Opinión

El enemigo ya entró

En las últimas horas se ha acelerado la tendencia militarista en las redes sociales. Cada minuto aparece un experto en conflagraciones de alta y mediana intensidad; en logística, comunicaciones y contrainteligencia bélica; en apoyo cibernético y secuencias algorítmicas de puntos estratégicos y, también, no faltaba más, en consecuencias indeterminadas.

Describen con reglas de interés simples y compuestas, además de ecuaciones de tercer grado, el famoso binomio de Newton y la estrategia de la suma cero, cuántos efectivos y qué volumen de tropas se requieren para emprender misiones simples o complejas, y el tiempo que requieren para cumplir las metas trazadas. Nada los perturba en sus cálculos ni nada les impide publicar sus acometidas a la sinrazón, solo que se vaya la luz o corten Internet.

Estos expertos se han atrevido a calcular el tipo de derrota que será infligida, la cantidad de cartuchos defectuosos y la posición de aliados y adversarios en los foros internacionales, con un recuento pormenorizado de los daños colaterales y bajas ajenas al campo de batalla.

La guerra no es una materia fácil, ni creo que la investigación y análisis de los opinadores de oficio y beneficio hayan ido más allá de uno o dos vistazos a Google y Wikipedia, con sus respectivos gazapos y desconciertos, pero se hacen sentir entre los más despistados. En el caso que nos ocupa, y preocupa, no es necesariamente un asunto bélico, sino de astrología, de horóscopos, que se exceden en su audacia y falta de pudor en cuanto a las predicciones.

Extraña la minuciosidad y los detalles de que hacen gala los barruntadores; saben al dedillo las capacidades y límites de las fuerzas estadounidenses, los obstáculos políticos que deben vencer para ordenar el desembarco, pero sobre todo se refieren a lo que creen la gran verdad: la imposibilidad de los gringos de caminar y mascar chicle al mismo tiempo. Nada dicen sobre la situación del apresto operacional, disciplina de oficiales y soldados, de su entrenamiento y otros asuntos de las fuerzas armadas nacionales con tanto que hay a la vista sin necesidad de demostración. Si a José Antonio Páez, Santiago Mariño, Campo Elías o Pedro Zaraza se les hubiese ocurrido uniformar con pantaloncitos cortos y franelitas a sus oficiales y soldados y sacarlos a trotar con un gordiflón al frente cada vez que se sentían amenazados por Pablo Morillo, Domingo Monteverde o el degenerado José Tomás Boves, todavía Caracas sería una preterida ciudad española y Venezuela una olvidada provincia de ultramar; y lo peor: todavía se estaría escuchando el eco de las carcajadas realistas.

Hasta no hace mucho en las emisoras de radio que controlan los colectivos y el sicariato cubano se escuchaban disertaciones sobre las guerras de tercera, cuarta y quinta generación, y de cómo el poder del pueblo y su férrea voluntad de defender la dignidad de los latinoamericanos haría morder el polvo a los comandos del imperio.

Ahora son otros los que ven en Washington tácticas políticas inmediatas que les impiden emprender acciones bélicas en el nombre de la libertad, la democracia o de su propia seguridad nacional. Esos “expertos” afirman que Donald Trump no hará nada que perjudique su reelección, así implique que el hemisferio se convierta en un sitio invivible, desarticulado e inestable.

Si se escucha con cuidado, el vocabulario y el sonsonete son cubanos. Son las consignas que Cuba repite desde la incursión en Bahía de Cochinos –abortada antes de nacer–, pero que Fidel y Raúl presentan como el Waterloo de los americanos, mientras callan su vulgar y vergonzosa entrega a los rusos por un puñado de rublos.

Preocupa, sí, y mucho, que más de 5.000 hombres en armas de la guerrilla colombiana, unos del ELN y otros que desertaron de las FARC, hayan encontrado refugio en Venezuela con el beneplácito de la oficialidad castrense y sean los que mandan en los estados Bolívar, Amazonas, Apure, Barinas, Táchira, Zulia, Sucre, Delta Amacuro y en buena parte de Cojedes, Portuguesa y Táchira. Se ha alertado antes que el verdadero peligro no es que Washington se decida actuar con sus cañoneras para superar la crisis humanitaria, sino la indefensión del Estado venezolano si los cubanos, colombianos, iraníes, rusos y chinos se le voltean a Nicolás Maduro y quieren administrar el petróleo, el oro, los diamantes, el uranio y el coltán sin la intermediación del pranato chavista-madurista. Vendo resumen de la historia de la estupidez humana.