Opinión

Derrumbe de la izquierda castrochavista

Fabio Rafael Fiallo

En el siglo pasado, cuando dictaduras militares de derecha azotaban América Latina, los movimientos de izquierda desempeñaron un papel señero en el combate por la instauración de la democracia. Estos movimientos luchaban en ese entonces contra el continuismo de los caudillos de turno y los golpes de Estado militares, así como en pro del respeto de los derechos humanos. Inspirados por una ideología marxista según ellos “científica”, pretendían por añadidura ser heraldos de una sociedad igualitaria y justa.

Por tan encomiable actitud, sus integrantes (no menos, ni más, que los abanderados de idearios liberales, antitotalitarios y por ende anticomunistas) pagaron un elevado precio en términos de encarcelamientos, torturas y muertes.

Retrospectivamente, a la luz de la indolencia cómplice de la izquierda latinoamericana ante las sistemáticas violaciones de los derechos humanos perpetradas por el castrochavismo y sus aliados, se puede constatar que no queda principio ni valor alguno, de aquellos enarbolados otrora por esos movimientos políticos, que no haya sido mancillado, traicionado y prostituido por la actual izquierda radical.

Comenzando por el combate contra el continuismo. Ayer execraban la perpetuación en el poder de los dictadores de derecha y aún hoy se movilizan contra cualquier intento de reelección de líderes políticos del campo adverso. Pero comprenden, justifican, y hasta aplauden, el continuismo más largo y trágico de la historia latinoamericana, es decir, el de la gerontocracia castrista, así como el de los megalómanos del “socialismo del siglo XXI” Hugo Chávez, Daniel Ortega y Evo Morales

Igualmente permanecen callados ahora que Nicolás Maduro, aborrecido por sus conciudadanos como lo muestran todas las encuestas de opinión y el plebiscito del 16J, intenta mantenerse en el poder convocando –sin respetar los cánones estipulados en la Constitución legada por el propio Hugo Chávez– una asamblea constituyente rechazada no solo por la oposición, sino también por un número cada vez mayor de figuras prominentes del chavismo.

Así, pues, mientras chavistas de la primera hora se deslindan del bufón dictador que está hundiendo a Venezuela, la izquierda radical latinoamericana (al igual que Podemos en España) prefiere cerrar los ojos ante las decenas de muertos, centenas de heridos y torturados y millares de detenidos por el régimen de Maduro por participar en las multitudinarias protestas callejeras que por más de tres meses sacuden a Venezuela.

La misma doble moral se observa con respecto al antigolpismo. En efecto, nuestros autoproclamados “revolucionarios” no tienen reparos en aplaudir cualquier ruptura del orden constitucional siempre y cuando la misma provenga de “fuerzas progresistas”. Tal fue el caso de los golpes militares del general Velasco Alvarado en Perú y Omar Torrijos en Panamá a finales de los años sesenta, así como la intentona golpista de Hugo Chávez en 1992.

Sin embargo, esos mismos “revolucionarios” esgrimen luego sin sonrojo la retórica antigolpista para repudiar el fallido intento de golpe de Estado contra el entonces presidente Hugo Chávez en 2002 o contra la evicción del poder (hecha no obstante en conformidad con los cánones constitucionales) de sus aliados Manuel Zelaya de Honduras y Fernando Lugo de Paraguay.

Se hacen una vez más de la vista gorda ante el golpe de Estado antiparlamentario perpetrado por su amigote Nicolás Maduro, que ha despojado a la Asamblea Nacional, elegida por el pueblo venezolano, de sus prerrogativas constitucionales.

Ese doble rasero que practica la izquierda castrochavista también ha dejado hecho trizas su pretendido ideal de justicia social. Sus miembros condenan las desigualdades existentes en la sociedad capitalista, pero nada dicen a propósito de la nueva clase corrupta que se ha adueñado de las riquezas de Venezuela, la llamada boliburguesía, cuyas fortunas mal habidas suelen terminar en bancos del exterior o invertidas en firmas o suntuosas propiedades en el denostado “imperio”, mientras el pueblo venezolano se ve asfixiado por la hiperinflación, el desabastecimiento, el derrumbe de la moneda nacional y a fin de cuentas la miseria.

Y cuando salen a la luz escándalos de corrupción involucrando a dirigentes del castrochavismo, tales como los develados por los Panama Papers o por las pesquisas de la justicia brasileña en torno a la firma Odebrecht, la izquierda castrochavista prefiere mirar hacia otro lado, supuestamente para no hacerles el juego a los “enemigos de la revolución”, y llega a calificar tales revelaciones de “intervencionistas”.

Ellos, que se apresuran a condenar los vínculos de Odebrecht con gobernantes de otros países, reclamando sanciones ejemplares, callan ante el hecho de que Venezuela fue señalado como el país en que, exceptuando Brasil, los sobornos pagados por esa firma alcanzaron las cifras más elevadas.

Y ni que decir del silencio de los adoradores del castrochavismo ante las desigualdades de la Cuba castrista, donde la holganza en que viven los jerarcas del régimen –con poder de compra necesario para adquirir artículos, entre otros, en las lujosas tiendas de la recién inaugurada Manzana Kempinski– contrasta escandalosamente con las vicisitudes de los cubanos de a pie, quienes tienen que consagrar su jornada a “resolver”, es decir, arreglárselas con salarios de miseria y esforzándose cada día por encontrar alimentos, medicinas y otros artículos de primera necesidad para poder subsistir.

El desgaste moral y el trastocamiento de valores de la izquierda castrochavista se manifiesta igualmente en el campo de la equidad de género.

Los miembros de esa izquierda nunca han dicho esta boca es mía ante las detenciones y palizas infligidas regularmente a las Damas de Blanco por las tropas de choque del castrismo por el simple hecho de reclamar la liberación de los presos políticos cubanos.

Como tampoco han dicho nada de las innumerables declaraciones misóginas de Evo Morales.

Asimismo, esos izquierdistas tienen el tupé de seguir loando, por su retórica “antiimperialista”, a un Daniel Ortega a quien solo el poder y el soborno salvaron de las denuncias de violación sexual de su hijastra Zoilamérica.

En Venezuela, la mujer está pagando un alto precio por tomar parte en las manifestaciones de protestas. Más de 300 han sido arrestadas y muchas han conocido de ese modo la tortura. Cinco de ellas han denunciado haber sido víctimas de actos lascivos. Pero eso, a la izquierda radical del continente (al igual que a Podemos en España) le ha importado un bledo.

Lo que es más, ¿cómo es posible que los integrantes de esa izquierda permanecieran impávidos ante el oprobio sufrido por Lilian Tintori, esposa del preso político Leopoldo López, a quien, en más de una ocasión, con el asqueroso propósito de humillarla, los carceleros del castrochavismo le hurgaron hasta las partes más íntimas del cuerpo antes de permitirle visitar a su esposo?

Una pregunta se impone: ¿acaso a los izquierdistas revolucionarios les habría gustado que sus madres, esposas, hijas o tías hubiesen recibido un trato similar cuando iban a visitar a un ser querido a tal o cual prisión de las dictaduras de derecha?

Y si, para justificar su silencio, osan poner en duda la veracidad de esas denuncias, cabe hacerles una pregunta: ¿imaginan a su madre, esposa, hija o tía lanzar tan grave acusación en medio de sollozos, como lo hizo Tintori, sin que la misma fuese verdad?

Para defenderse, desenterrarán entonces (como lo hacen cada vez que se encuentran en dificultad) el sempiterno comodín del antiimperialismo. Contra toda evidencia, argüirán que se trata de mentiras, o como mucho de exageraciones lanzadas por el imperio y sus lacayos con el objetivo de desacreditar, y finalmente derrocar, a gobiernos que defienden el derecho a la autodeterminación de sus pueblos frente al injerencismo imperial.

Burda falacia; pues si en verdad tomaran a pecho el derecho a la autodeterminación de los pueblos, lo primero que tendrían que hacer es exigirles a las dictaduras castrochavistas respetar el derecho de los pueblos bajo sus botas a escoger libremente sus gobernantes.

Después de tan abominable y vasta adulteración de valores y principios, a la izquierda castrochavista no le queda ninguna, pero ninguna, autoridad para dar lecciones de patriotismo o de moral.