Opinión

Del Caracazo y otras catástrofes

Nelson Chitty La Roche

“Siempre vieron al pueblo como

un montón de espaldas que corrían hacia allá”

Roque Dalton

Aquella mañana del 27 de febrero de 1989 se presentó clara y limpia, sin nubosidades en el cielo caraqueño. Fresca la temperatura como correspondía a la estación, se inició, sin embargo, con una conspiración silente y tal vez inconsciente, un disgusto la descubrió, la reveló; subió el precio de la gasolina y por ello el pasaje del transporte público se incrementó.

La medida comenzaba la aplicación de un elenco de correcciones decididas por la nueva administración que, apenas tres semanas antes, se había hecho cargo del gobierno. Carlos Andrés Pérez acababa de ser elegido presidente por segunda vez y después de una década de haber terminado su primer gobierno, y trajo a la conducción de los asuntos oficiales un plan novedoso pero peligroso. De un lado, ordenar las finanzas estatales que mostraban una impresionante debilidad al extremo de carecer del efectivo con el cual atender las importaciones de cereales y azúcar. De otra parte, persuadido de las tesis que sustentaban en Venezuela los talentosos economistas del IESA, liberales, convictos y confesos, sobre la necesidad de abrir la economía a la competencia, animando el mercado local, siempre sobreprotegido. El mandato de la productividad se sumaba a la disminución de subsidios y otros mecanismos contrarios a una sana economía social de mercado. El forcejeo entre el pasado rentista y los criterios en boga, Consenso de Washington incluido, prometía y ofreció una confrontación intensa como veríamos, por cierto, a lo largo del quinquenato.

Siendo lunes y, desde luego, día de reunión de los partidos políticos y otros entes de mediación societaria, nos reuníamos en la casa de Copei, allá en la avenida Panteón, en nuestra sede, invadida ahora debo precisar. En medio de la sesión del Comité Nacional partidista llegaron las noticias y rumores al mismo tiempo. Disturbios en Guarenas afirmaban, de inusitada amplitud, que ha supuesto el envío por la Policía Metropolitana de refuerzos. Hacia la media mañana se agregaba que en el centro de Caracas, El Valle y la avenida Sucre había protestas y saqueos. Ya a la 1:00 de la tarde se admitía que la fuerza policial estaba desbordada y en múltiples sitios de la ciudad había saqueos. Saliendo de la reunión y a escasas tres cuadras de la casa nacional del partido fuimos testigos del asalto a dos negocios muy emblemáticos de equipos de sonido y electrodomésticos. Conmoción interior en desarrollo y la imagen de que la Policía Metropolitana no era capaz de afrontar el alcance fenomenológico de la tumultuaria agitación, convertida en franca agresión a la propiedad y comercios de toda índole, tamaño y naturaleza fue la conclusión.

Paralelamente, los dignatarios públicos, Ministerio del Interior, Gobernación de Caracas y comandantes policiales lucían sorprendidos, angustiados e incapaces de explicar y atajar la rebelión en curso. Empezamos a ver al contingente militar en la calle, con sus armas de guerra y sus vehículos antimotines blindados. Ya al final de la tarde se oían disparos por todas partes y llegaban a los hospitales heridos y fallecidos. El fusil militar hacía estragos y los centros de asistencia y emergencia denunciaban sus carencias de sangre, antibióticos, plasma, sutura incluso. El caos se pavoneaba insolente por la ciudad. La antisociedad en sus diferentes expresiones asumía el liderazgo de la violencia en distintos escenarios y la rabia no solo vaciaba y despojaba al comercio, sino que lo castigaba, lo quemaba. Solo la zona este de la ciudad se mantuvo calmada. Un semblante de gravedad, complicidad, fatalidad caracterizó entonces el rostro de unos y otros en una Caracas turbada, herida, acontecida.

Suspendidas las garantías y, como antes advertimos, sin capacidad la policía para controlar las turbas multiplicadas, en algunas zonas armadas y dirigidas por factores antisociales, se trabó un combate de tres días con la Guardia Nacional y el Ejército; batalla de calle, cruenta, brutal a ratos para reestablecer el orden y la legalidad que resultaba desafiada, retada, soliviantada, mientras que el presidente Pérez denunciaba como causa probable una guerra entre ricos y pobres. Lo cierto fue que el sector comercial pareció ser responsabilizado de las penurias, privaciones y carencias, a las que se sumaba el elevado costo de la vida. La casi totalidad del establecimiento comercial del Distrito Capital fue blanco de delitos contra la propiedad y luego purificado por el fuego. Centenares de muertos quedaron como testimonio y vergüenza, y la paz social que se vivió en Venezuela desde mediados de los años sesenta se rompió y se instaló en la conciencia popular la convicción de que la democracia puntofijista estaba exhausta y había que revisarla.

En mi criterio, la etiología del episodio es compleja. Ciertamente, el recién concluido gobierno de Lusinchi terminó con altos niveles de aprobación de acuerdo con los estudios de opinión; pero una mezcla de la antipolítica emergente y una mórbida insistencia por presentar las gestiones de los dirigentes políticos y gremiales promovía una suerte de pesado contencioso que circulaba en las venas del espíritu social nacional, sin que este se percatara de su amplitud y alcance. La antipolítica encontró en su camino el populismo y entre ambos tomarían el relevo con la llegada de Hugo Chávez al poder en 1998.

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