Opinión

23 de enero y 23 de enero

Han transcurrido 61 años, la fecha es la misma, las circunstancias distintas, con ciertas similitudes. El parecido está en el ambiente popular de protesta, hastío ciudadano sin diferencias de nivel social, insistentes rumores de divisiones, encontronazos internos dentro del régimen, en sus cuerpos de represión y soporte.

En enero de 1958 estaba en abierto desarrollo un espíritu de rebeldía y desobediencia militar que había estallado ruidosa el 1° de ese mes, y fue rápidamente controlada, pero era notorio en las calles que la protesta popular cada día era más estremecedora y que dentro de la Fuerza Armada se contrastaban diferencias de criterio, con un alto mando comprometido con la dictadura del general Pérez Jiménez, una oficialidad atenta a los reclamos civiles y en buena parte no solo cansados, sino incluso avergonzados por el compromiso militar, a tal punto que les desagradaba uniformarse públicamente.

Otra similitud es la represión que en el segundo semestre de 1957 y enero 1958 salió a la calle con patrullas, peinillas, armas de fuego y ferocidad, a controlar a quienes protestaban. Los calabozos de la dictadura se llenaron de civiles y militares, las torturas y sus quejidos atronaban, los chirridos del sistema señalaban que comenzaba el derrumbe.

La dictadura perezjimenista y el país no estaban aislados. Ciertamente hubo anuencia de Estados Unidos y respaldo moral de gobiernos democráticos vecinos, pero Venezuela mantenía casi intacta su red de relaciones diplomáticas y económicas. Y la nación, además, estaba económicamente sólida.

En enero de 2019 hay algo tan importante o más que la protesta popular. Es el resurgimiento de la oposición coherente identificada con el coraje que, aunque sea despreciada por la tiranía, está en la calle.

En 1958 la oposición valiente salía de las catacumbas de la clandestinidad, en 2019 regresa valerosa, con vigor renovado, luego de un período de decepción.

Este enero también hay una tiranía basada en fusiles y uniformes, pero el gobierno de Pérez Jiménez, militar profesional, era en su mayoría civil y de especialistas; en el actual, castrista y civil, el gobierno es militar. Sectores tan fundamentales como petróleo, minería, electricidad e impuestos están bajo mando castrense, con una proliferación de generales y almirantes que se empeñan a cada rato en ratificar adulonamente su lealtad.

A lo largo de veinte años se ha demostrado una alarmante y nunca vista incompetencia de civiles y militares para dirigir sin eficiencia los servicios públicos y, en la práctica, todas sus responsabilidades gubernamentales, con lo cual el sector militar y el chavismo civil cargan con señalamientos, quejas y creciente descontento por el que es, sin duda alguna, el peor desastre de cualquier gobierno en la historia venezolana, incluso los de la primera mitad del siglo XIX que tenían un estado de guerra arrasadora. El tema de la “guerra económica”, que tanto utiliza el ilegítimo para explicar su fracaso, no es creíble por nadie que no sea un chavista ciego y sordo. Una economía en ruinas, incluso en ellas la confianza, es una diferencia fundamental con aquel glorioso 23 de enero de 1958.

De los sucesos que estallaron ese día, los militares salieron criticados aunque tenían buenas historias que contar, empezando porque sin su participación, aunque fuese tardía, Pérez Jiménez no hubiese caído esa madrugada.

Después, en pocos años, reconquistaron el respeto cuando frenaron con firmeza y eficiencia la invasión comunista cubana, la derrotaron, aplacaron alzamientos derechistas trasnochados y se convirtieron en firmes soportes no de un partido político, sino de una democracia sólida que rápidamente se haría ejemplo del mundo.

El 23 de enero 2019 encontrará a un sector militar del cual se dice –aunque no se sabe de cierto– que, salvo los altos generales, está en desacuerdo con el régimen y, de hecho, se les llama a tomar posición firme en defensa de la democracia y el pueblo que han jurado defender; incluso, se aprobó un decreto para otorgar amnistía y garantías constitucionales a militares y civiles que contribuyan a la defensa de la Constitución, como una manera de darles salida hacia el respaldo democrático, pero también con un país que hasta el día de hoy no tiene muchos motivos de agradecimiento y respeto hacia sus militares.

Otro elemento a tomar en cuenta este 23 de enero es que la dictadura está aislada nacional e internacionalmente, rechazada y culpada por una abrumadora mayoría de gobiernos del mundo, con excepción de cómplices interesados como la Cuba castrista sedienta de petróleo, hambrienta de dólares e indiferente a su propio fracaso luego de 60 años de la revolución barbuda que ha devorado a buena parte de sus propios protagonistas, y secuaces como la Bolivia de Evo, y la Nicaragua del impresentable Ortega y su mujer. Con un detalle vergonzoso para el ilegítimo no reconocido: Bolivia está económicamente en una buena situación, el problema boliviano es Morales.

La comunidad internacional no quiso respaldar la dictadura Pérez Jiménez, tampoco la de Pinochet, pero sí había rechazado las oscuras locuras de Isabelita, viuda de Perón, y el comunismo devastador de Allende. En enero de 2019, a través de gobiernos, organismos internacionales e incluso empresas multinacionales, no solo no respaldan al gobierno ilegítimo y fraudulento, sino que lo rechazan y desconocen oficialmente. De hecho, algunos incluso llaman abiertamente a la rebelión civil y militar.

El 23 de enero es profundamente significativo para los venezolanos, y este 2019 será de especial importancia porque tendrán que demostrar en la calle que realmente quieren un cambio de gobierno, de compromisos y rescate del destino del país. Este 23 de enero 2019 deberíamos tener la constancia personal de que ha comenzado un cambio en Venezuela, que comienza una nueva era.

Que no será fácil que, comenzando con el rechazo contundente, intransigente, a los culpables de la tragedia que estamos padeciendo y viviendo siga con el reencuentro y reconciliación entre venezolanos, la obligación con la democracia y libertad, fe en nuestra voluntad y capacidad para reconstruir nuestra nación.

¡Vamos, Venezuela!