Opinión

Edipo en el trópico

Alfredo Cedeño

La opinión de

Venezuela zozobró en medio de los beneficios de cada cual. Escasos fueron los que subordinaron sus intereses particulares a los generales del país y sus habitantes, fue una vaca que se ordeñó de manera despiadada y a mansalva. Recuerdo en noviembre del año 2007 escuchar a un ex gobernador adeco del estado Trujillo, whisky en mano por supuesto, mientras él hablaba con un ex altísimo ejecutivo del Banco Venezolano de Crédito y copropietario de uno de los más grandes concesionarios de automóviles de la región andina, proclamar al alimón que no querían que Chávez dejara el gobierno. Y al unísono clamaban: "¡Es que nunca nos había ido tan bien como con él!"

El muestrario es muy grande, y de vieja data. Añado otro ejemplo de la época "prerrevolucionaria": un comprometido y aguerrido economista, cineasta, editor y poeta alquiló a la parroquia San Pedro de Caracas su cine; luego subarrendó por diez veces el monto inicial dicho local al Consejo Nacional de Cultura (Conac). Al igual que él muchísimos otros se dedicaban a viajar exactamente por donde se les antojaba a costillas de los presupuestos universitarios o de las variopintas estructuras culturales que en ministerios, embajadas e institutos autónomos abundaban.  No había "Congreso cultural", "Jornada de análisis" o "Encuentro de los siempre oprimidos" donde no acudiera una nutrida representación local. Nunca escasearon los recursos para mantener a una hambrienta –y no menos sedienta– intelectualidad progresista criolla, y a más de un importado…

Nuestro país sucumbió cual organismo enfermo ante un complejo irresoluto. Lo acabó nuestra propia clase media, ese segmento amnésico, y debe decirse que hijo amadísimo de la democracia.  Intelectuales y medianos propietarios y gerentes y toda la pequeña burguesía pusieron todo su celo y empeño para acabarla. ¡Y qué viva Edipo carajo! Al amparo de esa sombra de intereses y resentimientos se les abrieron las puertas de par en par a Chávez y Maduro y toda la puta generación que los ha acompañado en esta inacabable canícula que concluyó en este descampado que se nos ha convertido Venezuela.

Otro año está a la vuelta de la semana. Los buenos deseos campean briosos. Los augurios se visten de esperanzas y la madre de Gofiote Bigotón danza efusivamente de una punta a la otra del mundo entero. Y la soledad impera, y la unidad es una fantasía que espejea entre mitos abrillantados. Todos, a fin de cuentas, jugamos a desentendernos y no terminamos de asumir que somos una sociedad enferma que necesita sanar. Dios nos ampare…

© Alfredo Cedeño

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