Opinión

La diáspora venezolana: Latinoamérica, el Caribe y Colombia

Tomás Páez

La opinión de @TomasPaez

“Venezuela no se ha perdido, ni se perderá nunca, porque un ciudadano se burle del Presidente. Venezuela se perderá cuando el Presidente se burle de los ciudadanos”

Carlos Soublette

La diáspora no cesa de crecer y cada día que pasa aumenta su número y se intensifica su velocidad. Su incremento es directamente proporcional al terrible colapso económico y a la crisis humanitaria que ha creado la dictadura socialista. Hay quienes argumentan que este es una característica del modelo puesto que no existe socialismo sin diáspora, como lo corroboran todas las evidencias. Este rasgo exclusivo se añade a sus atributos más conocidos: escasez, hambre, racionamiento y muerte.

El régimen se burla de los ciudadanos, un síntoma de que el país se está perdiendo. Lo engaña violando la Constitución, ocultando información, escondiendo la realidad, mintiendo hasta el extremo de desconocer la grave crisis humanitaria que padecen los venezolanos en todo el mundo y que ya comienza a cobrar vidas. Las decenas de millones de muertos que el modelo socialista ha provocado siempre se inicia a cuentagotas antes de convertirse en avalancha.

El colapso económico genera escasez de todo y en particular de medicinas y alimentos que ocasionan desnutrición y han provocado muertes. Estas se suman a las que ha provocado la reciente “masacre de El Junquito” y las que arrojan las espeluznantes cifras del número de homicidios, más de 26.000 durante el año 2017. El acumulado durante los últimos 19 años se aproxima, peligrosamente, al de los muertos que ha provocado la guerra en Siria a lo largo de 7 años de confrontación bélica. Tan espantosos resultados indican que en Venezuela el “imperio de la muerte” ha sustituido al de la ley.

La combinación de la inseguridad con la escasez constituyen las razones medulares que explican las sucesivas oleadas migratorias que se iniciaron desde el mismo momento en que este régimen comenzó a ejercer el poder. Las primeras oleadas se dirigieron hacia Estados Unidos, España, Italia, Portugal. Las más recientes y en particular la de los últimos dos años se orientan hacia los países latinoamericanos y del Caribe y de entre ellos sobresale Colombia como país destino de la diáspora.

La nueva ruta de la migración obedece a razones de proximidad y de facilidades de movilización, menores costos para realizar el traslado que en ocasiones se hace a pie, al hecho de compartir la lengua y a la apertura que han mostrado los gobiernos de los países de la región para favorecer la integración de la diáspora en cada uno de los países.  Los gobiernos comprenden y ven con mucha preocupación lo que ocurre en Venezuela, lo han expresado en la OEA y con la creación del Grupo de Lima, integrado por países de Norte y Suramérica.

En Venezuela el deterioro de la crisis humanitaria se ha acentuado como consecuencia de los desmanes cometidos por el régimen en contra de cadenas de supermercados, bodegas, zapaterías, distribuidoras de aceites para vehículos, etc. Los anaqueles vacíos permanecerán así por un tiempo, pocos osarán invertir por el temor a nuevos desmanes por parte de la dictadura. La mayor escasez y la inutilidad del bolívar en un contexto hiperinflacionario presagia una nueva y masiva oleada migratoria en los próximos meses

Se orientará en la misma dirección del último año y medio: países del Caribe y latinoamericanos y de manera más pronunciada hacia Colombia. Entre este país y Venezuela existe una larga historia común debido al dinamismo y porosidad de sus fronteras. El crecimiento de la diáspora en Colombia ha superado las magnitudes de la de Estados Unidos y España. El salto ha sido de grandes proporciones como lo revelan los datos del “Tercer observatorio de la diáspora” y los que arroja el estudio realizado por Txomin Las Heras.

La importancia del fenómeno convocó el día 22 de enero a instituciones de ambos países a realizar una transmisión radial binacional, RCR y la emisora de la Universidad del Rosario a través del  Observatorio de Venezuela de esa universidad en Colombia, que dirige la profesora Francesca Ramos, y el Proyecto de la diáspora venezolana de la UCV. Allí se abordó de manera integral la situación y se analizaron asuntos de gran interés y preocupación por los brotes aislados de xenofobia que podrían surgir y que es necesario evitar así como la necesidad de mejorar las políticas que permitan una más adecuada integración de la diáspora al país de acogida. Hay plena conciencia y una absoluta convicción de que frente a la magnitud de la crisis humanitaria resultará en vano cualquier intento por frenar el proceso migratorio.

Desafortunadamente el régimen venezolano oculta la realidad y esconde la información acerca de la diáspora, pues posee los registros necesarios para elaborar el dato. El Instituto Nacional de Estadísticas, que fuera una fuente de información reconocida por los estudiosos en todo el mundo, hoy guarda un silencio cómplice que ha propiciado quienes lo dirigen, que además acallan a su personal de alta calificación y experiencia. Son los mismos que ocultan los datos de inflación, escasez, desempleo y que seguramente serán recompensados con algún cargo en algún organismo internacional.

Por fortuna hay instituciones que producen información  sobre la diáspora que permite desenmascarar al régimen venezolano. En el caso de Colombia el esfuerzo que han realizado es encomiable. No se restringen a la simple cuantificación del número de inmigrantes, van más allá. Descomponen los distintos segmentos que integran la  diáspora animados con el propósito de lograr su integración a la nueva realidad.

Las instituciones colombianas son conscientes de que debido al dinamismo de la enorme frontera de más de 2.200 kilómetros que separa a ambos países, dotada de un gran dinamismo, es infructuoso cualquier intento de detener el flujo de personas. Resultó imposible cuando en décadas previas los colombianos huían de las bandas armadas que aterrorizaban a ciudadanos y empresas, y resultará infructuosa detenerla hoy, pues para los venezolanos lo que está en juego es la sobrevivencia.

A los ciudadanos que viven, que trabajan, que se divierten y que tienen familia en ambos lados de la frontera solo se les recuerda la existencia de esta cuando las autoridades les exigen los documentos de identidad. Los venezolanos cruzan la frontera para visitar a sus familiares, adquirir comida y medicinas y para encontrar un modus vivendi.

De acuerdo con las cifras oficiales del gobierno de Colombia que se plasman en un estudio dedicado a la diáspora venezolana, hay más de 550.000 venezolanos viviendo en ese país. Cifras que se encuentran en los parámetros de las fuentes que hemos apuntado. El punto de partida del informe es el reconocimiento de la grave situación que padecen los venezolanos con el propósito de “construir una migración ordenada y segura que es un compromiso de todos”. En este proceso será inevitable que surjan desavenencias y roces, pero lo realmente importante es que el proyecto está animado con una perspectiva de integración.

El estudio examina tanto a los ciudadanos de origen venezolano como a los nacionales de ese país que cuentan con cédula de extranjería, así como el número de cédulas expedidas y el lugar en las que se expidió. Desagrega la información de modo tal que facilita la comprensión del fenómeno migratorio y de los distintos segmentos que lo integran. Aborda lo relacionado con la movilidad fronteriza y la migratoria.

Esta forma de analizar la diáspora les ha permitido desarrollar instrumentos específicos como el de la TMF (Tarjeta de Movilidad Fronteriza), que ha sido otorgado a más de 1 millón de usuarios provenientes de los estados Táchira Carabobo, Lara y Barinas. Atiende a la migración de carácter pendular, pues supone una continua entrada y salida de viajeros a lo largo del día. Su objetivo es “buscar comida, realizar trabajos temporales, recibir atención médica y comprar medicinas y alimentos”. Bajo esta modalidad estiman que diariamente ingresan más de 37.000 venezolanos. Por esa razón el país vecino ha resultado una pieza clave en la mitigación del hambre y de la escasez de medicinas y de este modo han contribuido a evitar un mayor número de muertes por estos motivos.

El Estado colombiano ha desarrollado otro instrumento para atender las recientes oleadas migratorias: el Permiso de Ingreso y Permanencia, cuyo “fin es regularizar a los irregulares y facilitar el acceso a educación, salud y trabajo”. Tiene una vigencia de dos años y de acuerdo con ese dato, la diáspora se concentra en las siguientes ciudades: Bogotá, Medellín y Barranquilla.

A esta política del Estado colombiano se suman las que adelantan instituciones y universidades colombianas y organizaciones de venezolanos. Estas últimas, de una gran diversidad en todo el país, se han creado con el fin de atender todos los ángulos de la crisis humanitaria venezolana: envío de medicinas y alimentos, atención y orientación a quienes llegan a Colombia y denuncia permanente de lo que padecen. A todas ellas, nuestro reconocimiento por la labor que desempeñan en una hora tan aciaga para los venezolanos.