Opinión

Entelequias electorales

Elio Pepe Trifance

La opinión de

En las circunstancias críticas que se viven en Venezuela, parece que ciencia y religión no tengan en la racionalidad del ser del hombre una sola directriz como debería ser, pues Einstein afirma: “Locura es hacer la misma cosa varias veces y esperar resultados diferentes”; san Agustín, en los “Sermones”, retomando Séneca, evidencia que: “Errar es humano, perseverar diabólico”.

La reanudación del “dialogo” entre gobierno y oposición, después del reiterado incumplimiento de los compromisos asumidos por el Ejecutivo nacional en las rondas precedentes, asume el valor explícito de una ficción a la cual se piensa dar una significación de expresión democrática: pero a esta postura no creen ni las naciones democráticas del mundo occidental, ni la opinión pública nacional, porque ha perdido cualquier apariencia de credibilidad cuando la asamblea constituyente (írrita desde su origen jurídico. y ahora extralimitando los límites de la competencia impuesta por el artículo 247 de la Constitución de la República de 1999: “…transformar el Estado, crear un nuevo ordenamiento jurídico y redactar una nueva Constitución”) ha convocado e impuesto elecciones presidenciales anticipadas; cuando, con sentencia, el Tribunal Supremo de Justicia a priori excluye de dichas elecciones como opción política a la MUD “por considerar que su participación contravendría la prohibición de doble militancia” por estar constituida por diversas organizaciones políticas; cuando también invalida a Voluntad Popular porque es expresión de una alternativa política partidista que podría estorbar la certidumbre de un resultado electoral ya dado definido por la reelección del mandatario; o cuando el Ejecutivo nacional, sin ningún sentido ético ni de equidad, resta importantes recursos a las necesidades primarias de la población, desde los medicamentos a los enfermos de los hospitales hasta la comida de los militares, para gastarlos en propaganda electoral nacional e internacional.

Facilitada por inconsistencia de la gerencia política de la oposición y con la aplicación de una tempestiva estrategia política se ha anulado la hipótesis de una participación unitaria de las fuerzas democráticas en los comicios electorales, de la mayoría absoluta del país que se había expresado con la conquista de la Asamblea Nacional: al contrario, se ha abierto la perspectiva de múltiples o de ninguna candidatura; de hecho, se intenta impedir la sustanciación de un cambio y, en último análisis, que cada ciudadano ejercite el derecho de voto, cual libre manifestación de su opinión y decisión sobre quién debe gobernarlo, sobre la orientación política y el programa del proyecto de país.

La vocación dictatorial de la revolución castro-comunista bolivariana se consolida con fuerza brutal como régimen dictatorial frente a una oposición incapaz, hasta ahora, de proponerse al país como alternativa del ejercicio del poder a través de una renovación ideológica, una perspectiva programática y un candidato de consenso popular capaz de enfrentar y superar las irregularidades y el fraude. Pues, con precisas responsabilidades de la presumida gerencia de la oposición, se han creado las condiciones para intentar anular la fuerza civil y el juicio crítico popular hacia el pensamiento único y el radicalismo con el cual prevalece el conservadurismo del poder, tanto por la acción del gobierno cuanto por la pasividad cómplice de partidos políticos preocupados de intereses subalternos, no del bienestar del país en el presente y en el futuro.

No es que no conocen el dolor y los sacrificios a los cuales han inducido a la población por efecto de la grave depresión económica y social: simplemente, después de haberla provocado con la detención del poder y la complicidad con el mismo, respectivamente gobierno y oposición continúan el juego de las partes.

No creemos cometer un exabrupto si volvemos las palabras de Willy Brandt: “El riesgo de volverse cínico se corre cuando se pierde el poder”, en la paráfrasis “el cinismo corre para evitar conquistar el poder”. Es la postura que en los últimos dieciocho años ha caracterizado a los presuntos demócratas que han dejado las oportunidades de tomar el poder quitándolo a aquellos revolucionarios castro-comunistas que afirmaban, como afirman, que todos los males del mundo se deben a los ricos capitalistas, en el ansia de realizar una metamorfosis equiparativa a costa del pueblo venezolano.

En Perú, su santidad el papa Francisco ha afirmado: “Se estaba buscando un camino hacia la patria grande y de golpe cruzamos hacia un capitalismo liberal deshumano que hace mal a la gente”. Lamentablemente, parece que se ha olvidado de los principios de justicia de Rawls, de la ética de Kant, Lukács y Weber, del concepto del Estado de Locke y, sobre todo, no condena las dictaduras generadoras de miseria y muerte, como las de Cuba y Venezuela.

Cierto, el liberalismo aportó la teoría política y el contenido filosófico por el cual el capitalismo ha prevalecido en el campo económico, pero en la historia no se conoce ningún Estado en el cual el socialismo científico ha obtenido mejoras sociales superiores a las logradas por el primero. Si no estamos equivocados, la Doctrina Social de la Iglesia, así definida en el Concilio Vaticano II, es antiliberal, pero tampoco es socialista: en nuestra meditada apreciación, es la forma ecuménica para conciliar las dos vertientes ideológico-filosóficas que han gobernado la humanidad en el curso de los últimos tres siglos con las variables circunstanciales y las confrontaciones que se han presentado. Juan XXIII adoptó la “opción por los pobres”, pero no la convirtió en una doctrina política, sino en “humanismo”. Juan Pablo II embistió con firmeza contra el totalitarismo, pero nunca ha mencionado el socialismo para condenarlo. Creemos en la enseñanza de nuestro Señor Jesucristo que el Evangelio de Luca (20:25) así reporta: “Dar a César lo que es de César y a Dios lo que es de Dios”. Lejos de estas incómodas reflexiones, abiertamente reconocemos y apreciamos qué diferente es la postura, cercanía e identificación de la Conferencia Episcopal Venezolana con el pueblo venezolano y sus dramas.

El Tiempo de Bogotá, del 27 de enero de 2018, denuncia “que faltarían en cerca de 30 guarniciones del Ejército venezolano, ubicadas en estados fronterizos con Colombia” armamentos por un inventario inconsistente por 1 millón de piezas que habrían sido distribuidas al ELN y las FARC en territorio colombiano. ¿Qué significación tiene esta noticia en el contexto de las relaciones bilaterales? Independientemente de las responsabilidades objetivas, ¿no asume el valor de una indebida injerencia e intervención en los asuntos internos de la hermana república, con consecuencias en el ámbito geopolítico regional? Algo seguramente alarmante para la paz de los dos países y la región.

¿No es que, en el cumplimiento de la estrategia elaborada en el Foro de Sao Paulo de 1990, o por precisa elaboración del gobierno de Cuba y Venezuela, el anticipo de las elecciones presidenciales en Venezuela sirve de soporte al futuro candidato a la Presidencia de Colombia para perseguir el plan de la “Gran Colombia de la izquierda internacional” en perjuicio de la estabilidad regional y del continente?

Con referencia a esta temática, de gran importancia son las decisiones internacionales que vengan tomadas tanto singularmente como colectivamente por las naciones de América Latina y del continente, y que deben ser objeto de honda consideraciones por cada ciudadano venezolano, civil y militar, independientemente de su militancia partidista y/o credo religioso, e inducir a la toma de decisiones que considere oportunas y convenientes.

Como hemos evidenciado en otra circunstancia, la pérdida de la identidad y soberanía de la nación la ha transformado en terreno de conquista y de uso del extranjero: más allá de las conocidas y trágicas contingencias, los comicios para la elección del presidente de la República constituyen la ocasión para recuperar la autonomía y el protagonismo heredado por la historia, y alejar el socialcomunismo castro-bolivariano; el riesgo soberano no es solo económico.