Opinión

Entre patriotas y patrioteros: una reflexión ciudadana

En teoría política se dice sin mayor pudor que el deseo de poder le es transversal a todos los partidos. Lo de veras importante en tal afición, sean de derecha, izquierda, centro o tercera vía, es que todos quieren (o por lo menos deberían querer) la consecución del bien común de sus sociedades a través de medios provenientes del Estado, que dependiendo de a quién se le pregunte pueden ser considerados desde idóneos hasta pésimos.

La verdadera problemática en democracia no está en la elección de determinado camino, pues siempre debería poderse rectificar; sino en aquellos que sin importar su lugar en el espectro político no les interesa el bien común sino el poder por el hecho del poder.

Por las andanzas del tipo de sujetos que han concebido al poder como un fin en sí mismo y sus frutos (guerras, despotismo, genocidio, militarización de sociedades enteras, etcétera) es que normalmente la historia puntualiza en una gran cantidad de casos al nacionalismo como la herramienta fundamental para los desalmados. Pero ¿es esto efectivamente así? La aproximación más sencilla hacia una respuesta la podemos encontrar en la semántica de los términos patriota y patriotero. La Real Academia Española define en su primera acepción a un patriota como una persona que tiene amor a su patria y procura todo su bien, mientras que define a un patriotero en su única acepción como aquel que alardea excesiva o inoportunamente de patriotismo. La diferenciación entre uno y el otro es el fundamento que nos permitirá diferenciar entre ciudadanos y demagogos.

La noción de ciudadano es fundamental por cuanto nuestras democracias contemporáneas son en gran medida factibles gracias a las formas republicanas. La república, que etimológicamente significa cosa pública, no concibe a los integrantes de la sociedad como simples vasallos que reciben dádivas de un rey, sino como ciudadanos que además de derechos tienen deberes en lo referente a su participación en los asuntos colectivos.

A pesar de lo teórico y para ya diferenciar entre ciudadanos y demagogos cabe plantearse una pregunta bastante peculiar en relación con la república: ¿por qué participar en los asuntos públicos en un principio?

La respuesta a tal cuestión varía en tanto las personas no somos únicamente seres fríamente racionales capaces de entender conceptos abstractos, sino que también tenemos una disposición anímica o emocional hacia lo que nos rodea. En el caso de un ciudadano, este es atraído a las cuestiones públicas por dos razones claras: el amor hacia su entorno y el hecho de que el mejoramiento de lo que lo rodea concluye en la mejora de su propia vida.

En esta línea de ideas, diferenciar entre un ciudadano y un patriota es prácticamente inverosímil. En el caso de un demagogo, este se dirige a las cuestiones públicas con una agenda de dominación que poco le importa el bien de la patria porque lo que le importa exclusivamente son sus intereses personales, sean estos ideológicos, de permanencia en el poder o de cualquier otra naturaleza. Aquí hallamos al que más vocifera, al que más llama la atención con palabras grandilocuentes: al patriotero.

Esta relación dicotómica podemos hallarla en las discusiones actuales sobre lo que es el populismo. Esta palabra en su polisemia (variedad de significados) ha llegado a encarnar desde a los ciudadanos o patriotas (aquellos con una genuina preocupación por la población y sus asuntos) hasta a los demagogos o patrioteros (aquellos grandes manipuladores que buscan el provecho propio). Tal circunstancia ejemplifica la relación ambivalente con el nacionalismo que se ha explanado anteriormente, el choque entre lo patriótico y ciudadano que debería conllevar a un buen gobierno, o al menos a un intento de buen gobierno; y lo patriotero y demagógico que lleva inexorablemente a las naciones a su ruina.

Un argumento en favor del nacionalismo, entendido este como la inspiración moral de un ciudadano, es que nuestras naciones al fin al cabo son nuestro mundo. El globo terráqueo con todas las cosas maravillosas que nos ofrece es al final del día una gran abstracción que para el espíritu no significa nada. El mundo para cada uno de nosotros es aquel con el que lidiamos día a día y nuestro impulso siempre debería ser cuidarlo y mejorarlo. En tal sentido, todos deberíamos aspirar a ser patrióticos y velar por un entorno que sea más cercano a la visión idílica que el amor por él nos provoca.