Opinión

Dos tazas, un caldo amargo

Eduardo Posada Carbó

EL TIEMPO

GDA

“Al que no quiere caldo se le dan dos tazas”, dice el viejo refrán. Tras la farsa electoral del 15 de octubre, el régimen de Nicolás Maduro ha decidido convocar nuevas elecciones, ahora municipales. La oposición se encuentra una vez más ante el dilema de “¿votar o no votar?”.

El desaliento parece ser generalizado.

“Una mujer se asoma a la ventana y lanza un grito”. Con esta frase, el escritor Alberto Barrera Tyszka cierra su reciente reflexión sobre el desánimo que predomina en Venezuela. Es también un sentimiento de frustración e impotencia frente a las acciones de un gobierno arbitrario y dictatorial, pero más aún ante la falta clara de directrices de una oposición seriamente dividida. ¿Cómo se llegó a esta crisis de tan gigantes dimensiones? ¿Cómo salir de ella?

Para explicar las causas inmediatas de la actual coyuntura, Margarita López Maya, profesora de la Universidad Central de Venezuela, ofrece una crónica de los eventos del último año que encuentro muy útil (Prodavinci.com, 31/10/17).
El año comenzó “con una atmósfera de desilusión”. Sobraban las razones. Los esfuerzos de la oposición por adelantar un referéndum revocatorio fueron desmantelados por los ardides del gobierno con las autoridades electorales. Maduro supo, además, distraer a ratos a la opinión, nacional e internacional, con unos diálogos inconducentes con la Mesa de la Unidad Democrática, en la que la oposición se congregaba.

“Tres eventos en marzo”, relata López Maya, condujeron a cambios importantes en aquella atmósfera política.

Primero fue el informe del secretario general de la OEA, Luis Almagro, que advertía de las violaciones de la Carta Democrática por parte de Maduro. Siguió el “autogolpe” del régimen: las sentencias del Tribunal Supremo de Justicia contra el Poder Legislativo y la usurpación de sus funciones. Y finalmente, la declaración de la fiscal, Luisa Ortega, hoy en el exilio, sobre la “ruptura del orden democrático constitucional”.

Estos tres eventos, en su conjunto, motivaron la reacción de una comunidad internacional, hasta entonces bastante desentendida de la crisis venezolana. Tal “cambio de tono en el mundo exterior”, observa López Maya, reanimó las tareas de la oposición.

La convocatoria anticonstitucional de una asamblea constituyente exacerbó aún más las pasiones, mientras el régimen se despojaba abiertamente de mascaradas democráticas. A comienzos de julio, “grupos chavistas” asaltaban el Parlamento. Los diputados, opositores en su inmensa mayoría, convocaron a su turno una consulta popular para rechazar la constituyente.
En vano. Pronto, Maduro instalaba contra viento y marea una constituyente de corte corporativista que se arrogaba la suma del poder. En un panorama cada vez más embrollado, ambos cuerpos en disputa –la Asamblea Nacional (en manos de la oposición) y la constituyente gobiernistas– comenzaron a sesionar en el mismo sitio.

Ya sin amarres, los constituyentes llamaron a unas elecciones regionales, con cuyo calendario el régimen jugó como quien juega una partida de naipes. Las irregularidades, comenzando por la fecha, fueron múltiples. El resultado más adverso para la oposición no fue en las urnas, sino en su creciente fraccionamiento, hecha pedazos cuando algunos de sus gobernadores electos aceptaron juramentarse ante una constituyente espuria.

Así se llega a la situación actual, con el llamado arbitrario a otras elecciones que no responden a calendario alguno y una oposición sin voz única, en trifulca consigo misma. La comunidad internacional, confusa, mira hacia otros lados. Y el régimen madurista se atornilla cada vez más en el poder.