Opinión

Entre héroes y tumbas

Karl Krispin

Una de las frases memorables en Galileo Galilei de Bertolt Brecht, le sirve de defensa al astrónomo acusado: “Desgraciada la tierra que necesita héroes”. Nada más reñido con la modernidad que la figura de un héroe como metáfora y explicación de la personalidad de los pueblos. En su monumental Historia de la cultura griega, el suizo de Basilea, Jacob Burckhardt, dedica un capítulo de su obra al culto de los héroes donde no solo los emparenta con el mito y la liturgia funeraria sino que, según la creencia popular de la antigüedad clásica, los héroes “se aparecían con frecuencia en sueños; pero disponían de distintos medios para hacerse oír; a veces se oían rumores extraños en sus tumbas. Pausanias nos cuenta, a propósito del enterramiento colectivo de los atenienses caídos en Maratón, que en sus sepulcros se oía todas las noches relinchos de caballos y alboroto de combate”. La descripción de Pausanias citada por Burckhardt es gozosamente poética y alienta un ejercicio electrizante: bastaría acercar el oído a la tumba de Páez en el Panteón para escuchar el eco lejano de las Queseras del Medio. Más allá de la fábula, en nuestro país se ha jugado con la manipulación épica del pasado para fabricar un presente ortopédico. El hoy ha quedado minusválido con las muletas epopéyicas de un ayer de gloria. Un astigmatismo nacional que carece de corrección.

El profesor Luis Castro Leiva se refería precisamente a la industria de la historia como un dispositivo oficialista para una historia desprovista de todo contenido racional que termina burlándonos colectivamente. De paso con desgracia, en el sentido brechtiano al requerir al héroe de forma irrenunciable. Los pueblos necesitan su historia para comprenderse pero no con los retazos del discurso maniobrero y falaz. Empezando por la distorsión de la arenga independentista proyectada como una tarea que sigue pendiente. Bolívar, quien por cierto nació español y murió colombiano, es el comodín recurrente de todas estas operaciones de reciclaje. Recientemente se celebró una de esas festividades carnavalescas de un militar del siglo XIX a quien se le apuró mediáticamente una biografía poco fiel a lo que fue su vida atrabiliaria. En el imaginario local, todos se enorgullecen de contar con alguna charretera en el árbol genealógico. Por ello mis años favoritos del XIX siguen corriendo del 30 al 47 cuando los civiles construyeron una república a la usanza liberal y sin privilegios para los militares o el clero. Cada cual es libre de componer un homenaje al santo y al superhombre de su preferencia. O de creer en titanes y encender cirios en el templo de su agrado pero que la manipulación de la historia se convierta en una política de Estado nos conduce a que sigamos siendo convidados de piedra de un pasado desencajado con el control remoto de nuestros días.

Hace mucho tiempo que los vencedores no escriben la historia. De hecho quienes lo hacen son siempre los historiadores aunque algunos impostores y guasones se hayan arrogado su función. La historiografía actual dista mucho de los disparates de aquella industria de la historia que continúa con vida. Nadie, salvo los analfabetos funcionales, sigue la comparsa del papelillo y la máscara oficial. Pocos continúan leyendo las pifias de Eduardo Blanco y sus imitadores. Por lo menos don Eduardo lo hacía con gracia y cierto estilo. Ahora las mentiras se planifican y se llevan a cabo con errores ortográficos y tecnología 3D. El ensayo apócrifo del pasado quiso alcanzarnos y atraparnos en su laberinto para que no festejáramos el futuro. Pero los héroes así como los dioses no responden porque han muerto y ya ni siquiera en sueños se aparecen.