Opinión

Dos vidas

Rafael Rattia

He estado releyendo con creciente regusto la apasionante novela del ensayista y crítico literario y profesor universitario Víctor Bravo (Santa Bárbara del Zulia, 1949) y mi grato e incesante asombro estético no disminuye un ápice a lo largo de las 141 páginas de vibrante narración novelesca que revela la prosa versátil y encantatoria del narrador, o tal vez sería más preciso decir los narradores que son siete en total más el autor de la novela. Víctor Bravo tiene aquí en este excepcional experimento literario siete vidas personificadas en siete personajes puntillosamente construidos con la maestría literaria que le confiere a este hombre de letras destacadísimo en nuestro panorama literario nacional y amplios reconocimientos en el ámbito hispanoamericano de las letras y, particularmente del ensayo crítico y de imaginación.

Arquitectónicamente la novela está concebida en cinco partes y no excede en cada una de ellas lo aconsejable para cada sección o capítulo lo que estiman los grandes maestros de la novela. Sin dudas, nuestro escritor piensa en sus lectores al momento de narrar; no es latoso ni cansino su ritmo narrativo.

El registro sociohistórico contextual de la novela atiende a una asombrosa verosimilitud con los datos de una Venezuela rural aquejada por la guerra decimonónica que asoló a nuestro país durante la segunda mitad del siglo XIX. La novela abunda en datos de vital importancia para la comprensión de aristas fundamentales de las costumbres y hábitos culturales y religiosos de la última mitad de la pasada centuria en los intrincados laberintos de pueblos y caseríos de Los Andes venezolanos, particularmente de las formas de convivencia familiar de las culturas hacendarias agropecuarias de lo más singularmente identitario de lo que podríamos denominar la trujillanidad.

Dos vidas es una portentosa novela magistralmente escrita con un lenguaje asequible al el lector menos avezado en asuntos de nuestro devenir sociohistórico y político, y que no desmejora ni aplana el enfoque que adopta el narrador para abordar, por ejemplo, el fenómeno de la guerra federal y los desmanes y desafueros de la peste militar zamorana en su delirante proyecto igualitario compulsivo que segó tantas vidas inocentes y dejó tantos lisiados y mutilados y huérfanos a su paso de los potros de Atila (Zamora) en la guerra más cruenta de todas las que las facciones político-militares protagonizaron a lo largo del dilatado siglo postindependentista inmediato a 1810.

La fe y la mística, la razón científica, la barbarie y la civilización en lucha permanente y agonística en las profundidades rurales de una Venezuela que emerge de las hondas heridas de guerra emancipadora. La prosa narrativa de Bravo es prolija en dejar explícitamente al descubierto las expresiones del atraso semifeudal de creencias y hábitos culturales propios de escalas axiológicas valorativas retrógradas respecto del paradigma civilizatorio de la modernidad dieciochesca europea. El narrador, en la voz de uno de sus personajes, dice: …”porque hay que luchar con las preocupaciones y ridiculeces más arraigadas: creen en el daño, en gallinas y vacas negras, en los remedios que se hacen diciendo palabras misteriosas, en suma: yo nunca me imaginaba que estuviésemos tan atrasados por estos países”.

Pese al inocultable predominio del orden estético del torrente narrativo de la novela, la sintaxis del relato y sus vericuetos no evaden lo político que atraviesa longitudinalmente el discurso a lo largo del texto narrativo. Los conventos clausurados por Guzmán Blanco, la incurable epidemia del fenómeno del caudillismo que corroe los tuétanos mismos de la naciente República, el terco e insobornable quijotismo de Bolívar “arando en el mar y sembrando en las nubes”; en fin, las más inimaginables taras sociopolíticas de una nación que intenta inútilmente salir del laberinto del atraso de sus formas políticas de convivencias civiles. La novela no sólo está impecablemente estructurada sino también pulcramente escrita y hace gala de una valentía sui generis en lo tocante a la índole de aristas que usualmente la narrativa venezolana evade por comodidad o pusilanimidad. Digno de encomio este gesto del narrador, el cual se adueña de nuestra admiración como lector.