Opinión

El Dorado, no para estudiantes sino para sus verdugos

Carlos E. Aguilera

Cuando los medios informaron que el régimen había acordado el traslado de 27 estudiantes de la Universidad Experimental Pedagógica Libertador Maracay a la cárcel El Dorado, en el estado Bolívar, en su condición de presos políticos, un rictus doloroso embargó nuestro espíritu, pues por razones profesionales, en ejercicio del periodismo, conocimos dicho establecimiento carcelario cuando realizamos una serie de reportajes titulado: “2001 en las fronteras”, que publicamos en el diario 2001 y la revista Bohemia en los años setenta.

El recinto carcelario comenzó a operar con el nombre de Colonia Penal de El Dorado en octubre de 1944. Ubicado en la confluencia de los ríos Cuyuní, Yuruán y Yuruari, recibió su primer grupo de presos (vagos y maleantes) de la Isla del Burro (lago de Valencia). Los guayaneses desde un principio lo observaron como una afrenta y así lo denunciaron siempre, y por años insistieron en la necesidad de suprimir dicho establecimiento penal,

Para que nuestros lectores tengan una idea del centro penitenciario en referencia, el cual visitamos para la realización del reportaje anteriormente referido, debemos comenzar por señalar que su ubicación en plena selva registra una temperatura promedio que oscila entre los 34 y 40 grados, con un inclemente sol, lo cual hace virtualmente insoportable morar en dichas condiciones.

Por las circunstancias anteriormente indicadas, y mediante decreto presidencial en el gobierno de CAP, quedó eliminada la Colonia de Trabajo de El Dorado, la cual había sido creada por decreto 233 el 21 de octubre de 1944. El ministro de Justicia, doctor Otto Marín Gómez, y el director de Prisiones, doctor Simón Benarroch Cohen, quedaron instruidos de las formas cómo funcionarían, en lo sucesivo, los centros penitenciarios y de internación que sustituirían a las famosas Colonias Móviles de El Dorado, transformándola luego en una Granja Agrícola Penitenciaria (12 de enero de 1973), a cuyo cargo estuvo Antonio Ruiz Araujo, director gerente de la Caja de Trabajo Penitenciario (Instituto Autónomo adscrito al Ministerio de Justicia y cuyo fin era rehabilitar al recluso mediante el trabajo dirigido. Al efecto, el gobierno hizo borrón y cuenta nueva: limpió El Dorado y los últimos 190 reclusos que quedaban fueron trasladados a la Casa de Reeducación y Artesanal en El Paraíso, Caracas.

Sin embargo, la vigencia del decreto no duró mucho y nuevamente, durante el gobierno de Luis Herrera Campins, fue reabierto debido al congestionamiento de las cárceles existentes en el país. En diciembre de 1984 fue denunciada la situación de hacinamiento en la que sobrevivían 1.150 internos de toda calaña delictual, incluyendo homosexuales que contaban con una dependencia que la denominaron “La jaula de las locas”. En la llamada “Casa amarilla” encerraban a los reclusos reincidentes, considerados los más peligrosos

Claro está que dicho centro penitenciario fue construido para los fines anteriormente descritos, es decir, para recluir a delincuentes con extensos prontuarios y de mala conducta, y no para presos comunes con delitos de menor cuantía, por lo que es inaudito, absurdo y, por qué no decirlo, criminal haber enviado a tan hosco recinto a jóvenes estudiantes por el solo hecho de manifestar su oposición al régimen de Maduro. Sin duda alguna una flagrante violación de los derechos humanos,  que más temprano que tarde sus verdugos tendrán que pagar. Como si no hubiera hecho suficiente daño moral y económico al país, Maduro exhibe su arrogancia y delirio de grandeza, y hasta en eso se parece mucho a Saddam Hussein, quien como todos sabemos terminó sus últimos días ejecutado (ahorcado) por decisión de un tribunal iraquí que lo juzgó.

Una oda a los estudiantes, de autora desconocida, refleja en esencia el espíritu batallador de estos guerreros que han tomado la bandera en su lucha por la libertad y el retorno de la genuina democracia: “ESTOY CON LOS MUCHACHOS”. “Miro cantidades de fotos, ellos, los muchachos, su furia, su ira, su inconformidad, su rabia, ¿y por qué no?, su poquito de odio, su gramo de violencia. No son santos, ni rezanderos, ni civilistas, ni poetas. Son eso, muchachos. No están hechos de razones, sino de corazones, sus ojos encendidos de tanto humo, la piedra en la mano, la china estirada y calculada, la botella de cerveza hecha de trapo y gasolina, botellita ingenua que escupe fuego contra balas. Con esa carajita que no pasa los 20 y le hace una gran puñeta a la tanqueta, con esa que abraza al guardia tratando de ablandarlo para que no le dispare, con ese que le pinta una paloma con brazo tatuado de guerrero, como si la grosería derrumbara la escopeta, con la que saca el violín y toca el Himno Nacional, como si la guardia la fuera a entender. Yo estoy con los muchachos, equivocados o no, con su megáfono y su resistencia, su guarimba y su desobediencia; con los que se escapan de las madres, que ya no pueden atarlos a las casas, los muchachos que hicieron de la calle su campo de defensa. Con los muchachos que se empecinan en despertar un país dormido que solo se lamenta, un país verbo, país paz de la fea, de la sumisa, de la conferencia. Yo estoy con los muchachos que me recuerdan que aún no estoy muerta, que este país es mío, que este país nos merece. Estoy con los muchachos que lloran en la noche calladitos, que se soban los moretones y entierran a sus muertos. Estoy con los muchachos, inocentes, ingenuos, luchadores, soñadores, quizás porque tuve 20, quizás por vergüenza de dejarlos solos, no sé, por irresponsable, por mi pequeña cuota de odio, porque creo en las conquistas, no en las regalías, porque soy como ellos, un poco tonta, otro bravía, o simplemente porque no me da la gana de dejarle mi país a las hienas. ESTOY CON LOS MUCHACHOS, con sus rostros cenizas, sus manos heridas, sus rodillas peladas, con su afonía, con su cansancio, con su duelo, con su llanto, con su frustración, con su impotencia, con cada piedra, en cada noche, en cada día de esta gran revuelta”.

Es comprensible la razón por la cual los jóvenes estudiantes liceístas y universitarios de todos el país, a muchos de quienes se les imputa los delitos de “instigación a la rebelión, sustracción de efectos de la Fuerza Armada, destrucción de la fortaleza y violación de la zona de seguridad”, se hayan involucrado en esta lucha por la libertad, derechos humanos y soberanía, con el firme propósito de dar al traste con este régimen ignominioso, fraudulento, corrupto, despótico, y con visos de pretender implantar de una vez por todas, con el pretexto de una constituyente, una feroz dictadura, cuya característica la viene exhibiendo desde hace tiempo, sin el más mínimo escrúpulo.

El Dorado, nombre con el que es conocido el lugar, sin duda alguna es más apropiado para recibir a quienes se han enriquecido y acumulado desvergonzadamente inmensas fortunas. Chavistas enchufados en el régimen y sus allegados, amigos e íntimos del procerato hamponil, han esquilmado el erario nacional y sus recursos naturales arrastrando al país a la más dolorosa calamidad y estado de postración social, política y económica, jamás experimentada desde el nacimiento de la vida republicana. Por esto y mucho más, no son los estudiantes quienes deben estar confinados en El Dorado, sino sus verdugos, que ungidos del poder pisotean hasta la propia Constitución Nacional.

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@_toquedediana