Opinión

La diplomacia de la soberbia

Raquel Gamus

La opinión de

A la decisión del gobierno panameño de sancionar a funcionarios venezolanos, el gobierno de Maduro respondió como ha sido habitual desde los tiempos de Chávez, con la diplomacia de “porque me da la gana”, al extender las sanciones de manera arbitraria y desproporcionada más allá de personalidades políticas, lo cual pudiera valer en nombre del principio de reciprocidad, castigando el intercambio comercial entre ambos países, con graves perjuicios a la actividad económica de las dos partes, en especial la venezolana.

Para no ir más lejos, el retiro del territorio nacional de la línea aérea Copa resultó fatal para miles de viajeros locales a Panamá y como puente a muchos otros destinos, cuando es una de las pocas líneas que se mantenían en el país, ya que más de quince se han marchado por falta de pago del gobierno arruinado y maula. Una muestra más de la irresponsable e injusta política de hacer pagar a toda la nación los desmanes de unos pocos por el capricho de mantenerse en el poder a toda costa.

En el caso de Panamá y a diferencia de norteamericanos, europeos y los países del Grupo de Lima, se trata de un competidor de menor talla y, sobre todo, del primer país latinoamericano que osaba sancionarlo, lo que abría otra caja de Pandora de las innumerables que ya se han abierto en contra de la cruel dictadura.

Es de suponer que al menos Maduro y su tribu de diplomáticos improvisados no ignoraban las consecuencias de pasar la línea roja de las relaciones diplomáticas a las estrictamente comerciales. Pero lo hicieron por reflejo condicionado de años de “política de la soberbia” en el plano internacional, aprendida con toda seguridad de Fidel y que Chávez, en mejores tiempos, bien provisto de la chequera petrolera que camina, dotado de un histrionismo que Maduro apenas remeda balbuceante, practicó en diversos escenarios, hasta en la solemne Asamblea de la ONU donde tildó de satánico y hediondo a azufre al presidente Bush. Este proceder se origina en el menosprecio que el “revolucionario” tiene por el adversario al que considera un despreciable defensor de oscuros y siniestros designios ocultos. Pero que en políticos degradados como los nuestros, tiene mayor afinidad con el matón de barrio que cree que el que pega primero, y mejor si por sorpresa, lleva las de ganar.

Pero no siempre, o más bien casi nunca, cuando son ratones los que quieren rugir, esa estrategia “diplomática” tiene sostenibilidad y efectividad. Los propios cubanos, después de añejarse varios decenios en el poder, aprendieron los silencios, las medias lenguas y la prudencia sabia que son propias de las relaciones entre naciones. Y cuántas veces el feroz comandante eterno no tuvo que comerse sus desplantes y chabacanerías con España, Colombia y Estados Unidos, sus adversarios más notorios, a los que ofrecía amor y lealtad poco tiempo después de vituperarlos,

 A los pocos días de la airada respuesta, con el caradurismo que caracteriza a quien no entiende lo que implica gobernar un Estado, Maduro comenzó a hacer llamaditas de solicitud de reconciliación al presidente panameño, a las que este respondió unos días después y se restablecieron las relaciones comerciales y diplomáticas. Maduro murmuró unas frases hechas sobre el respeto y la soberanía, y esa jerga que todos conocemos después de que lo han apaleado desde medio mundo. 

Leí recientemente las declaraciones de un alto funcionario chavista en las que reconocía la necesidad de revertir la escasa preparación del cuerpo diplomático venezolano, en el que si no me equivoco solo Roy Chaderton tiene notoria formación adquirida en los gobiernos del ayer, que hoy abomina, quizás también algunos otros enchufados silenciosos de larga data. Pero sus desempeños han terminado también por ser tan obsecuentes y mediocres que se han sumado al coro de los ignorantes novatos, generalmente hijos del nepotismo o el clientelismo.

Podríamos hablar también de los remezones recientes con España, muy similares, pero baste el ejemplo panameño como muestra de la incapacidad y ahora extrema fragilidad de la diplomacia de la Venezuela que se quiso potencia.