Opinión

Divertimientos

Quienes desconocen u olvidan el pasado necesariamente están obligados a vivir y a confrontar nuevamente, y sin concierto alguno, las mismas experiencias positivas o negativas, según el caso, dejando al azar o a la providencia la solución de los problemas. La historia es terca y suele repetir, con nuevas modalidades derivadas de época y de costumbre, los mismos acontecimientos en una especie de flujos y reflujos; delimitados en el tiempo y en el espacio; con viejos, nuevos o sobrevenidos personajes. Suelen ser casi los mismos actores de personajes diferentes aunque adornados con renovados ropajes de acuerdo con la veleidosa moda imperante.

Protagonistas distintos, tanto en el origen como en las ejecutorias, pero con un mínimo común denominador: El de detentar apego fiel a las normas y medios para el eficaz ejercicio del mando supremo. Mantienen siempre una actitud constante hilvanada casi como en ejercicio de orfebre para mantenerse en el poder. Alejandro Magno, diversos emperadores emblemáticos romanos, Napoleón y pare usted de contar en lo relativo a los muchos y diversos políticos actuantes hasta el siglo XIX. En el siglo XX los ejemplos abundaron y dada la relativa cercanía en el tiempo y en el espacio, además de los nuevos mecanismos tecnológicos disponibles, los conservamos más frescos en nuestra memoria. Sin embargo, muchos de los acontecimientos –en nuestro país–, por ignorancia, incapacidad o por conveniencia, suelen obviarse.

En las últimas semanas he dedicado el tiempo a releer viejos textos de nuestra historia. He escogido para ello libros que tratan el proceso histórico vivido en el año 1936 con motivo a la muerte y desaparición del rudimentario dictador emblemático de aquel entonces. El comportamiento asumido por la totalidad de los dirigentes políticos y las resultas del proceso que culminó, su primera etapa, el 18 de octubre de 1945. La involución ocurrida el 24 de noviembre de 1948. Las formas y los modos mediante los cuales actuaron AD, PCV, URD y Copei. Los únicos partidos de relieve que se enfrentaron y/o convivieron con la dictadura. El proceso de consolidación de la misma y los vertiginosos sucesos acaecidos en el año 1957 que ocasionaron el derrumbe estrepitoso del dictador en 1958. Luego me aboqué a recordar todas las controversias derivadas de los llamados “cuarenta años de democracia”.

Constaté, nuevamente, los denominados aspectos puntuales álgidos, críticos y resaltantes de la oposición: La lucha de masas versus la instauración de la llamada “violencia revolucionaria” traducida en la participación “putschista” de los sectores extremistas de izquierda en los alzamientos de Carúpano y Puerto Cabello; continuados en perfecta armonía con la lucha guerrillera y urbana. El estruendoso fracaso de aquella política cuya argumentación y explicación de la derrota fue señalada, sobre todo, por la propia autocrítica de los principales participantes. Vertidas por intermedio de numerosos libros testimoniales. Coetáneamente repasé las contradicciones, desavenencias y la falta de unidad en la otra oposición que ocasionó la instauración del llamado bipartidismo.

Viví a plenitud el proceso que ocasionó el colapso de las cuarenta décadas iniciada en 1958 y el comienzo de la nueva era esperanzadora que se inició en 1999, cuyo naufragio en el barro de la indignidad por la inconsecuencia con los postulados enunciados al comienzo estamos viviendo y padeciendo en la actualidad. En muchos de aquellos eventos de las cuatro décadas intervine de manera grupal y orgánica. Siempre con una invariable conducta opositora a todos los gobiernos. Jamás estuve de acuerdo con la lucha armada emprendida; y, aunque militaba en la otra oposición de izquierda no extremista, era crítico de la actitud asumida por el PCV y el MIR. Tanto en los barrios, como en el liceo, en la UCV y en todos los escenarios sociales donde intervine. Viví el falso dilema, casi como un chantaje –sin caer en el mismo– de optar entre apoyar al gobierno o a la guerra insurreccional. Tampoco caí en los pragmatismos recurrentes ni en el aventurerismo político muy en boga para justificar los repetidos “saltos de talanqueras” que propiciaron la aparición silvestre de variados conversos… ¡Se cometieron tantos desafueros e iniquidades en nombre de la ideología!

Ahora resulta que desde hace aproximadamente tres lustros se han desempolvado viejos esquemas definitivamente anacrónicos y sin validez alguna. Una minoría de los perdedores, como dinosaurios viviendo en metrópolis (la mayoría aceptaron gallardamente y con autocrítica la derrota), ha devenido en una especie de aprovechadores de la indudable valentía personal asumida por los que, aunque equivocados, bastante arriesgaron perdiendo algunos la vida. Todo por la quimera existente y la falta de juicio reinante. Estos especímenes, cual “aves fénix”, siguen proclamándose seudorrevolucionarios peculiares. Utilizan verborrea de cafetín “sesentoso” y distorsionan convenientemente muchas cosas. Dotados casi todos, que es como decir todos, con cómodas fortunas personales. Derivadas, antes y en algunos casos, de los primeros atracos llamados eufemísticamente “expropiaciones revolucionarias”. Ahora la mayoría de ellos usufructúan a granel de las apetecidas riquezas provenientes de un Estado dispendioso mediante nuevas modalidades de robos más sofisticados. Cometidos en desmedro de la cosa pública mediante el tráfico de influencias, el cobro impúdico y delictual de comisiones y coimas. Sin que falte, además, la actividad novedosa en el narcotráfico como industria eficaz y muy lucrativa.

En el reverso de la moneda observamos cómo en la oposición organizada persiste el criterio de acatar de manera sumisa y obsecuente todas las políticas emanadas por el régimen. He palpado, casi sin asombro ya, cómo a través de la televisión, radio y demás medios comunicacionales se desarrolla una campaña mediática –costosa y estridente por lo demás– tendente a convocar a la ciudadanía para que participe en el proceso de legalización de los partidos políticos propiciado por el CNE. Generando una subliminal idea de que de esta manera se pondrá coto y se solucionará al problema venezolano. Campaña parecida a la que se utilizaba en los procesos electorales de antaño. Es incongruente y hasta cínica (le agregaría sin pecar de exagerado) que la fanfarria desplegada haga caso omiso de la gravísima crisis nacional, traducida por sus aspectos más importantes: el inalcanzable alto costo de la vida; por la inseguridad personal y jurídica; y por la menguada libertad personal y de consciencia ya escurridiza que padecemos cuya única causa es el totalitarismo reinante.

La irresponsabilidad de estos dirigentes no tiene parangón alguno. No dicen abiertamente por hipocresía y por falta de valentía que han aceptado tácitamente la estrategia gubernamental. En el sentido de que es necesario esperar el mes de diciembre de 2018 para que –si al gobierno le da la real gana– se efectúe la nueva elección presidencial. Uno de los precandidatos a esa eventual e incierta elección anuncia que una vez concluida la revalidación de los partidos en este mes de marzo se debe iniciar de inmediato el proceso de elecciones primarias para la escogencia de los postulantes a gobernadores, alcaldes y demás aspirantes a desempeñar los cargos públicos de elección. Todos en mora constitucional por la renuencia del gobierno para hacerla. Todos los días aparece cansonamente en los medios declarando sandeces para demostrar que está en plena actualidad.

Lo anterior significa pura y simplemente que para la MUD redimensionada con nuevas caras; pero sin variar un ápice en los viejos propósitos ya conocidos: todos de carácter meramente electoral. Lo sustantivo, para ellos, consiste en que es más importante la suerte de aproximadamente 400 personas, (entre gobernadores y alcaldes a elegir) para hacerla prevalecer por sobre la opinión de más de 30 millones de venezolanos que constituimos su población. No han escarmentado –y pienso que no escarmentarán jamás– debidamente con todo lo acontecido de manera aleccionadora con la Asamblea Nacional. Convertida en un ineficiente “jarrón chino”, de Taiwán, como un mero e inocuo adorno. Para ellos lo fundamental es lograr una segura fuente de ingresos derivados de las gobernaciones y de las alcaldías para asegurar el oneroso funcionamiento de sus partidos y sectas con el consiguiente pago a los funcionarios y activistas destinados a promover políticas por intermedio de la eficaz burocracia partidista. De igual manera aspiran a propiciar convenientemente todas las precandidaturas presidenciales posibles generando falsas expectativas que no comparte, por inapropiadas en la hora actual, el país nacional. Las candidaturas, por ejemplo, del gobernador de Miranda, quien persiste en romper el récord establecido por Rafael Caldera en el pasado siglo. Si es que en definitiva el presidente de la Asamblea Nacional no decide patrocinar su propia opción procurándole la célebre “patada histórica”. La de Leopoldo López –si es que el gobierno mediante sus reiteradas argucias no decide inhabilitarlo mediante nuevas condenas torticeras–. La del secretario general de AD, si este sigue viendo “hacia la Meca”; y, de lograr la consolidación de la candidatura, se convertiría el candidato presidencial adeco más longevo incluyendo a la figura señera de don Rómulo Gallegos. La del cónyuge de la alcaldesa de Maracaibo, quien así cumpliría con lo previsto por su estrategia fríamente calculada con motivo del regreso del exilio y de su entrega voluntaria a la policía; previamente acordada con el gobierno en la turbia negociación que aún subsiste entre ambos bandos. La del gobernador de Lara, quien parece ser el único que no tiene contrincantes, por ahora, en su tolda. (todos se proclaman socialistas, progresistas o socialdemócratas. Miembros, aspirantes o muy cercanos de la Internacional Socialista).

Los venezolanos debemos rogarle al secretario general de la OEA para que venga al país y le ratifique, “face to face”, a la MUD la correcta posición institucional por él asumida. La del pronto y necesario retorno al cauce constitucional del gobierno nacional. Almagro ha señalado que el régimen venezolano, con motivo del reiterado desacato a la Constitución Nacional, está sujeto a que se cumpla a cabalidad lo previsto en el órgano multinacional; aplicando sin rémoras la llamada Carta Democrática. Ha dicho con meridiana claridad lo que todos los venezolanos (más de 80%) sabemos, deseamos y esperamos se haga: la elección presidencial este año para relegitimar todas las previsiones constitucionales vulneradas e impedir que la vía cruenta haga de las suyas –como en otras aciagas épocas– ocasionando el pernicioso derramamiento de sangre en nuestro ya desgraciado país. Sabemos también (ingenuos no somos) que Maduro y su combo no aceptarán jamás voluntariamente esta opción. Salvo que la desobediencia civil como protesta emerja de la calle; producto de la presión social, constitucional, democrática y sin ambages; encauzando el sentimiento de repulsa generalizada que existe en la población para obligar al gobierno la rectificación de rigor a corto plazo.

Por todo ello, a pesar del dramatismo reinante y de la gravedad de la situación, me he divertido. De la manera menos costosa –derrochando únicamente el tiempo– pero de incuestionable valor intelectual: ¡leyendo! Salpicado con innegables ribetes de impotencia y de frustración por no poder actuar debidamente en el vasto movimiento popular desorganizado. De tal manera que me he refugiado de manera provisional; cómodamente, en soledad y en mi casa. Si se quiere rumiando. Recordando y releyendo viejas cosas; “como epístolas desvaídas” –al decir del inolvidable poeta cumanés–, cuyas apreciaciones de algunos hechos históricos consumados tienen mucho que ver, por el inocultable parecido, con la situación actual. Con el agravante de que ni en 1936; ni en 1945; ni en 1948; ni en 1958; ni en 1998, Venezuela había padecido el agudo estado de crisis nacional. Los factores de la misma (económicos, sociales y políticos) actúan de manera concomitante y en igualdad de condiciones; sin predominio alguno entre ellos. La anarquía y la desmoralización se incrementan atropelladamente, como la inflación, el hambre y la inseguridad; ¡día a día! Campea libremente poniendo en riesgo la existencia cierta del Estado; así como la de otras instituciones públicas y privadas que son fundamentales para el normal funcionamiento de la república.

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