Opinión

Desintegración

Alfredo Cedeño

Apenas comenzábamos a caminar erguidos cuando los hombres descubrimos la importancia del trabajo en equipo, fue así como nuestros antepasados aprendieron que a un solo cazador se le hacía bastante cuesta arriba dar caza a un animal mediano. Cuando entendieron la importancia de unir esfuerzos llegaron a darle muerte hasta a los mamuts, animales que podían llegar a las ocho toneladas de peso y algo más de cinco metros de altura. Las maneras eran precarias, no había otras, con los naturales riesgos inherentes, pero eficaces. Una de ellas era abrir en el piso un hueco de grandes proporciones, cubrirlo con ramas, y luego provocar al animal para conducirlo hacia allá; una vez caído en el agujero lo atacaban con lanzas y piedras, luego lo destazaban y daban uso a todas sus partes. Carne para alimento, grasa para lámparas, piel para vestuario, y huesos para armas y estructura de las viviendas.

El sentido de congregación dio lugar a grupos más grandes, o más organizados, o más ambiciosos, que otros. Y así surgieron los intentos de dominación de vecinos o semejantes, fue como se originaron las guerras. Las estructuras militares se desarrollaron según las propias retículas sociales en las cuales se enmarcaban. En Grecia, por ejemplo, a partir del siglo VII a. C. se creó la temible falange, que era la formación de combate habitual de ellos. Los romanos desarrollaron la legión cuya legendaria estructura fue fundamental para la creación y consolidación de su imperio. Cada “civilización” desarrolló su propia manera de matar a sus vecinos.

En paralelo se fue consolidando la necesidad de evitar la matazón perpetua, apareció el diálogo, y también la política, como mecanismo para que todos participaran y se establecieran acuerdos en torno a los objetivos comunes a todos. Mi abuela Elvira solía decir que en realidad esa actividad nació cuando el diablo metió sus pezuñas para enredarlo todo.

Lo cierto es que, para bien o para mal, esa disciplina es la que ha terminado por signar la mayoría de nuestras actividades. En ella se apoyan Raimundo y Segismundo cuando tratan de alcanzar acuerdos en asuntos de interés colectivo, por ejemplo, los sindicatos pelean, mediante discusiones de todo orden, por alcanzar beneficios y reivindicaciones para sus afiliados, y tratan de evitar relaciones inequitativas entre los trabajadores y los patrones. Caso similar, con diferentes matices, es el de las asociaciones y colegios de profesionales que amparan a los egresados de las instituciones de estudios superiores.

Las manifestaciones del ejercicio político en nuestras vidas son infinitas. Sin embargo, se supone que ello siempre ha estado subordinado a un objetivo, o bien, común. A fin de cuentas, ¿de qué sirve luchar por determinados derechos si ello no va a repercutir de manera tangible en la vida del resto de la ciudadanía, para, por ende, hacer que la colectividad haga suyo ese beneficio que exijo para mi grupo? Es el caso de una asociación de trabajadores en una empresa comunicacional que pelea por mejoras salariales para sus miembros, para mediante ello poder transmitir más y mejor información a la colectividad. ¡Por supuesto que todos los apoyarán! Lo mismo ocurre cuando las organizaciones de trabajadores de la enseñanza exigen mejores pagas. ¡Todos queremos que nuestros hijos reciban una educación de primer orden!

Pero… ¿cómo pedirle solidaridad a mi entorno por mis luchas particulares si sus condiciones de vida están sumergidas en la miseria? ¿Cómo puedo pensar que mis vecinos van a ver siquiera con simpatía mis exigencias, por demás justificadas, cuando ellos están enfrascados en una lucha por la mera supervivencia? ¿Cómo voy a esperar siquiera comprensión, y mucho menos solidaridad militante, a quienes naufragan diariamente en una vorágine desinformativa perfectamente orquestada desde un gobierno crápula? ¿Quién puede dar apoyo al incremento del pasaje, si ello va a contribuir a mermar aún más unos bolsillos ya vacíos? ¿En qué cabeza puede caber que las reivindicaciones particulares deben anteponerse a lo que debe ser el único objetivo en este momento que es desalojar del gobierno a esta horda inescrupulosa que no está dispuesta a renunciar a sus privilegios?

Provoca una infinita tristeza ver mentes lúcidas y guerreras malbaratando esfuerzos, propios y ajenos, en escaramuzas fútiles. Mientras tanto se pierde la oportunidad de articular una oposición real donde se reivindique el auténtico ejercicio político. Con jugadores aislados es imposible dominar el juego, que en diferentes oportunidades se ha podido ganar. No es con una sumisión absoluta a una dirigencia política arrogante y malquerida, gracias a sus retirados desbarres, como se puede convertir en un río inapresable la ira infinita de un país destrozado. La desintegración, muchas veces provocada desde nuestras propias filas, no es la mejor manera para terminar de espantar a la roja manada de burros malamañosos.

© Alfredo Cedeño

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