Opinión

Disyuntiva atroz

Raúl Fuentes

La opinión de

Antes de poner en blanco y negro estas divagaciones, me pregunté si valía la pena aburrir al lector con un poco más del mismo tema y me tentó la posibilidad de escribir sobre el fantástico país feliz de Nicolás y los hermanos Rodríguez, ajeno a quienes, marginados de semejante Jauja, no podemos conjeturar cuán contento vive el pueblo en sus feraces tierras. ¿Cuál pueblo?, me pregunté, y, al responder, el invocado para, en su nombre, aferrarse de por vida al gobierno, me encontré fastidiando a la audiencia invisible con un rollo habitual: el del poder y de cómo, a veces –colmo de los colmos–, con la venia del soberano, se enganchan en él aventureros, demagogos y vendedores de ilusiones. De izquierda o de derecha, lo mismo da.

La ética populista reputa inmoral la pérdida del poder y, a fin de conservarlo, justifica vender el alma a Satanás a fin de conservarlo. En ocasiones, el demonio es la mafia de las drogas o la narcoguerrilla; otras, la promiscua convergencia de lumpen, malandrines e irredentos sedicentes dispuesta a jugarse el todo por el todo a cambio de caña, mondongo y reguetón. “La principal preocupación de quien detenta el poder es no perderlo”, pensaba el protochavista y golpista Omar Torrijos, quien, de no haber perecido en un accidente de aviación (1981), pudo haber gobernado hasta la extremaunción y quizá le hubiese ahorrado a su nación el mandato del impresentable Manuel Noriega y la invasión gringa de 1989. Torrijos, al hacerse con el coroto, proscribió los partidos políticos, convocó a una Asamblea Constituyente (1972) y fue proclamado “Líder máximo de la Revolución panameña y Comandante en jefe de la Guardia Nacional”. En tanto tal, se le facultó para imponer su voluntad en todas las instancias de la administración pública. Podía nombrar y remover al procurador, al contralor y al subcontralor de la República, a los magistrados del Tribunal Electoral e intervenir en la Asamblea Nacional de Representantes de corregimientos y de los consejos provinciales de coordinación y de las juntas comunales. Cualquier parecido con la realidad nacional no es mera coincidencia.

La estrategia del populista istmeño fue calcada (¿plagiada?) y empaquetada para exportación por Hugo Rafael Chávez –charlatán de escasos méritos militares y persuasivo Don Regalón favorecido por un providencial aumento de la renta petrolera, suficiente para comprar adeptos dentro y fuera del país–, con la bien retribuida orientación de un caimán barbudo ávido de auxilio financiero.

La intermediación de Fidel resultó tan decisiva para analgatizar con pega-lo-todo al golpista barinés en la silla presidencial, como el carmonazo y la operación rescate del general Baduel –encarcelado, degradado y expulsado de la fuerza armada nacional bolivariana por el chavo-madurismo– que lo trajo de regreso a Miraflores. Los hechos pusieron de bulto la ineficacia de los burócratas del PSUV y, en consecuencia, el comandante sideral delegó en compañeros de armas, presuntamente más habilidosos, los cargos de confianza. El heredero intentó hollar idéntico sendero, pero, escaso de predicamento en los cuarteles, optó, a objeto de comprar su lealtad, por hacer graciosas e inauditas concesiones a la oficialidad, colocándola donde hay y otorgándoles derechos de explotación de recursos minerales vedados al resto de los venezolanos. Así, el legitimado por los ilegítimos poderes, el prostituyente comunal (anc) y el alcahuete judicial (tsj) –minúsculas de rigor–, se ha blindado a costa de privilegios propios de atávicos y discriminatorios fueros castrenses. A diferencia de su carismático predecesor, Nicolás Maduro no entusiasma a las masas ni cuenta con apoyo popular; de allí, los comités locales de abastecimiento y producción –células rojas inspiradas en los cubanísimos CDR (comités de defensa de la revolución) abocadas al fisgoneo vecinal con la coartada de gestionar el racionamiento–, el abominable carnet de la patria y las miserables y compulsivas bonificaciones, generadoras de recurrentes e interminables colas a las puertas de los bancos.

Difícilmente puedan enfrentar los votos botas embarradas en el fango de la corrupción. Esta afirmación viene a cuento porque hay sectores de la oposición esperanzados en un pronunciamiento militar orientado a restaurar el orden constitucional o, dicho más llanamente, deponer al conductor del autobús dictatorial y, ¡por supuesto!, convocar a elecciones, en una especie de reedición de lo acaecido en 1958, sin parar mientes en la posibilidad de un quítate tú y me pongo yo mediante un pinochetazo o algo peor. 20 años de lavado cerebral acabaron con el espíritu democrático de una institución condicionada por la sujeción a una disciplinada cadena de órdenes y obediencia que restringe la libertad de expresión y reduce a cero la posibilidad de disentir; sin embargo, aducen los entusiastas del putsch –acérrimos críticos de una oposición que, a pesar de errores y omisiones, no merece ser subestimada, pues ha sido motor (aunque también freno, admitámoslo) de memorables movilizaciones–, el contrapeso de milicianos, colectivos y bandas armadas creadas y financiadas por la revolución bonita con el propósito de meter miedo, es una afrenta al militar de carrera. Sus cálculos obvian el poder de fuego del ejército paralelo. De ilusiones puede vivirse un rato.

Y aquí estamos, sin alternativa alguna de cara a otra fraudulenta tómbola comicial, deshojando la margarita del me voy o me quedo. ¿Marcharse? No todos pueden escapar del campo de concentración y sumarse al país en el exilio: 3 millones de almas errabundas espantadas por la sovietización en ciernes que dispararon las alarmas de la Unión Europea, la ONU, de 11 países latinoamericanos y hasta de la remolona Michelle Bachelet. ¿Quedarse? Ello postula hacerse el yo no fui y resignarse a envejecer esperando… ¿a Godot? Godot, ya se sabe, nunca llegará. La disyuntiva es atroz.