Opinión

Dictadura socialista, diáspora y emprendimiento

Tomás Páez

El legado del “socialismo del siglo XXI” en Venezuela se diferencia muy poco de las terribles secuelas que ha generado el modelo socialista allí donde se ha implantado. Sus defectos forman parte de las especificaciones y atributos que lo definen, y su tendencia es a empeorar cuando se aplica. Invariablemente produce: regímenes totalitarios, escasez de alimentos, medicinas e insumos en general, y por ello detenta la tarjeta de racionamiento, desaparece la libertad y se instala el imperio de la muerte y, no faltaba más, causa un gran éxodo.

Una particularidad del socialismo es la diáspora que produce, que nos permite formular la siguiente ley: cuanto más profundo es el socialismo, mayor será el volumen de la diáspora. Huyen para protegerse a sí mismos, y para apoyar a familiares y amigos desde el lugar que han escogido como segunda patria.

Esta última se lleva a cabo en condiciones aciagas, propias de toda dictadura. Los países socialistas, sin excepción, establecieron muros físicos o, los peores, las restricciones que crean las leyes, normas y procedimientos inescrupulosos, que establecen el encarcelamiento, la tortura y la muerte a quien osare huir de esa asfixiante barbarie. Esos insoportables obstáculos han resultado incapaces de frenar las ansias de libertad y de lograr una mayor calidad de vida de quienes en Venezuela están asediados por la hiperinflación, la escasez, la inseguridad y por los pranes de la política.

El mundo asiste perplejo al veloz incremento en el número de solicitudes de refugio y asilo realizado por los ciudadanos venezolanos, que se calcula en varias decenas de miles, al rápido crecimiento del número de venezolanos que se encuentra en condición irregular en los países de acogida y al súbito aumento de la diáspora que hoy ronda los dos millones y medio de venezolanos. Es lo que ayer hacían los ciudadanos del bloque soviético o la estampida de ciudadanos cubanos que huían burlando el cerco de una vigilancia asfixiante.

Huían de una realidad que no podía esconder su propaganda, hecha con el doble lenguaje orwelliano, en la que invertían más de 36 horas al día. No tienen reparo en denominar la tarjeta de racionamiento “tarjeta de la patria” y sin rubor alguno decir que hay patria, cuando no hay medicinas ni alimentos y los salarios no alcanzan para cubrir ni una porción del costo de la cesta básica, lo que ya está causando muertes y una severa desnutrición que pone en riesgo el futuro de muchos venezolanos.

Ese modelo deteriora la convivencia y la interacción humana. El socialismo transforma a los ciudadanos en enemigos, pues lo poco que hay no alcanza para todos y está en juego la supervivencia. El otro se convierte en enemigo potencial, cada quien protege aquello que milagrosamente encontró en el camino y que escasea: azúcar, aceite para comer y para vehículos, leche, pan, café, medicinas, etc. Se instala el modelo del individualismo salvaje, el del sálvese quien pueda.

Los encuentros familiares y de amigos se reducen y espacian en el tiempo. No hay suficiente café, azúcar, leche para compartir con la visita y, además, la certeza de que será difícil reponerlo bien por la escasez o por su precio. El agua, que llega a cuentagotas, hay que preservarla como un preciado bien, igual que el papel higiénico o las bebidas. Los costos y los precios que aumentan hora a hora convierten en ocasionales los encuentros para tomar un café o para una comida.

La naturaleza militar-cívica del régimen socialista venezolano comparte con los demás socialismos su rasgo estatista y centralizador. Les sobran los pretextos para confiscar, expropiar y “gobiernizar” centenares de empresas privadas. En su desmedido frenesí por apropiarse de lo que no les pertenece han llegado al extremo de expropiar y gobiernizar un edificio que ya era del Estado. En ese ambiente resulta imposible el emprendimiento y cualquier iniciativa personal está destinada al fracaso.

El contexto, adverso y enemigo de la empresa, y la iniciativa personal es lo que explica que muchos emprendedores hayan decidido crear sus empresas en los países de acogida que ofrecen ambientes amigables para su desarrollo. Establecen empresas que crean riqueza, empleo, cohesión social y que son verdaderas semillas de democracia. Lo han hecho de diversas maneras: individual y colectivamente, a través de franquicias y alianzas estratégicas, y en todos los sectores de la actividad económica. Muchos son profesionales independientes, trabajadores por cuenta propia.

Empresas que han decidido instalarse en los países de acogida para evitar que en Venezuela se les desconozca su derecho a la propiedad, su derecho a la propiedad intelectual o que sus propiedades puedan resultar invadidas o confiscadas.

Emprendedores que contribuyen al proceso de internacionalización de la empresa venezolana y que al hacerlo adquieren nuevas habilidades y competencias, que resultarán muy útiles para la recuperación de la democracia y para iniciar el proceso de reconstrucción de Venezuela. Emprendedores y empresas que emplean a los nacionales del país de acogida y a los venezolanos que allí viven.

La diáspora venezolana está integrada por un elevado porcentaje de emprendedores y trabajadores por cuenta propia. Venezolanos que se han reinventado, que han aprendido a conocerse a sí mismos y al país a través de la experiencia de vivir en el de acogida y que por ello valoran aún más la importancia de los ambientes de paz, respeto a la propiedad y seguridad que encuentran en estos países. Emprendedores y empresarios que, como los de Venezuela, merecerán un reconocimiento tan pronto salgamos de la pesadilla que ahoga a nuestro país.

Estos emprendedores, creadores de riqueza personal y colectiva, se diferencian de aquellos otros que se dicen empresarios cuando en realidad detestan el mercado, la competencia que este implica, la calidad y la productividad; que son alérgicos a la innovación, el desarrollo tecnológico y la inversión de los recursos propios. Valoran las relaciones privilegiadas con los amigos que están en el régimen, con quienes se asocian o de quienes son sus testaferros. Son los empresarios “sanguijuela”, los compinches. La confrontación al interior del partido de gobierno ha revelado la existencia de la guerra entre bandas por el botín petrolero y los grandes negociados. Lo mismo ocurrió en el sector eléctrico, y tendremos ocasión de ver nuevos capítulos de una serie que compite con la de Escobar.

Estos se han apropiado de lo que pertenece a todos los ciudadanos. Los únicos bolsillos en los que meten sus manos son aquellos que nos les pertenecen, y esto habrá que documentarlo para que la justicia sancione y para poder recuperar para los venezolanos los recursos que han sido esquilmados y que serán importantes para la construcción de un presente digno para todos.