Opinión

Delirio y posverdad

Héctor Faúndez

La opinión de

Nuevos conceptos requieren nuevas palabras, o dar un nuevo sentido a viejas palabras. La posverdad es una de esas palabras que surgió para expresar una idea que, si bien antes podía estar latente, hace solo un par de décadas que irrumpió con toda su fuerza en el mundo de la política y el periodismo. Chávez y Maduro, junto con Trump y Bolsonaro en el otro extremo del populismo de opereta, son los representantes más conspicuos de la posverdad. Cuando la propaganda no basta, a falta de respuestas creíbles, la posverdad es la herramienta que todos ellos utilizan para engañar a los incautos. Se trata, sencillamente, de un eufemismo para encubrir una mentira o, en el mejor de los casos, para expresar lo que, en nuestra mente, quisiéramos que fuera verdad. Ese es el sentido de las reiteradas declaraciones de Maduro y sus seguidores hablando de los “motores” de la revolución, de los progresos alcanzados y de lo felices que están los venezolanos. Y eso es lo que caracteriza las recientes declaraciones de Iñigo Errejón, formuladas desde un lujoso hotel en Buenos Aires, describiendo una Venezuela paradisíaca, en la que “la gente hace tres comidas al día”, donde “hay centros de salud donde le hacen radiografías gratuitas a la gente”, donde hay “medicamentos que están subvencionados”, y “donde se respetan los derechos y libertades de la oposición”.

Declaraciones de ese talante no podían causar ninguna sorpresa viniendo de Podemos, el partido populista español que se ha financiado con recursos del Estado venezolano; pero en boca de Errejón, supuestamente el intelectual y el rostro más serio de Podemos, son afirmaciones insólitas y surrealistas. Al verse acorralado por el periodista citándole cifras sobre desnutrición en Venezuela, Errejón manifestó que esos datos no los conocía; pero lo cierto es que él desconoce muchas cosas que están pasando en Venezuela.

Para quienes viven en el mundo de la fantasía y de la posverdad, cuando los hechos no se ajustan a su ideología, peor para los hechos; habrá que aplastarlos, estirarlos y retorcerlos, hasta que encajen en sus alucinaciones. En su desvarío, incapaces de aceptar la realidad, ellos ofrecen una versión alternativa de los hechos, y eso es lo que cuenta. En su retorcida interpretación de los hechos, Errejón afirma que una de las tareas de los gobiernos progresistas de América Latina es “atraer a las derechas nacionales al campo del combate constitucional”, porque, de lo contrario, lo harán fuera de la Constitución. A menos que el ejercicio arbitrario del poder público, el desconocimiento del Estado de Derecho, el desmantelamiento de los servicios públicos, el crecimiento de la pobreza y la desnutrición sean señales de progreso, es grotesco sugerir que el régimen chavista sea “progresista”, y es falso que las grandes mayorías que le adversan sean realmente de derecha; pero lo cierto es que, en este país, el que se salió del cauce constitucional es el chavismo. Los presos políticos, las víctimas de la tortura, los medios de comunicación censurados y quienes han tenido que huir al exilio estarían muy complacidos si se respetara la Constitución. ¡No abuse de su ignorancia, señor Errejón!

Según un viejo dicho, muy popular entre los abogados estadounidenses, cuando los hechos estén en su contra, discuta el derecho, y si es el derecho el que se atraviesa en el camino de los intereses de su cliente, discuta los hechos; y si los hechos y el derecho le son adversos, agite los brazos, proteste y patalee. Pero el chavismo ha descubierto otra opción: negar los hechos, sustituirlos por el delirio revolucionario e ignorar el derecho, del mismo modo que los nazis ignoraron la Constitución de Weimar, sin que nunca llegaran a derogarla. Eso, tal vez, es una mera coincidencia.