Opinión

Dicen que la vida será (apenas) un algoritmo

Ignacio Ávalos

I.

Fue publicado hace poco y acabo de leer sus casi quinientas páginas, rigurosas y amenas. Su autor es Yuval Noah Hariri, un profesor israelí, quien se da a la tarea de narrar una breve historia del mañana. Se trata del libro Homo Deus, en el que describe y explica los últimos desarrollos en el campo de la genética y de la inteligencia artificial. En lo que me resta de esta cuartilla y media, intento exponer (advierto que no es esta una reseña) los aspectos que me resultaron más relevantes, extraídos principalmente de la tercera y última parte del texto, convencido como estoy de que sirven para darnos mucho en qué pensar.

II.

El futuro traerá un ser humano muy mejorado, por allí es por donde comienza el autor. El mundo va a cambiar radicalmente gracias a los algoritmos, el big data y la inteligencia artificial. A partir de ahora, sostiene Hariri, la clave del progreso estará en las capacidades disponibles para procesar información. El dataísmo es, afirma, la nueva religión. Se trata de la fe en que “el universo consiste en un flujo de datos y que el valor de cualquier fenómeno o entidad está determinado por su contribución al procesamiento de datos”. En fin, si se disponen de suficientes datos biométricos y del poder informático necesario, un algoritmo puede tomar mejor que cualquier persona las decisiones de su vida.

Así las cosas, continúa Hariri, si el ser humano es un algoritmo y está determinado por procesos bioquímicos, el libre albedrío es casi una quimera y al sistema democrático hay que ponerlo en remojo como opción para la organización política de la sociedad. Las personas ya no se verán como seres autónomos que guían su vida en consonancia con sus deseos, y en cambio “acostumbrarán a verse como una colección de mecanismos bioquímicos que está constantemente supervisada y guiada por una red de algoritmos electrónicos”. La religión tampoco tendría ningún papel que cumplir, es otra de las moralejas del autor.

La nueva “agenda humana” estriba en  buscar la inmortalidad, a través de la ingeniería genética, la medicina regenerativa y la nanotecnología; en buscar la felicidad por vía de la bioquímica, que consiste en “desarrollar productos y tratamientos que proporcionen a los humanos un sinfín de sensaciones placenteras, de modo que nunca nos falten”; y alcanzar la divinidad por vía de “ingeniería biológica, ingeniería cyborg e ingeniería de seres no orgánicos”.  En fin, ya lo dijo hace mucho tiempo el biólogo Julian Huxley (hermano de Aldous, el de El mundo feliz): “La especie humana puede, si lo desea, trascenderse a sí misma”.

III.

Discutible, desde luego, el pronóstico dibujado por Harari. Pero por encima de las serias discrepancias que se han expuesto con respecto a las interpretaciones vertidas en su libro, lo cierto es que construye inteligentemente un menú de temas que resulta imposible no calibrar frente a un futuro que ya está empezando a ser.

Visto lo anterior, se hace evidente la necesidad de un gran debate acerca de los hechos asociados a estos tiempos de revolución tecnológica, tan complejos, tan llenos de dilemas morales, de paradojas y de incertidumbres, no en balde se trata de procesos sociales. Nada sobresale con más claridad, entonces, que la urgente necesidad de ir creando nuevos marcos de análisis para descifrar las claves de esta época a partir del trabajo sinérgico entre las ciencias sociales y humanas y las ciencias naturales.Y, a partir de ello, la necesidad de ir trazando los mapas que se precisan para desenvolverse con respecto a ellos, so pena de que el futuro nos agarre guindados de la brocha.

¿Será necesario decir que estas cosas también le conciernen a Venezuela, aunque no las tenga en la pantalla a través de la que mira su historia del mañana?

Harina de otro costal

La ANC está resultando ser lo que se supone que sería, no obstante el papel regalo con el que se le presentó a los venezolanos, antes del 30 de julio. Salvo algunas fintas con relación al problema económico, reducidas a decir, por enésima vez, que el país debe librarse del rentismo petrolero y relanzar los casi veinte erráticos motores económicos ideados para diversificar el sector productivo, de resto nuestros diputados constituyentes se han empecinado en “ajustar” cada vez más nuestro comportamiento ciudadano. Ponernos topes aquí y allá. Rodearnos de normas para prohibir y controlar cada vez más cosas. En fin, de poner multitud de rayas amarillas ideadas para apretar la libertad de cada quien.

Digo lo dicho a propósito de la Ley del Odio. En efecto, ¿puede alguien, en su sano juicio, dudar de que en la práctica puede convertirse en un instrumento para censurar, sancionar y reprimir a quienes discrepen del gobierno? ¿Dudar de que en la práctica puede convertirse en un instrumento que termina protegiendo a los funcionarios, filtrando las posibles acusaciones  en su contra? ¿Dudar de que en la práctica puede servir para reforzar el autoritarismo, convirtiendo la discrepancia política, esencia de la democracia, en un acto que será siempre susceptible de convertirse en un acto de odio?

A todas estas, y dado que no  soy abogado, pregunto: ¿cómo se determina y mide el odio a fin de calcular la pena correspondiente para quien lo demuestra?