Opinión

Degradación colectivizada

Cuando Nicolás anunció el nuevo incremento salarial, vigente a partir del 1 de noviembre, tuvo razón en algo: ningún otro gobierno ha aumentado tantas veces el salario mínimo como él. Una hazaña que, quizá, sea un caso inédito en la historia de nuestro país. El asunto es que nunca, ningún presidente, había hecho de sus aumentos salariales la vía más expedita para hundir a Venezuela en la más absoluta pobreza y hacer de sus ciudadanos unos mendigos. Es decir, mientras más aumenta los sueldos, más pobres nos hacemos. Contradictorio ¿no? Y a pesar de que muchos aseguran de que aún no estamos viviendo en hiperinflación; lo cierto es que, semanalmente, productos básicos e indispensables de la canasta alimentaria –sin incluir medicinas o productos de higiene personal– suben de precio de manera exorbitante. Pero, aún más acelerado, luego de que Maduro hace este tipo de anuncios. Si esto no es hiperinflación, entonces ¿qué nombre le ponemos? Porque, para nuestros bolsillos, es un hecho que estamos en una época hiperinflacionaria.

Como para que no quede duda de que la pobreza del venezolano es proporcional al número de veces que Maduro sube los sueldos, habrá un nuevo billete de 100.000 bolívares que, supongo, no podremos ver con mucha frecuencia porque en los bancos y cajeros automáticos los retiros están limitados a una cifra que ni remotamente se acerca al nuevo cono monetario.  Y como en Venezuela, lo absurdo siempre se hace posible, se anuncian las elecciones municipales, para un muy próximo 10 de diciembre; elecciones que vienen sazonadas con un montón de cajas Clap navideñas, con juguetes, pernil –y quizá hasta los estrenos del 24 y del 31– con las que, aquellos que no estaban muy convencidos, con tal de recibir su caja, se animarán y saldrán a votar. Y una vez más, el mapa se teñirá completamente de rojo, sin importar que después de electos los nuevos alcaldes, las cajas Clap, los aguinaldos depositados en el carnet de la patria, los Hogares de la Patria y la Chamba Juvenil; así como el aumento de 30% del salario mínimo, se habrán esfumados, dejando a Venezuela hundida todavía más en la miseria.

Era lógico imaginar que, luego de los resultados del 15 de octubre, el régimen se animase a hacer las municipales. El impulso los favorece y los desaciertos de la MUD, también. Por eso, no me sorprendió cuando, el Día de Todos los Santos, Maduro aumentaba por sexta o séptima vez el salario mínimo de los trabajadores, y su discurso tuvo aires de campaña presidencial. Por alguna razón, estamos oyendo a algunos personeros de la oposición decir que están evaluando si se lanzan o no para unas primarias; ¡pero presidenciales! Que no nos extrañe si, a última hora, sin importar si es constitucional o no, si es legal o no, nos dicen en una alocución en cadena nacional que, este 10 de diciembre, para matar dos pájaros de una sola pedrada, también elegiremos un nuevo presidente para Venezuela, que no será nuevo, sino reelecto. Por supuesto, la MUD cantará fraude, la ANC juramentará a los nuevos alcaldes rojitos –y a los pocos de oposición que resulten electos también– y Delcy le pondrá de nuevo la banda presidencial a Nicolás.

¿Cuándo entenderemos que nos estamos enfrentando con un régimen que, con los años, ha perfeccionado sus tácticas de perversión y destrucción, saliendo ileso de cada uno de los intentos legítimos que hemos emprendido los venezolanos para producir el cambio? ¿Cuándo entenderemos que estamos ante la presencia de un régimen inédito, una neodictadura, sin precedentes en la historia política, económica y social de nuestro país, que nos sale imitando las estrategias que otros países con regímenes dictatoriales han implantado para lograr los objetivos que se trazan en aras de la libertad?

Y parte del éxito del régimen es su política de hambre, que ha sido, a su vez, su práctica más socialista. El hambre y la pobreza que se instauran en los hogares venezolanos. En la miseria que el desgobierno ha sabido distribuir equitativamente entre toda la población. Es esta indigencia colectiva que se decreta con cada aumento salarial. Una mendicidad que aumenta con cada caja Clap que el régimen entrega, haciendo del hambre su mejor herramienta de control.

La situación económica de nuestro país es crítica. Por eso, los trabajadores ya no se alegran con los aumentos que anuncia Nicolás; porque saben que estas medidas producen, automáticamente, la disminución de su poder de compra. De nada vale que suban los sueldos 30% si los productos indispensables para “medio comer” aumentan en un porcentaje mucho mayor. En igual o peores condiciones quedan los jubilados, quienes seguirán debatiéndose entre comprar alimentos o medicamentos; pero, las dos cosas, al mismo tiempo, imposible. Incluso la preocupación la capté en una joven que hablaba por su celular, mientras esperábamos en la caja de la panadería para pagar, muy, pero muy pacientemente porque “los puntos están lentos y no responden”:

—¡Queeeé! ¿De verdad Maduro subió el sueldo? ¡Qué vaina! ¡No me digas eso! La semana que viene aumentan de nuevo los precios de todo. Pues nada, seguiremos haciendo malabarismos para comer.

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