonio en una moneda que experimenta depreciación de su valor, además de ser una violación a su autonomía como individuo, sería obligarlo a abdicar a su propiedad como derecho humano que es, derecho que transciende de su contenido material a la dimensión moral de la propiedad como valor.

El nacimiento y perfeccionamiento de la moneda, del dinero en general, surgió en la humanidad ante el libre intercambio e interrelación de los individuos en sociedad, moneda que en sus inicios para que contase con la confianza y cumpliese su finalidad, tenía un valor intrínseco equivalente a su capacidad real de intercambio, y por ello es que las piezas en que se representaba el dinero, es decir, la moneda, se acuñaba en metales preciosos como oro o plata, pero una vez que se adoptase la idea del dinero fiduciario, no era tarea fácil trasladar esa confianza de los usuarios a estas nuevas maneras de representar valor y aceptabilidad para el intercambio, adquiriendo cada vez más protagonismo en la generación de esa confianza el emisor del dinero, sea la Corona o los Estados, incluso bien pudiera ser otro particular, confianza que pudiera estar sustentada mediante las reservas en oro o cualquier otra clase de activos, así como por la credibilidad y capacidad en que sean honradas las obligaciones; lo importante es en todo caso, que la adopción de medidas y políticas que procuren la generación de la confianza son incompatibles con las limitaciones, restricciones y controles de la moneda que por naturaleza es libre.

Más que interesante, muy grato resultaría revisar los antecedentes en materia monetaria, y más que desde el contexto eminentemente económico, financiero e incluso tecnológico, desde una aproximación filosófica, de teoría política y teoría general del Estado, desde las reflexiones del mismo Aristóteles hasta los Acuerdos de Bretton Woods y su declive, incluso sobre asuntos mucho más recientes como la tecnología blockchain, el Bitcoin y otras criptomonedas, de los que bien pueden hacerse, precisiones sobre como éstas actuales realidades constituyen nuevos instrumentos de soberanía y libertad; a modo de preparación de tan atractivos y vigentes tópicos, hemos de retraer nuestro estudio a un gran pensador español de inicios del siglo XVII como lo fue el teólogo y sacerdote jesuita Juan de Mariana, quien en 1607, publicó De monetae mutatione[2], obra en la que expuso los graves peligros de permitir que los gobernantes de manera caprichosa tomaran medidas relativas a la emisión, valor y control de las monedas de la época.

Juan de Mariana, con apasionante precisión, en trece capítulos aborda temas como el poder del rey que, al no ser absoluto, no tiene derecho directo sobre la propiedad particular de los súbditos, así como tampoco puede crear impuestos ni contribuciones sin el consentimiento ni la voluntad del pueblo, ya que ello afecta el derecho de propiedad, limitación que extiende a que no puede el rey sino en casos excepcionales alterar o mutar el valor de la moneda, lo que consecuencialmente incide en su capacidad de intercambio por mercaderías.

Sus opiniones las da en el contexto del caprichoso cambio de la aleación del vellón, compuesta de plata y cobre con que eran acuñadas las monedas de menor valor, dado que se situaban por debajo de las de oro y plata, extrayendo parte de plata de la misma y apoderándose de ella, lo cual devaluaba su valor en perjuicio de la gente del reino que se empobrecía, generándose gran escasez de productos y el incremento del precio de aquellos que se consiguiesen.

En el lapidario capítulo III denominado “El rey no puede bajar la moneda de peso o de ley sin la voluntad del pueblo”, fue meridiano en afirmar que la facultad de modificar la moneda, no era absoluto, y menos aún que no acarrease responsabilidad para su agente, en ese caso el propio rey. El autor daba como ciertas dos cosas, “la primera: que el rey puede mudar la moneda … con tal que no la empeore de como antes corría … por lo cual, como sea sin daño de sus vasallos”… “La segunda, que si aprieta alguna necesidad como de guerra o cerco, la podrá por su voluntad abajar –la moneda– con dos condiciones; la una que sea por poco tiempo, cuanto durare el aprieto; la segunda, que pasado el tal aprieto, restituya los daños a los interesados”. Concluye su obra el pensador evocando a múltiples casos en los que monarcas habían variado el valor de sus monedas y los inconvenientes que resultaron de esa labor, desde el encarecimiento  de las mercancías, empobrecimiento del pueblo y del propio reino, hasta el odio que ello generó hacia dichos monarcas, confesando su extrañeza por el desconocimiento de muchos gobiernos de tales antecedentes y que insistieran en tales prácticas.

De vuelta a nuestro tiempo, a nuestra Venezuela; en los últimos años, nosotros, sus hijos, los venezolanos, más que testigos, somos víctimas de una nueva mutación y extinción de la moneda de vellón, de la pérdida de valor y envilecimiento de nuestro propio signo monetario, primero el bolívar, luego el bolívar dizque fuerte. Hemos experimentado sistemas de limitación de la libre convertibilidad de nuestra moneda, tanto durante la democracia de finales del siglo XX como de la dictadura de inicios del siglo XXI, los regímenes de control de cambio del año 1983 a 1989, de 1994 a 1996 y desde 2003 hasta la presente fecha, que no han sido otra cosa que sistemáticas violaciones a los fundamentales derechos a la libertad y propiedad; regímenes éstos que más que ilegítimos, conjuntamente con otras perversas prácticas como la fijación de multiplicidad de aberrantes tasas “oficiales” de cambio, la arbitraria asignación de divisas preferenciales a acólitos de la tiranía que a su vez son utilizadas para mayores corruptelas, la maliciosa ampliación del cono monetario que mantiene a la población en una perenne zozobra, y la mencionada adopción en enero de 2008 del “bolívar fuerte”, el secuestro del Banco Central de Venezuela y su utilización como instrumento a favor del despotismo y que actúa sin ninguna transparencia, entre otras, nos han empobrecido a todos y pretende arrastrarnos a nuevas maneras de servidumbre, la del socialismo del siglo XXI, ante la cual, como con toda clase de esclavitud y opresión, más que asistirnos el sagrado derecho de resistencia estamos obligados a ello, y para lo cual es menester rescatar la vigencia moral de la propiedad como valor y la de la moneda como uno de sus primordiales instrumentos de defensa.

 

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@robertohungc

[1] Citado en “¿Cuánto cuesta en realidad un dólar?” de Roberto Hung C., Disponible en: http://www.chinohung.com.ve/2014/12/cuanto-cuesta-en-realidad-un-dolar.html

[2] Juan de Mariana. Tratado y discurso de la moneda de vellón. Ministerio de Economía y Hacienda. Instituto de Estudios Fiscales. Madrid, 1987.